EL UNIVERSO HOLOGRÁFICO

 

 

En este blog intentamos difundir la idea de lo vinculada que están las emociones con la salud. Pero esta relación quizás no sea comprendida con plenitud si no comprendemos como funciona “nuestra realidad”. En los 4 capítulos que transcribimos para explicar “el Universo Holográfico” pueden asentar los fundamentos científicos que más tarde se pueden ir relacionando con todos los artículos que han sido publicados en este blog hasta la fecha.

 

holografia

 

  1. El cerebro como holograma.
  2. El cosmos como holograma.
  3. El modelo holográfico y la psicología.
  4. Canto al cuerpo holográfico

CAPÍTULO 1 – El cerebro como holograma

No se trata de que el mundo de las apariencias esté equivocado; no se trata de que no haya objetos ahí fuera, en un nivel de la realidad. Se trata de que si penetras a través del universo y lo contemplas desde una perspectiva holográfica, llegas a un punto de vista diferente, a una realidad diferente.

Y esa otra realidad puede explicar cosas que hasta ahora eran inexplicables científicamente: los fenómenos paranormales, la sincronicidad o coincidencia de acontecimientos aparentemente significativa.
KARL PRIBRAM, en una entrevista en Psychology Today


El enigma que encaminó a Karl Pribram hacia la formulación de su modelo holográfico fue la cuestión de cómo y dónde se almacenan los recuerdos.

A comienzos de la década de 1940, cuando se interesó por ese misterio por primera vez, se creía en general que los recuerdos estaban localizados en el cerebro. Se creía que cada recuerdo (como el recuerdo de la última vez que viste a tu abuela o el de la fragancia de una gardenia que oliste a los dieciséis años) tenía una posición específica en algún lugar de las células cerebrales.

Esos rastros de los recuerdos se llamaban engramas y, aunque nadie sabía de qué estaban hechos – si eran neuronas o quizá algún tipo de molécula – la mayoría de los científicos confiaba en que sólo fuera cuestión de tiempo averiguarlo.


Había motivos que justificaban esa confianza. Las investigaciones dirigidas por el neurocirujano Wilder Penfield a principios de los años veinte habían producido indicios convincentes de que los recuerdos concretos ocupaban ubicaciones específicas en el cerebro. Uno de los rasgos más inusuales del cerebro es que no siente dolor directamente en sí mismo.

Siempre que el cráneo y el cuero cabelludo estén insensibilizados con anestesia local, se puede operar el cerebro de una persona que esté plenamente consciente sin causarle dolor alguno.


Penfield aprovechó este hecho en una serie de famosos experimentos. Cuando operaba el cerebro de personas epilépticas, aplicaba estímulos eléctricos en distintas zonas del cerebro. Descubrió asombrado que cuando estimulaba los lóbulos temporales (la parte del cerebro que se encuentra detrás de las sienes), sus pacientes, que estaban plenamente conscientes, experimentaban recuerdos vívidos y detallados de episodios pasados de sus vidas.

Un hombre revivió de repente una conversación que había tenido con unos amigos en Sudáfrica; un chico oyó a su madre hablar por teléfono y, tras varios toques del electrodo, fue capaz de repetir la conversación entera; una mujer se vio a sí misma en la cocina y podía oír a su hijo jugando en el exterior.

Incluso cuando Penfield intentaba confundir a sus pacientes diciéndoles que estaba estimulando una zona diferente cuando no lo estaba haciendo, descubrió que al tocar el mismo punto siempre evocaba el mismo recuerdo.


En su libro El misterio de la mente, publicado en 1975, poco después de su muerte, escribió:

«Enseguida fue evidente que no eran sueños. Eran activaciones eléctricas del registro secuencial de la consciencia, un registro que se había ido formando durante la experiencia anterior del paciente. El paciente “revivía” todo aquello de lo que había sido consciente en ese periodo anterior de su vida como una película retrospectiva».

De sus investigaciones, Penfield dedujo que todo lo que hemos experimentado alguna vez queda registrado en el cerebro, desde la cara de cada una de las personas desconocidas que hemos vislumbrado en la multitud hasta las telas de araña que mirábamos fijamente de niños.

Pensaba que era ése el motivo de que siguieran surgiendo en su muestreo tantos recuerdos de acontecimientos insignificantes. Si la memoria constituye un registro completo de todas las experiencias diarias e incluso de las más triviales, era razonable suponer que una incursión al azar en una crónica de acontecimientos tan masiva había de producir una gran cantidad de información insignificante.


Pribram no tenía motivos para dudar de la teoría de los engramas de Penfield mientras era un joven neurocirujano residente. Pero luego ocurrió algo que iba a cambiar para siempre su forma de pensar. En 1946 fue a trabajar con el gran neurofisiólogoKarl Lashley en el Yerkes Laboratory of Primate Biology, sito entonces en Orange Park, Florida.

Durante más de treinta años Lashley había estado inmerso en una búsqueda incesante de los complicados mecanismos causantes de la memoria, y Pribram pudo contemplar de primera mano los frutos de su trabajo. Y se quedó perplejo al descubrir no ya que Lashley no había conseguido encontrar pruebas de engramas, sino que parecía además que sus investigaciones dejaban en el aire los descubrimientos de Penfield.


Lo que había hecho Lashley era adiestrar a ratas en varias tareas, como recorrer un laberinto, por ejemplo. Después, les eliminaba quirúrgicamente varios trozos del cerebro y volvía a someterlas a prueba.

Su propósito era extirpar literalmente la zona del cerebro que contenía el recuerdo de la habilidad para recorrer el laberinto. Descubrió sorprendido que no conseguía erradicarlo, extirpase lo que extirpase. A menudo resultaba perjudicada la capacidad motriz de las ratas, que se movían a trompicones por el laberinto, pero sus recuerdos seguían pertinazmente intactos incluso cuando les habían quitado trozos enormes de cerebro.


Para Pribram, aquellos descubrimientos eran increíbles.

Si los recuerdos ocupan posiciones específicas en el cerebro del mismo modo que los libros ocupan posiciones específicas en los estantes de una biblioteca, ¿por qué no les afectaban los saqueos quirúrgicos de Lashley?

Para Pribram, la única respuesta parecía ser que los recuerdos no estaban ubicados en sitios específicos del cerebro, sino que estaban extendidos o distribuidos de algún modo por todo el cerebro. El problema era que no conocía mecanismo o proceso alguno que pudiera explicar ese estado de cosas.


Lashley tenía más dudas todavía; poco después escribió:

«A veces, cuando repaso los datos sobre la localización de los recuerdos, me parece que la conclusión inevitable es que no es posible aprender en absoluto, sencillamente. Sin embargo, y a pesar de esos datos en contra, a veces ocurre».

En 1948 ofrecieron a Pribram un puesto en Yale, pero antes de marcharse ayudó a Lashley a poner en limpio su investigación monumental de treinta años.


El gran avance
En Yale, Pribram continuó sopesando la idea de que los recuerdos están distribuidos por el cerebro, y cuanto más pensaba en ello, más se convencía.

Después de todo, pacientes a quienes habían extirpado parte del cerebro por razones médicas, nunca sufrían una pérdida de recuerdos específicos. La eliminación de una gran parte del cerebro podía hacer que la memoria de un paciente se hiciera imprecisa en general, pero nunca nadie había salido de una operación con una pérdida de memoria selectiva.

De manera similar, personas que habían sufrido heridas en la cabeza en colisiones de tráfico y otros accidentes, nunca olvidaban a la mitad de su familia, ni la mitad de una novela que hubieran leído.

Ni siquiera la eliminación de una parte del lóbulo temporal (la zona del cerebro que había desempeñado un papel tan importante en la investigación de Penfield) creaba un vacío en los recuerdos de una persona.


ESPEJO DIVISOR DE RAYOS
FIGURA 1

Un holograma se produce cuando un rayo láser se divide en dos rayos distintos.

El primero se hace rebotar contra el objeto que va a ser fotografiado, en este caso, una manzana.

Luego se permite que el segundo rayo choque con la luz reflejada del primero,

y el patrón de interferencia resultante se graba en una placa.

Las ideas de Pribram se hicieron más firmes al no conseguir, ni él ni otros, duplicar los hallazgos de Penfield estimulando el cerebro de personas que no fueran epilépticas.

Ni siquiera el propio Penfield conseguía repetir sus resultados en pacientes no epilépticos.


A pesar de que había cada vez más indicios de que los recuerdos se encontraban distribuidos, Pribram seguía sin saber cómo podría hacer el cerebro semejante proeza, mágica en apariencia. Entonces, a mediados de la década de 1960, leyó un artículo en Scientific American sobre la construcción de un holograma y fue como un rayo para él. El concepto de la holografía no sólo le pareció deslumbrante, sino que además ofrecía la solución al misterio con el que había estado luchando.


Para comprender el entusiasmo de Pribram hay que entender un poco más acerca de los hologramas. Una de las cosas que hace posible la holografía es un fenómeno llamado «interferencia».

La interferencia es un patrón de entrecruzamiento que se produce cuando se cruzan entre sí dos o más ondas, como las ondas del agua. Por ejemplo, si se tira una piedrecita a un estanque se producen una serie de ondas concéntricas que se extienden hacia el exterior. Si se tiran dos piedras a un estanque se obtienen dos juegos de ondas que se extienden y pasan unas a través de las otras.

La organización compleja de crestas y senos que resulta de dichas colisiones se conoce como «patrón de interferencia».


Cualquier fenómeno de ondas similar puede crear un patrón de interferencia, como las ondas lumínicas y las ondas de radio. La luz láser es especialmente buena para crear patrones de interferencia, pues es una forma de luz extraordinariamente pura y coherente. Proporciona en esencia la piedra perfecta y el estanque perfecto. Por consiguiente, los hologramas, tal y como los conocemos hoy, no fueron posibles hasta que se inventó el láser.


Un holograma se produce cuando un rayo láser se divide en dos rayos distintos.

El primero de ellos se hace rebotar contra el objeto que va a ser fotografiado. Luego, se permite que el segundo rayo choque con la luz reflejada del primero. Cuando ocurre la colisión, se crea un patrón de interferencia que se graba después en una placa (véase fig. 1).


A simple vista, la imagen de la película no se parece en absoluto al objeto fotografiado. De hecho, guarda un cierto parecido con los anillos concéntricos que se forman cuando se lanza un puñado de piedrecitas a un estanque. Pero en cuanto se proyecta otro rayo láser a través de la película (o en algunos casos, simplemente una fuente de luz brillante), reaparece una imagen tridimensional del objeto original.

La tridimensionalidad de esas imágenes es a menudo misteriosamente convincente. En efecto, podemos andar alrededor de una proyección holográfica y verla desde diferentes ángulos, como haríamos con un objeto real. No obstante, cuando alargamos la mano intentando tocarla, descubrimos que atravesamos la imagen con la mano y que no hay nada en realidad.


La tridimensionalidad no es el único aspecto extraordinario del holograma.

Si cortamos por la mitad un trozo de película holográfica que contiene la imagen de una manzana y la iluminamos con láser, descubriremos que ¡cada mitad contiene la imagen entera de la manzana! Y si dividimos ambas mitades una vez más y otra y otra, sigue siendo posible reconstruir la manzana entera en cada trocito de película (aunque las imágenes se vuelven más borrosas a medida que los trozos van siendo más pequeños).

A diferencia de lo que ocurre en las fotografías normales, cada pequeño fragmento de película holográfica contiene toda la información grabada (véase fig. 2).

FIGURA 2.

A diferencia de lo que ocurre con las fotografías normales,

cada parte de una película holográfica contiene toda la información de la totalidad.

Así pues, si se rompe en pedazos una placa holográfica,

se puede utilizar cada trozo para reconstruir la imagen entera.

Ésa fue precisamente la característica que entusiasmó a Pribram, porque por fin ofrecía una vía para entender cómo estaban distribuidos los recuerdos en el cerebro, en lugar de ocupar una posición concreta en el mismo.

Si cada parte de la placa holográfica podía contener toda la información necesaria para crear la imagen completa, entonces debería ser igualmente posible que cada parte del cerebro contuviera toda la información necesaria para recordar un recuerdo completo.


La visión también es holográfica
Los recuerdos no es lo único que el cerebro puede procesar de forma holográfica.

Otra de las cosas que había descubierto Lashley era que también los centros visuales del cerebro resistían sorprendentemente la excisión quirúrgica. Tras eliminar hasta el 90 por ciento de la corteza visual de una rata (la parte del cerebro que recibe e interpreta lo que el ojo ve), descubrió que la rata todavía podía realizar tareas que requerían una compleja destreza visual.

De manera similar, la investigación dirigida por Pribram reveló que se puede cortar hasta el 98 por ciento de los nervios ópticos de un gato sin que su capacidad para llevar a cabo tareas visuales complejas quede afectada seriamente.


Tal situación equivalía a creer que los espectadores de un cine podrían seguir disfrutando de la película aun cuando faltara el 90 por ciento de la misma; una vez más sus experimentos se oponían seriamente al entendimiento habitual del funcionamiento de la visión. De acuerdo con la teoría más novedosa de entonces, había una correspondencia de «uno a uno» entre la imagen que el ojo ve y la forma en que esa imagen se representa en el cerebro.

En otras palabras: se creía que cuando vemos un cuadrado, la actividad eléctrica de la corteza visual también tiene la forma de un cuadrado (véase fig. 3).

FIGURA 3

Antes, los teóricos de la visión creían que había uno correspondencia «uno a uno»

entre la imagen que el ojo ve y la forma en que esa imagen se representa en el cerebro.

Pribram descubrió que no es verdad.

Aunque parecía que descubrimientos como los de Lashley habían asestado un golpe mortal a esa idea, Pribram no estaba satisfecho.

Mientras estuvo en Yale, ideó una serie de experimentos para resolver la cuestión y se pasó los siete años siguientes midiendo cuidadosamente la actividad eléctrica del cerebro de monos mientras realizaban a cabo diversos ejercicios visuales. Descubrió que no sólo no existía esa correspondencia de «uno a uno», sino que ni siquiera había un patrón reconocible de la secuencia en la que se activaban los electrodos.

Escribió sobre sus hallazgos:

«Estos resultados experimentales son incompatibles con la opinión de que sobre la superficie cortical se proyecta una imagen semejante a una imagen fotográfica».

Por otra parte, la resistencia que mostraba la corteza visual con respecto a la escisión quirúrgica indicaba que la visión también estaba distribuida por el cerebro, al igual que la memoria; cuando Pribram supo de la existencia de la holografía empezó a preguntarse si la visión no sería asimismo holográfica.

Lo cierto era que la propiedad del holograma de que «el todo está en cada una de las partes» parecía explicar que se pudiera eliminar una parte muy grande de la corteza visual sin afectar a la capacidad de llevar a cabo tareas visuales. Si el cerebro procesaba imágenes mediante una especie de holograma interno, un trozo muy pequeño del mismo bastaría para reconstruir la totalidad de lo que veían los ojos.

Explicaba asimismo la falta de correspondencia «uno a uno» entre el mundo exterior y la actividad eléctrica cerebral.

Además, si el cerebro utilizaba principios holográficos para procesar la información visual, no existía una correspondencia de «uno a uno» entre la actividad eléctrica y las imágenes vistas, como tampoco la había entre el remolino carente de significado que forman los patrones de interferencia sobre una placa holográfica y la imagen codificada en la misma.


Lo único que quedaba por saber era qué tipo de fenómeno ondulatorio podría estar utilizando el cerebro para crear los hologramas internos. En cuanto Pribram consideró la cuestión se le ocurrió una posible respuesta. Se sabía que las comunicaciones eléctricas que tienen lugar entre las células nerviosas del cerebro, o neuronas, no ocurren solas.

Las neuronas son como pequeños árboles con ramas; cuando un mensaje eléctrico llega al final de una de esas ramas, se irradia hacia fuera como las ondas en un estanque. La concentración de neuronas es tan densa que las ondas eléctricas – igualmente un fenómeno ondulatorio en apariencia – al expandirse, se entrecruzan constantemente unas con otras.

Cuando Pribram lo recordó, comprendió que con toda seguridad las ondas eléctricas creaban una colección caleidoscópica y casi infinita de patrones de interferencia y que éstos a su vez podrían ser lo que confería al cerebro sus propiedades holográficas.

«El holograma había estado allí todo el tiempo, en el carácter de frente de onda de la conexión de las células del cerebro – observó Pribram – , sólo que no habíamos tenido el ingenio suficiente para darnos cuenta».

Otros enigmas resueltos por el modelo holográfico del cerebro
Pribram publicó su primer artículo sobre la posible naturaleza holográfica del cerebro en 1966 y continuó desarrollando y puliendo sus ideas durante varios años.

Mientras lo hacía, y al tiempo otros investigadores se enteraban de sus teorías, enseguida cayeron en la cuenta de que el carácter distribuido de la memoria y de la visión no era el único misterio neurofisiológico que podía explicar el modelo holográfico.


La inmensidad de la memoria
La holografía explica también cómo puede el cerebro almacenar tantos recuerdos en un espacio tan pequeño.

John von Neumann, un físico y matemático brillante nacido en Hungría, calculó una vez que, en el curso de una vida humana media, el cerebro almacena del orden de 2,8 x 1020 (280.000.000.000.000.000.000) bits de información. Es una cantidad asombrosa de información; las personas que investigan el cerebro han dedicado mucho tiempo y esfuerzo a dar con el mecanismo que explique esa capacidad tan inmensa.


Lo interesante es que los hologramas poseen también una capacidad increíble para almacenar información. Se pueden grabar muchas imágenes diferentes sobre la misma superficie cambiando el ángulo desde el cual los dos rayos láser impresionan la película holográfica. Una imagen grabada de esa forma se puede recuperar simplemente iluminando la película con un rayo láser con el mismo ángulo que el de los dos rayos originales.

Se ha calculado que, con ese método, ¡en 2,54 cm2 de película se puede almacenar la misma cantidad de información que en cincuenta biblias!.


La capacidad de recordar y de olvidar
Las películas holográficas que contienen múltiples imágenes, como las descritas anteriormente, proporcionan también un modelo para entender nuestra capacidad de recordar y de olvidar.

Cuando se sostiene una de esas películas en medio de un rayo láser y se inclina hacia adelante y hacia atrás, las diversas imágenes que contiene aparecen y desaparecen en una sucesión oscilante. Se ha sugerido que nuestra capacidad de recordar es como dirigir un rayo láser sobre una película como esa y hacer aparecer una imagen en concreto.

De manera similar, el no ser capaces de recordar algo equivale tal vez a dirigir varios rayos sobre una película con múltiples imágenes sin conseguir encontrar el ángulo correcto para traer/evocar la imagen/recuerdo que estamos buscando.


La memoria asociativa
En el libro de Proust En busca del tiempo perdido, un sorbo de té y un mordisco a un pequeño bizcocho en forma de vieira, conocido como petite madeleine, hacen que el narrador se vea de pronto inundado de recuerdos del pasado.

Al principio se queda perplejo, pero luego, tras un gran esfuerzo, recuerda poco a poco que cuando era pequeño su tía solía darle té con magdalenas; esa asociación fue lo que le refrescó la memoria. Todos hemos tenido una experiencia similar – el olorcillo de una comida en concreto que se está preparando o una ojeada a un objeto olvidado mucho tiempo atrás – que nos evoca de repente una escena del pasado.


La idea holográfica ofrece otra analogía con la tendencia asociativa de la memoria. Ilustrativo al respecto es otro tipo más de técnica de grabación holográfica. En primer lugar, se hace rebotar la luz de un solo rayo láser sobre dos objetos simultáneamente, digamos una butaca y una pipa de fumar.

Luego se hace que la luz que refleja cada uno de los objetos choque una con otra y entonces se recoge el patrón de interferencia resultante en la placa. Después, cada vez que se ilumine con láser la butaca y que la luz que refleje ésta se pase a través de la película, aparecerá una imagen tridimensional de la pipa. Y a la inversa: cuando se hace lo mismo con la pipa, aparece un holograma de la butaca.

Del mismo modo, si el cerebro funciona de manera holográfica, un proceso similar puede ser lo que provoque que ciertos objetos nos evoquen recuerdos específicos del pasado.


La capacidad de reconocer cosas que nos resultan familiares
A primera vista, quizá no nos parezca muy inusual la capacidad de reconocer cosas que nos resultan familiares; no obstante, hace mucho tiempo que los científicos que investigan el cerebro se percataron de que es una habilidad bastante compleja.

Por ejemplo, la certeza absoluta que sentimos cuando señalamos una cara familiar en medio de una multitud de varios centenares de personas no es solamente una emoción subjetiva; al parecer está causada por un tipo de procesamiento de información extraordinariamente rápido y fiable que tiene lugar en el cerebro.


En un artículo de 1970 de la revista científica británica Nature, el físico Pieter van Heerden proponía un tipo de holografía conocido como «holografía de reconocimiento» como medio para entender esa capacidad.

En la holografía de reconocimiento, se graba una imagen holográfica de un objeto de la manera habitual, salvo por el hecho de que se hace rebotar el rayo láser sobre un tipo especial de espejo, llamado «espejo de enfoque», antes de que se le permita impresionar la película no expuesta a la luz. Si un segundo objeto, similar al primero pero no idéntico, se baña con luz de láser y la luz se refleja en el espejo y sobre la película una vez que ha sido revelada, aparecerá un punto brillante de luz en la película.

Cuanto más brillante y agudo sea el punto de luz, mayor será el grado de similitud entre el primer objeto y el segundo. Si los dos objetos son completamente distintos, no aparecerá punto de luz alguno. Colocando una célula fotoeléctrica sensible a la luz detrás de la película holográfica, el equipo se puede utilizar como sistema mecánico de reconocimiento.


Una técnica similar conocida como «holografía de interferencia» permite explicar también cómo podemos reconocer tanto los rasgos familiares como los no familiares de una imagen, como por ejemplo la cara de alguien que hace muchos años que no vemos. La técnica consiste en mirar un objeto a través de una película holográfica que contiene su imagen.

Una vez hecho esto, cualquier rasgo del objeto que haya cambiado desde que se grabó la imagen originalmente reflejará la luz de manera diferente. Mirando a través de la película, se percibe al instante lo que ha cambiado en el objeto y lo que permanece igual.

La técnica es tan sensible que aparece inmediatamente hasta la presión de un dedo sobre un bloque de granito; se ha descubierto que el proceso tiene aplicaciones prácticas en la industria de prueba de materiales.


La memoria fotográfica
En 1972, Daniel Pollen y Michael Tractenberg, científicos de la Universidad de Harvard que investigaban la visión, sugirieron que la teoría del cerebro holográfico podía explicar por qué algunas personas poseen memoria fotográfica (conocida también como «memoria eidética»).

Las personas con memoria fotográfica pasan un momento visualizando la escena que desean memorizar. Cuando quieren ver la escena otra vez, proyectan una imagen mental de la misma, bien con los ojos cerrados, bien mirando una pared lisa o una pantalla en blanco.

Al estudiar a una de esas personas, una profesora de arte de Harvard llamada Elizabeth, Pollen y Tractenberg descubrieron que las imágenes mentales que proyectaba eran tan reales para ella que cuando leyó la imagen de una página de Fausto de Goethe, sus ojos se movían como si estuviera leyendo una página real.


Al notar que la imagen almacenada en un fragmento de película holográfica se vuelve más borrosa a medida que dicho fragmento se hace más pequeño, Pollen y Tractenberg sugieren que quizá esos individuos tienen recuerdos más vívidos porque, de alguna manera, tienen acceso a zonas muy grandes del holograma de la memoria.

Y a la inversa: tal vez la mayoría de nosotros tenemos recuerdos mucho menos vívidos porque nuestro acceso está limitado a zonas más pequeñas del holograma de la memoria.


Transferencia de habilidades aprendidas
Pribram cree que el modelo holográfico también arroja luz sobre la capacidad para transferir habilidades aprendidas desde una parte de nuestro cuerpo a otra.

Mientras estás leyendo este libro, tómate un momento y escribe tu nombre en el aire con el codo izquierdo. Quizá descubras que es relativamente fácil de hacer y, sin embargo, es muy probable que no lo hayas hecho nunca.

A pesar de que no te parezca una habilidad sorprendente, sí es un tanto enigmática, ya que, según la visión clásica, varias zonas del cerebro (como la que controla los movimientos del codo) están determinadas genéticamente, o son capaces de realizar tareas únicamente cuando el aprendizaje repetitivo ha hecho que se establezcan las conexiones neuronales apropiadas entre las células cerebrales.

Pribram señala que el misterio tendría una solución fácil si el cerebro convirtiera todos los recuerdos, incluidos los recuerdos de habilidades aprendidas – como escribir – en un lenguaje de formas de onda susceptibles de interferir unas con otras. Un cerebro semejante sería mucho más flexible y podría traducir la información almacenada con la misma facilidad con que un pianista experimentado traslada una canción de una escala musical a otra.


Esa misma flexibilidad puede explicar por qué somos capaces de reconocer una cara familiar con independencia del ángulo desde el que la veamos.

El cerebro, una vez que ha memorizado una cara (u otro objeto o escena cualquiera) y la ha traducido a un lenguaje de formas de onda, puede tumbar el holograma interno, como quien dice, y examinarlo desde la perspectiva que quiera.


Sensación de miembro fantasma y cómo construimos mentalmente un «mundo ahí fuera»
Para la mayoría de nosotros es obvio que el sentimiento de amor o de enfado, la sensación de hambre, etcétera, son realidades internas, y que el sonido de una orquesta tocando, el calor del sol, o el olor del pan cociéndose son realidades externas.

Ahora bien, lo que no está tan claro es cómo nos permite el cerebro distinguir entre las dos. Por ejemplo, según Pribram, cuando miramos a una persona, su imagen está realmente sobre la superficie de nuestra retina y, no obstante, no la percibimos como si la tuviéramos en la retina. La vemos como si estuviera en «el mundo ahí fuera».

De manera similar, cuando nos damos un golpe en el dedo gordo del pie, sentimos dolor en el dedo gordo del pie y, sin embargo, el dolor no está ahí en realidad. Es un proceso neurofisiológico que tiene lugar en alguna parte del cerebro.

Entonces, ¿cómo puede el cerebro tomar los numerosos procesos neurofisiológicos que manifiesta como nuestra experiencia, que son procesos internos todos ellos, y hacernos creer engañosamente que algunos son internos y otros están situados más allá de los confines de nuestra materia gris?


Crear la ilusión de que las cosas están situadas donde no lo están es la característica esencial del holograma. Como hemos mencionado ya, cuando miramos un holograma nos parece que tiene extensión en el espacio, pero si pasamos la mano a través de él, descubrimos que no hay nada. A pesar de lo que nos dicen los sentidos, ningún instrumento recogerá la presencia de energía o de alguna sustancia anormal en el lugar en donde el holograma está flotando aparentemente.

Esto se debe a que el holograma es una imagen virtual, una imagen que parece estar donde no está y no tiene más extensión en el espacio que la imagen tridimensional que vemos de nosotros mismos cuando nos miramos en el espejo. Al igual que la imagen del espejo está situada en el azogue que cubre la superficie trasera del espejo, la situación real de un holograma está siempre en la emulsión fotográfica de la superficie de la película que lo registra.


Georg von Bekesy, fisiólogo ganador del premio Nobel, aporta otros datos que demuestran que el cerebro es capaz de engañarnos haciéndonos creer que procesos internos tienen lugar fuera del cuerpo.

En una serie de experimentos realizados a finales de la década de 1960, Bekesy colocó vibradores en las rodillas de las personas que participaban en el experimento y les vendó los ojos. Luego varió la frecuencia de la vibración de los instrumentos. Con ello descubrió que podía hacer que los sujetos de la prueba tuvieran la sensación de que el punto donde se originaba la vibración saltaba de una rodilla a la otra. Descubrió también que podía hacer que sintieran incluso que el punto origen de la vibración estaba en el espacio entre ambas rodillas.

En resumen, demostró que los seres humanos parecen tener capacidad de experimentar sensaciones en puntos del espacio en los que no tienen receptor sensorial alguno.


En opinión de Pribram, el trabajo de Bekesy es compatible con la visión holográfica y arroja luz adicional sobre la forma en que los frentes de onda que causan la interferencia – o las fuentes de interferencia de vibraciones físicas, en el caso de Bekesy – capacitan al cerebro para localizar experiencias fuera de las fronteras físicas del cuerpo.

Según él, ese proceso podría explicar también el fenómeno del miembro fantasma, o la sensación que experimentan algunas personas con miembros amputados de que sigue estando presente la pierna o el brazo que les falta.

Muchas veces esas personas sienten calambres, dolores u hormigueos extrañamente realistas en esos apéndices fantasmas; pero quizá lo que experimentan es el recuerdo holográfico del miembro, que sigue grabado todavía en los patrones de interferencia de sus cerebros.


Apoyo experimental para el cerebro holográfico
Aunque a Pribram le resultaban tentadoras las numerosas semejanzas entre el cerebro y el holograma, sabía que su teoría nada significaría a menos que contara con el apoyo de pruebas más sólidas.

El investigador que le proporcionó esas pruebas fue Paul Pietsch, biólogo de la Universidad de Indiana. Curiosamente, Pietsch empezó siendo un incrédulo beligerante con respecto a la teoría de Pribram. Se mostraba escéptico específicamente en lo relativo a la pretensión de que los recuerdos no ocupan una posición específica en el cerebro.


Para demostrar que Pribram estaba equivocado, Pietsch concibió una serie de experimentos y eligió salamandras como sujetos de los mismos. Había descubierto en estudios previos que podía eliminar el cerebro de una salamandra sin matarla y, aunque el bicho permanecía en un estado de estupor mientras le faltaba el cerebro, su conducta volvía a ser completamente normal en cuanto se le reponía.


Su razonamiento consistía en que si la conducta alimenticia de una salamandra no se encontraba ubicada en ningún sitio específico dentro del cerebro, no debería importar la posición del cerebro en la cabeza. Si importaba, demostraría que la teoría de Pribram era incorrecta. Entonces cambió los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro de una salamandra, pero descubrió consternado que la salamandra, en cuanto se recuperó, reanudó enseguida su alimentación normal.


Cogió otra salamandra y le volvió el cerebro del revés. Cuando se recuperó, también se alimentó normalmente. Cada vez más frustrado, decidió recurrir a medidas más drásticas. En una serie de más de 700 operaciones, cortó los cerebros en rodajas, los sacudió, los barajó, los menguó y hasta los picó, pero en cuanto volvía a colocar lo que quedaba del cerebro en las cabezas de sus desventurados sujetos, su conducta siempre volvía a la normalidad.


Esos y otros hallazgos indujeron a Pietsch a creer en las tesis de Pribram y suscitaron la atención suficiente como para que su investigación se convirtiera en el tema a tratar en una parte del programa de televisión 60 minutos.

Cuenta esa experiencia en su libro Shufflebrain, una obra reveladora que contiene un informe detallado de sus experimentos.


El lenguaje matemático del holograma
Si las teorías que posibilitaron el desarrollo del holograma fueron formuladas por primera vez por Dennis Gabor – después ganaría el premio Nobel por sus logros – en 1947, la teoría de Pribram recibió un apoyo experimental más persuasivo todavía a finales de los años sesenta y principios de los setenta.

Cuando Gabor concibió la idea de la holografía, no estaba pensando en el láser. Su objetivo era mejorar el microscopio electrónico, que era un artefacto primitivo e imperfecto en aquel entonces. Gabor utilizó un planteamiento matemático y un tipo de cálculo inventado por un francés del siglo XVIII llamado Jean B. J. Fourier.

Lo que inventó Fourier fue más o menos la forma matemática de convertir cualquier patrón, por complejo que fuera, en un lenguaje de ondas simples. Mostró asimismo el modo en que esas ondas podían transformarse otra vez en el patrón original. En otras palabras, al igual que la cámara de televisión convierte una imagen en frecuencias electromagnéticas y un aparato de televisión convierte esas frecuencias otra vez en la imagen original, Fourier enseñó cómo hacer un proceso similar utilizando las matemáticas.

Las ecuaciones que desarrolló para convertir imágenes en formas de onda y otra vez en imágenes se conocen como «las transformadas de Fourier».


Las transformadas de Fourier posibilitaron a Gabor convertir la imagen de un objeto en una nube borrosa de patrones de interferencia sobro una placa holográfica. Le permitieron también idear la forma de volver a convertir dichos patrones de interferencia en la imagen del objeto original. De hecho, la característica especial del holograma del «todo en cada parte» es una de las consecuencias que se producen cuando una imagen o un patrón se traducen al lenguaje de formas de onda de Fourier.


Durante finales de los años sesenta y principios de los setenta, varios investigadores contactaron con Pribram para informarle de que habían obtenido indicios de que el sistema visual funcionaba como una especie de analizador de frecuencias. Y como la frecuencia es una medida del número de oscilaciones que experimenta una onda por segundo, eran indicios vehementes de que el cerebro podría estar funcionando como un holograma.


Pero hasta 1979 dos neurofisiólogos de Berkeley – Russell y Karen DeValois – no hicieron el descubrimiento que resolvió la cuestión. Investigaciones de la década de 1960 habían demostrado que cada célula cerebral de la corteza visual está programada para responder a un modelo diferente: algunas células cerebrales se activan cuando los ojos ven una línea horizontal, otras, cuando los ojos ven una línea vertical, etcétera.

Por consiguiente, muchos investigadores llegaron a la conclusión de que el cerebro obtiene información de células altamente especializadas, llamadas «detectores de rasgos», y encaja unas con otras de algún modo para proporcionarnos nuestra percepción visual del mundo.


A pesar de la popularidad que alcanzó esta teoría, los DeValois pensaban que sólo era una verdad parcial. Para demostrar que su suposición era cierta, utilizaron las transformadas de Fourier para convertir modelos semejantes a tableros de damas y cuadros escoceses en ondas simples. Después, hicieron una prueba para ver la respuesta de las células cerebrales de la corteza visual a las nuevas imágenes en forma de ondas.

Y descubrieron que las células cerebrales no respondían a los modelos originales, pero sí a las traducciones Fourier de los mismos. Sólo cabía una conclusión: el cerebro utilizaba las matemáticas de Fourier, las mismas que emplea la holografía, para convertir imágenes visuales en las ondas del lenguaje Fourier.


Posteriormente, muchos laboratorios del mundo confirmaron el descubrimiento de los DeValois; aunque no proporcionaba una prueba categórica de que el cerebro fuera un holograma, daba los suficientes indicios para convencer a Pribram de que su teoría era correcta. Animado por la idea de que la corteza visual no respondía a los modelos sino a la frecuencia de las diversas ondas, Pribram empezó a evaluar de nuevo el papel que jugaba la frecuencia en los otros sentidos.


No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que los científicos del siglo XX habían pasado por alto la importancia de dicho papel. Más de un siglo antes del descubrimiento de los DeValois, el fisiólogo y físico alemán Hermann von Helmholtz había demostrado que el oído era un analizador de frecuencias. Investigaciones más recientes revelaron que el sentido del olfato parecía estar basado en las llamadas «frecuencias ósmicas».

El trabajo de Bekesy había demostrado claramente que la piel es sensible a las frecuencias vibratorias e incluso produjo algún indicio de la posible intervención de un análisis de frecuencia en el sentido del gusto.

Es interesante observar que Bekesy descubriera que las ecuaciones matemáticas, que le permitieron predecir la respuesta de los sujetos de sus pruebas a diversas frecuencias vibratorias, eran también del género Fourier.


El bailarín como forma de onda
Pero quizá el descubrimiento más asombroso de todos los que desveló Pribram fue el que hizo el científico ruso Nikolai Bernstein:

hasta nuestros movimientos físicos pueden estar codificados en el cerebro en un lenguaje Fourier de formas de onda.

En la década de 1930, Bernstein vistió a varias personas con mallas negras y les pintó puntos blancos en hombros, rodillas y otras articulaciones. Luego, les colocó contra un fondo negro y les filmó mientras hacían diversas actividades físicas, tales como bailar, andar, saltar, dar golpes con un martillo y escribir a máquina.


Cuando reveló la película, sólo aparecieron los puntos blancos, moviéndose arriba y abajo y cruzando la pantalla en distintos movimientos fluidos y complejos (véase fig. 4). Para cuantificar sus hallazgos, analizó según Fourier las diversas líneas trazadas por los puntos y las convirtió en un lenguaje de formas de onda. Se quedó sorprendido al descubrir que los movimientos ondulatorios contenían pautas ocultas que le permitían predecir el siguiente movimiento hasta en menos de una pulgada (2,54 cm).


Cuando Pribram descubrió el trabajo de Bernstein, advirtió sus consecuencias inmediatamente.

Podía ser que las pautas ocultas aparecieran después de que Bernstein hubiera analizado los movimientos según Fourier porque así era como se almacenaban los movimientos en el cerebro. Era una posibilidad excitante, porque si el cerebro analiza los movimientos fragmentándolos en componentes de frecuencia, así se explica la rapidez con la que aprendemos muchas tareas físicas complejas.

Por ejemplo, no aprendemos a montar en bicicleta memorizando concienzudamente todos los pasos mínimos del proceso, sino comprendiendo el movimiento fluido en su totalidad. Esa totalidad fluida, que ejemplifica la forma en que aprendemos tantas actividades físicas, resultaría difícil de explicar si el cerebro almacenara información poco a poco.

Con todo, sería mucho más fácil de entender si el cerebro analizara esas tareas con arreglo a Fourier y las asimilara como un todo.

FIGURA 4

El investigador ruso Nikolai Bernstein pintó unos puntos blancos sobre unos bailarines

y después los filmó bailando contra un fondo negro.

Cuando trasladó sus movimientos a un lenguaje de formas de onda,

descubrió que se podían analizar con las matemáticas de Fourier,

las mismas que había utilizado Gabor para inventar el holograma.

La reacción de la comunidad científica
A pesar de todos estos datos, el modelo holográfico de Pribram sigue siendo extraordinariamente polémico.

Parte del problema es que hay muchas teorías populares sobre el funcionamiento del cerebro y datos que las respaldan a todas. Algunos investigadores creen que el hecho de que la memoria esté distribuida por todo el cerebro se puede explicar por el flujo y el reflujo de varias sustancias químicas cerebrales. Otros sostienen que las fluctuaciones eléctricas que se producen entre grandes grupos de neuronas pueden explicar la memoria y el aprendizaje.

Cada escuela de pensamiento cuenta con defensores acérrimos y probablemente no nos equivoquemos si decimos que los argumentos de Pribram siguen sin convencer a la mayoría de los científicos.

Por ejemplo, el neuropsicólogo Frank Wood de la Bowman Gray School of Medicine de Winston-Salem (Carolina del Norte) piensa que,

«hay unos cuantos hallazgos experimentales preciosos para los cuales la holografía constituye la explicación necesaria y hasta preferible».

Pribram, atónito ante declaraciones como las de Wood, replica diciendo que actualmente tiene un libro en la imprenta con más de 500 referencias a esos datos.


Otros investigadores están de acuerdo con Pribram.

El doctor Larry Dossey, anterior jefe del equipo directivo del Medical City Dallas Hospital, admite que la teoría de Pribram contradice muchas suposiciones antiguas sobre el cerebro, pero señala que,

«muchos especialistas en el funcionamiento del cerebro se sienten atraídos por la idea, aunque no sea más que por lo inadecuadas que resultan evidentemente las concepciones ortodoxas actuales».

El neurólogo Richard Restak, autor de la serie televisiva de la cadena PBS El cerebro, comparte la opinión de Dossey.

Advierte de que a pesar de que hay datos abrumadores que muestran que las facultades están dispersas por todo el cerebro de una manera holística, la mayoría de los investigadores continúa aferrándose a la idea de que se pueden localizar en el cerebro del mismo modo en que las ciudades pueden ser localizadas en un mapa.

A su juicio, las teorías basadas en tal premisa no sólo son «supersimplistas», sino que actúan realmente como «corsés conceptuales» que nos impiden reconocer la verdadera complejidad del cerebro.

Según él,

«el holograma no sólo es posible, sino que es seguramente el mejor “modelo” del funcionamiento cerebral que tenemos en este momento».

Pribram encuentra a Bohm
En cuanto se refiere a Pribram, en los años setenta se había acumulado la suficiente información como para convencerle de que su teoría era correcta.

Además, había llevado sus ideas al laboratorio y había descubierto que las neuronas de la corteza motora respondían selectivamente a una gama limitada de frecuencias, descubrimiento que respaldaba aún más sus conclusiones. La cuestión que empezaba a preocuparle era que si la imagen de la realidad que se forma en el cerebro no es una imagen sino un holograma, ¿de qué es un holograma?

El dilema planteado por esta cuestión sería como hacer una fotografía con una Polaroid de un grupo de gente sentada alrededor de una mesa y averiguar, una vez que la foto está revelada, que, en torno a la mesa, en vez de gente, sólo hay una nube borrosa de patrones de interferencia. En ambos casos se podría preguntar con razón: ¿cuál es la realidad verdadera, el mundo aparentemente objetivo que experimenta el observador/fotógrafo o la nube borrosa de patrones de interferencia recogida por la cámara/cerebro?


Pribram se dio cuenta de que si se llevaba el modelo holográfico del cerebro a su conclusión lógica, se abría la puerta a la posibilidad de que la realidad objetiva – el mundo de las tazas de café, de las vistas de montaña, de los olmos y las lámparas de mesa – podría no existir siquiera o, al menos, no existir de la forma en que creemos que existe.

¿Era posible – se preguntaba – que fuera verdad lo que los místicos han estado diciendo durante siglos y siglos, que la realidad es maya, o ilusión, y que ahí fuera no hay sino una inmensa sinfonía plagada de formas de onda, un «dominio de frecuencias» que se transforma en el mundo tal y como lo conocemos, solamente después de que nos entre por los sentidos?


Como comprendió que la solución que estaba buscando podría estar fuera de su campo, acudió a su hijo, a la sazón físico, en busca de consejo. Éste le recomendó que examinara la obra de un especialista en física llamado David Bohm.

Cuando Pribram lo hizo se quedó anonadado: no sólo encontró la respuesta a su pregunta, sino que descubrió además que, según Bohm, el universo entero es un holograma.

http://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/holographicuniverse/universoholografico01.htm

CAPÍTULO 2 – El cosmos como holograma

Es inevitable quedarse asombrado al ver hasta qué punto Bohm ha sido capaz de romper los rígidos moldes de los condicionamientos científicos manteniendo él solo una idea completamente nueva y literalmente inmensa, una idea que tiene coherencia interna y la fuerza de la lógica para explicar fenómenos de la experiencia física ampliamente divergentes desde un punto de vista totalmente inesperado… Es una teoría tan satisfactoria intelectualmente hablando, que mucha gente cree que si el universo no es como Bohm lo describe, debería serlo.
JOHN P. BRIGGS Y F. DAVID PEAT, A través del maravilloso espejo del universo


El camino que llevó a Bohm a la convicción de que el universo está estructurado como un holograma empezó en el límite mismo de la materia, en el mundo de las partículas subatómicas.

El interés por la ciencia y por el modo en que las cosas funcionan se despertó en él muy pronto. Siendo un chaval, en su casa de Wilkes-Barre, Pennsylvania, inventó una tetera que no vertía gotas, y su padre, un exitoso hombre de negocios, le instó a sacar beneficio de la idea. Sin embargo, cuando Bohm se enteró de que el primer paso de la empresa consistía en hacer una encuesta puerta a puerta para probar su invento en el mercado, se desvaneció su interés en el negocio.


Pero no se desvaneció su interés por la ciencia, y su curiosidad prodigiosa le obligó a buscar nuevas cumbres que conquistar. En los años treinta, cuando asistía al State College de Pennsylvania, encontró la cumbre más interesante, pues allí fue donde se quedó fascinado con la física cuántica.


Es una fascinación fácil de entender. El campo nuevo y extraño que habían encontrado los físicos escondido en el núcleo del átomo contenía cosas mucho más maravillosas que las que Hernán Cortés o Marco Polo encontraron jamás. Lo que hacía que aquel mundo nuevo fuera tan intrigante era que allí, al parecer, todo iba en contra del sentido común.

Más parecía una tierra gobernada por la brujería que una extensión del mundo natural; era un reino como el de Alicia en el País de las Maravillas, en el que las fuerzas inexplicables eran la norma y lo lógico se había vuelto del revés.


Un descubrimiento asombroso de la física cuántica era que si la materia se rompe en trozos cada vez más pequeños, al final se llega a un punto en que esos trozos (electrones, protones, etcétera) dejan de tener características de cosas. Por ejemplo, la mayoría de nosotros tendemos a pensar que un electrón es como una esfera diminuta o como una bolita que da vueltas a toda velocidad, pero nada podría estar más lejos de la verdad.

Los físicos han descubierto que un electrón, si bien puede comportarse a veces como una pequeña partícula compacta, materialmente no posee dimensión alguna. A la mayoría nos cuesta imaginarlo porque, en nuestro nivel de existencia, todas las cosas tienen dimensiones; pero si intentáramos medir la anchura de un electrón, descubriríamos que es una tarea imposible. Un electrón no es simplemente un objeto tal y como lo conocemos.


Otro hallazgo de los físicos es que un electrón puede manifestarse o bien como una partícula o bien como una onda. Si se dispara un electrón contra la pantalla de una televisión apagada, cuando choca con las sustancias fosforescentes que cubren el cristal aparece un diminuto punto de luz. El único punto de impacto que el electrón deja en la pantalla revela claramente la parte de partícula de la naturaleza del electrón.


Ahora bien, ésa no es la única forma que puede adoptar el electrón. También puede disolverse en una nube borrosa de energía y comportarse como si fuera una onda extendida por el espacio. Cuando un electrón se manifiesta en forma de onda puede hacer cosas que la partícula no puede. Si se dispara contra una barrera en la que se han hecho dos ranuras, puede atravesar ambas ranuras simultáneamente. Cuando electrones en forma de onda chocan unos con otros, llegan a crear patrones de interferencia.

Así como los magos de los cuentos populares son capaces de cambiar de forma, también el electrón se puede manifestar como partícula o como onda.


Esa capacidad camaleónica es común a todas las partículas subatómicas. También es común a todo lo que antaño se creía que se manifestaba exclusivamente como ondas. La luz, los rayos gamma, las ondas de radio, los rayos X, todo puede transformarse de onda en partícula y otra vez en onda. Hoy, los físicos creen que los fenómenos subatómicos no deberían ser clasificados como ondas o como partículas, sino en una sola categoría de algos que son siempre ambas cosas de un modo u otro.

Esos algos se denominan «quanta» y constituyen, según los físicos, la materia básica de la que está hecho el universo entero.


Pero lo más asombroso es quizá la existencia de indicios vehementes de que el único momento en que los quanta se manifiestan como partículas es cuando estamos mirándolos. Es decir, hay descubrimientos experimentales que indican que un electrón, cuando no está siendo observado, siempre es una onda.

Los físicos pueden llegar a esta conclusión porque han ideado tácticas inteligentes para deducir el comportamiento de un electrón cuando no está siendo observado (deberíamos señalar que ésta es sólo una de las interpretaciones de los indicios y no la conclusión a la que llegan todos los físicos; como veremos después, el propio Bohm hace una interpretación distinta).


Una vez más, esto nos parece magia más que la clase de conducta que solemos esperar del mundo natural, imaginemos que tenemos una bola que sólo es una bola cuando la miramos. Si esparcimos polvos de talco sobre la pista y lanzamos la bola cuántica rodando hacia los bolos, veremos que mientras la estemos contemplando traza una sola línea en los polvos de talco.

Pero si parpadeáramos mientras la bola está en tránsito, descubriríamos que, durante el segundo o los dos segundos en que no la estábamos observando, la bola habría dejado de trazar una sola línea y habría dejado en cambio una amplia franja ondulante, como la que deja una serpiente del desierto cuando se mueve por la arena zigzagueando (véase fig. 5).

Es una situación comparable a la que vivieron los físicos teóricos cuando descubrieron por primera vez indicios de que los quanta se muestran como partículas sólo cuando están siendo observados.

El físico Nick Herbert mantiene esta interpretación, la cual – afirma – muchas veces le ha hecho imaginar que el mundo a su espalda siempre es «un brebaje cuántico radicalmente ambiguo que fluye sin cesar»; pero siempre que se da la vuelta e intenta verlo, su mirada lo congela al instante y se convierte otra vez en la realidad ordinaria.

Según él, esto nos convierte en pequeños Midas, el rey legendario que nunca conoció el tacto de la seda o la caricia de una mano porque todo lo que tocaba se convertía en oro.

Y concluye afirmando:

«Asimismo, los seres humanos jamás podremos experimentar la verdadera textura de la realidad cuántica, pues todo lo que tocamos se convierte en materia».

FIGURA 5

Los físicos han descubierto pruebas convincentes de que los electrones

y otros quanta se manifiestan como partículas únicamente mientras los estemos mirando.

El resto del tiempo se comportan como ondas. Esto es tan extraño como que una bola

trace una sola línea recta en la pista de las bolas mientras la estás contemplando

y deje un rastro de ondas cada vez que parpadeas.


Bohm y la interconexión
Un aspecto de la realidad cuántica que a Bohm le resultaba especialmente interesante era el extraño estado de interconexión que parecía existir entre acontecimientos subatómicos que aparentemente no estaban relacionados entre sí.

Y se le antojaba igualmente asombroso ver que los físicos, en su mayoría, tendían a dar poca importancia al fenómeno. De hecho, estaba tan subestimado que uno de los ejemplos más famosos de interconexión permaneció oculto durante varios años en una de las suposiciones básicas de la física cuántica, antes de que alguien se diera cuenta de que estaba ahí.


El autor de dicha suposición fue uno de los padres fundadores de la física cuántica, el físico danés Niels Bohr. En su opinión, si las partículas subatómicas sólo empiezan a existir en presencia de un observador, entonces no tiene sentido hablar de las propiedades y características que tienen antes de ser observadas. Aquello molestó a muchos físicos, pues gran parte de la ciencia se basaba en el descubrimiento de las propiedades de los fenómenos.

Pero si el acto de la observación ayudaba realmente a crear esas propiedades, ¿qué implicaba para el futuro de la ciencia?


Un físico al que incomodaban las afirmaciones de Bohr era Albert Einstein. A pesar del papel que había jugado en la fundación de la teoría cuántica, Einstein no estaba contento en absoluto con el curso que había tomado aquella ciencia en ciernes.

Encontraba especialmente objetable la conclusión a la que había llegado Bohr de que las propiedades de una partícula no existen hasta que son observadas, porque, en combinación con otro hallazgo de la física cuántica, implicaba que las partículas subatómicas estaban conectadas entre sí de un modo que a juicio de Einstein era sencillamente imposible.


El descubrimiento en cuestión era que el resultado de algunos procesos subatómicos es la creación de un par de partículas con propiedades idénticas o íntimamente relacionadas. Consideremos por ejemplo un átomo extraordinariamente inestable que los físicos llaman positronio. Está compuesto por un electrón y un positrón (un positrón es un electrón con carga positiva).

Al ser el positrón la antipartícula del electrón, ambos acabarán aniquilándose finalmente el uno a otro y se desintegrarán formando dos quanta de luz o «fotones» que se desplazarán en direcciones opuestas (la capacidad de transformarse de un tipo de partícula en otro es otra de las propiedades del quantum). De acuerdo con la teoría cuántica, por mucho que se aparten los fotones, siempre tienen ángulos de polarización idénticos, como se descubrirá al medirlos. (La polarización es la orientación espacial del aspecto ondulatorio del fotón cuando se desplaza desde su punto de origen).


En 1935, Einstein y sus colegas Boris Podolsky y Nathan Rosen publicaron un artículo, hoy famoso, titulado «¿Se puede considerar completa la descripción de la realidad física según la mecánica cuántica?».

En él explicaban por qué la existencia de las partículas gemelas demostraba la imposibilidad de que la tesis de Bohr fuera correcta. Argumentaban que se podían crear dos partículas semejantes, pongamos los fotones emitidos cuando se desintegra el positronio, y dejar que se desplazaran alejándose a una distancia significativa.

Luego se interceptarían y se medirían sus ángulos de polarización. Si las polarizaciones se miden precisamente en el mismo momento y se ve que son idénticas, como predice la física cuántica, y si Bohr tenía razón y propiedades como la polarización no empiezan a existir hasta que son observadas o medidas, esto indica que los dos fotones tienen que estar de una manera u otra comunicándose entre sí instantáneamente de modo que saben en qué ángulo de polarización han de coincidir.

El problema era que, según la teoría de la relatividad de Einstein, nada puede viajar a una velocidad mayor que la de la luz, y no digamos instantáneamente, porque equivaldría a romper la barrera del tiempo y abriría la puerta a toda clase de paradojas inaceptables. Einstein y sus colegas estaban convencidos de que ninguna «definición razonable» de la realidad posibilitaría la existencia de una interconexión más rápida que la luz y, por tanto, Bohr tenía que estar equivocado.

Hoy su argumentación se conoce como la paradoja Einstein-Podolsky-Rosen, o paradoja EPR, para resumir.


Bohr permaneció imperturbable ante la argumentación de Einstein. En vez de creer que se producía una comunicación más rápida que la velocidad de la luz, ofreció otra explicación. Si las partículas subatómicas no existen hasta que son observadas, entonces no se puede pensar en ellas como «cosas» independientes.

Einstein, por tanto, estaba basando su argumentación en un error, puesto que consideraba que las partículas gemelas eran independientes. Las partículas gemelas formaban parte de un sistema indivisible y no tenía sentido pensar en ellas de otro modo.


En la época, la mayor parte de los físicos se pusieron de parte de Bohr y les alegró que su interpretación fuera correcta.

Un factor que contribuyó al triunfo de Bohr fue que la física cuántica había demostrado tener un éxito tan espectacular en la predicción de fenómenos, que había pocos físicos dispuestos a considerar siquiera la posibilidad de que pudiera tener algún fallo. Además, cuando Einstein y sus colegas plantearon el argumento de las partículas gemelas, el experimento nunca se pudo llevar a cabo porque lo impidieron razones técnicas y de otro tipo. Eso hizo que fuera aún más fácil quitárselo de la cabeza.

Es curioso porque aunque Bohr había ideado su argumentación como réplica al ataque de Einstein contra la física cuántica, su tesis de que los sistemas subatómicos son indivisibles tiene repercusiones igualmente profundas para la naturaleza de la realidad, como veremos más adelante.

Lo irónico es que tampoco se prestara atención a dichas repercusiones y que se tapara, una vez más, la importancia potencial de la interconexión.


Un mar de electrones vivo
Durante sus primeros años como físico, Bohm también aceptó la posición de Bohr, pero seguía estando perplejo ante la falta de interés por la interconexión que demostraban Bohr y sus colegas.

Cuando se licenció en el Pennsylvania State College, fue a la Universidad de California, en Berkeley, donde se doctoró en 1942. Antes de recibir el doctorado trabajó en el Lawrence Berkeley Radiation Laboratory y allí se encontró con otro ejemplo increíble de interconexión cuántica.

En aquel laboratorio de Berkeley, Bohm empezó lo que se convertiría en su obra cumbre sobre los plasmas. Un plasma es un gas con una alta densidad de electrones y de iones positivos, o átomos con carga positiva. Bohm descubrió asombrado que cuando los electrones estaban en un plasma, dejaban de comportarse como entidades individuales y empezaban a comportarse como si formaran parte de un todo mayor e interconectado.

Aunque parecía que sus movimientos individuales eran aleatorios, cantidades inmensas de electrones eran capaces de producir efectos sorprendentemente bien organizados. Como si fuera una criatura ameboide, el plasma se regeneraba constantemente y cercaba con un muro todas las impurezas, al igual que un organismo biológico encerraría una sustancia extraña en una cista.

Tan atónito estaba Bohm ante esas cualidades orgánicas, que comentó después que había tenido a menudo la impresión de que aquel mar de electrones estaba «vivo».


En 1947, Bohm aceptó el puesto de profesor ayudante que le ofrecieron en la Universidad de Princeton, lo que indica la gran consideración y respeto que tenían por él, y allí extendió la investigación que había iniciado en Berkeley al estudio de los electrones en los metales. Descubrió una vez más que los movimientos aparentemente aleatorios de los electrones individuales se las arreglaban para producir efectos generales sumamente organizados.

Como en el caso de los plasmas que había estudiado en Berkeley, no se trataba ya de una situación en la que participaban dos partículas y cada una se comportaba como si supiese lo que estaba haciendo la otra, sino de verdaderos mares de partículas en los que cada una se comportaba como si supiese lo que estaban haciendo innumerables billones de partículas.

Bohm llamó «plasmones» a esos movimientos colectivos de electrones y su descubrimiento estableció su gran reputación como físico.


La desilusión de Bohm
La importancia que él atribuía a la interconexión, así como su creciente insatisfacción con varias de las teorías predominantes en el campo de la física, le llevaron a preocuparse cada vez más por la interpretación de Bohr de la teoría cuántica.

Tras pasar tres años enseñando la asignatura de Física Cuántica en Princeton, decidió mejorar su comprensión de la misma escribiendo un libro de texto. Cuando terminó, descubrió que seguía sin sentirse cómodo con lo que decía la física cuántica y envió copias del libro a Bohr y a Einstein para pedirles su opinión.

No recibió respuesta de Bohr, pero Einstein se puso en contacto con él y le dijo que, puesto que ambos estaban en Princeton, deberían reunirse para hablar del libro. En la primera de lo que iba a convertirse en una serie de animadas conversaciones que se prolongarían seis meses, Einstein le dijo entusiásticamente que era la explicación más clara de la teoría cuántica que había oído nunca.

No obstante, admitió que la teoría le resultaba tan insatisfactoria como al propio Bohm.


Durante sus conversaciones, los dos hombres descubrieron que ambos sentían admiración por la capacidad de la teoría para predecir fenómenos. Lo que les preocupaba era que no permitía concebir la estructura básica del mundo de una forma real. Bohr y sus seguidores afirmaban que la teoría cuántica era una teoría completa y que era imposible entender con más claridad lo que pasaba en el terreno cuántico.


Tales afirmaciones equivalían a decir que no había otra realidad más profunda más allá del panorama subatómico, ni más respuestas que encontrar, lo cual chocaba también con la sensibilidad filosófica de Bohm y Einstein. En sus reuniones discutían sobre otras muchas cosas, pero esos puntos en particular pasaron a ocupar una posición destacada en los pensamientos de Bohm.

Inspirado por la influencia recíproca que existía entre él y Einstein, aceptó la validez de sus recelos sobre la física cuántica y decidió que tenía que haber una visión alternativa. Cuando publicó su libro de texto Quantum Theory, en 1951, éste fue recibido como un clásico, pero era un clásico sobre una materia en la que Bohm no tenía ya toda su confianza.

Su mente, siempre activa y en constante búsqueda de explicaciones más profundas, ya estaba escudriñando una manera mejor de describir la realidad.


Un nuevo tipo de campo y la bala que mató a Lincoln
Tras sus charlas con Einstein, Bohm intentó encontrar una interpretación viable que sustituyera a la de Bohr.

Empezó por suponer que las partículas, como los electrones, sí existen en ausencia del observador. Aceptó también que había una realidad más profunda por debajo del muro inviolable de Bohr, un nivel subcuántico que todavía esperaba ser descubierto por la ciencia. A partir de esas premisas, descubrió que podía explicar los descubrimientos de la física cuántica tan bien como Bohr, con sólo proponer la existencia de una nueva clase de campo en ese nivel subatómico.

A ese nuevo campo lo llamó «potencial cuántico» y explicó que teóricamente se extendía por todo el espacio, al igual que la gravedad. No obstante, a diferencia de lo que ocurría en los campos gravitacionales, magnéticos y demás, su influencia no disminuía con la distancia. Sus efectos eran sutiles, pero el campo tenía la misma fuerza en todas partes.

Bohm publicó su interpretación de la teoría cuántica en 1952.


La reacción ante el nuevo planteamiento fue negativa principalmente. Algunos físicos estaban tan convencidos de la imposibilidad de otra solución, que rechazaron sin más las ideas de Bohm. Otros lanzaron ataques apasionados contra sus razonamientos. Al final, prácticamente la totalidad de los argumentos se basaba sobre todo en diferencias filosóficas, pero no importaba: el punto de vista de Bohr había arraigado de tal modo en el campo de la física, que la solución de Bohm se consideró casi una herejía.


Pese a la dureza de los ataques, Bohm mantuvo la firme convicción de que en la realidad había algo más de lo que posibilitaba la visión de Bohr. Pensaba también que la ciencia mostraba una actitud demasiado limitada a la hora de enjuiciar ideas nuevas como la suya y examinó varias suposiciones filosóficas causantes de dicha actitud en su libro Causalidad y azar en la física moderna, publicado en 1957.

Una de ellas era la presunción, muy extendida, de que cualquier teoría, como la teoría cuántica, puede ser completa por sí sola. Bohm la criticaba alegando que la naturaleza puede ser infinita. Como ninguna teoría puede explicar completamente algo que es infinito, Bohm insinuaba que si los investigadores se abstuvieran de hacer suposiciones semejantes, la investigación científica sin barreras saldría beneficiada.


En el libro argumentaba que la ciencia contemplaba la causalidad de una manera demasiado limitada. Se creía que la mayoría de los efectos tenían sólo una causa o varias. Bohm pensaba, sin embargo, que un efecto podía tener un número infinito de causas. Por ejemplo, si preguntas a alguien por la causa de la muerte de Lincoln, podría contestar que fue la bala de la pistola de John Wilkes Booth.

Ahora bien, en una lista completa de las causas que contribuyeron a la muerte de Lincoln tendrían que figurar los acontecimientos que llevaron a la invención de la pistola, los factores que hicieron que Booth quisiera matar a Lincoln, las etapas de la evolución de la raza humana que posibilitaron que una mano fuera capaz de sostener una pistola, etcétera, etcétera.

Bohm admitía que durante la mayor parte del tiempo se podía pasar por alto la larguísima cadena de causas que condujeron a un efecto determinado, pero creía también que era importante que los científicos recordaran que no podía existir una sola relación causa/efecto al margen del universo como totalidad.


Si quieres saber dónde estás, pregunta a los no locales
Durante esa misma época de su vida, Bohm continuó puliendo su planteamiento de la física cuántica.

Cuando estudió con más detenimiento el significado del potencial cuántico, halló en él varias características que implicaban una desviación aún más radical con respecto al pensamiento ortodoxo. Una de ellas era la importancia de la totalidad. La ciencia clásica había considerado siempre que el estado de totalidad de un sistema se debía meramente a la interacción de las partes.

Sin embargo, el potencial cuántico daba la vuelta a esa visión e indicaba que, en realidad, era el todo el que organizaba el comportamiento de las partes, lo cual, además de llevar un paso adelante la afirmación de Bohr de que las partículas subatómicas no son algos independientes sino que forman parte de un sistema indivisible, sugería que la totalidad era la realidad primaria en varios aspectos.


Explicaba también que los electrones puedan comportarse en los plasmas (y en otros estados especializados como la superconductividad) como totalidades interconectadas.

En palabras de Bohm,

«los electrones no están dispersos porque el sistema entero, mediante la acción del potencial cuántico, experimenta un movimiento coordinado que parece más una danza de ballet que una multitud de gente desorganizada».

Y observaba, una vez más, que,

«la totalidad cuántica de la actividad es más afín a la unidad organizada con que funcionan las partes de un ser vivo que a la clase de unidad que se obtiene al juntar las partes de una máquina».

Una característica del potencial cuántico más sorprendente aún era su repercusión en la naturaleza de la localización.

En el nivel de nuestras vidas cotidianas, las cosas tienen posiciones muy específicas; no obstante, según la interpretación de Bohm de la física cuántica, la posición deja de existir en el nivel subcuántico, el nivel en que actúa el potencial cuántico. Los puntos del espacio se vuelven todos iguales y no tiene sentido decir que una cosa está separada de otra.

Los físicos denominan «no localidad» a esa propiedad.


El aspecto de no localidad del potencial cuántico permitió a Bohm explicar la conexión que existe entre partículas gemelas sin violar la prohibición que impone la teoría de la relatividad especial a que algo pueda viajar a más velocidad que la luz. Como ejemplo ilustrativo, ofrecía la siguiente analogía: imagínate un pez nadando en un acuario. Imagina también que nunca has visto un pez ni un acuario y que el único conocimiento que tienes de ellos procede de dos cámaras de televisión, una dirigida hacia el frente del acuario y la otra, hacia un lateral.

Al mirar los dos monitores de televisión podrías creer equivocadamente que los peces que aparecen en ambas pantallas son dos entidades distintas. Después de todo, cada imagen será un poco distinta de la otra puesto que las cámaras están colocadas en distintos ángulos. Pero si sigues mirando, al final caerás en la cuenta de que hay una relación entre los dos peces: cuando uno gira, el otro gira también, con un giro ligeramente distinto pero relacionado; cuando uno mira al frente, el otro mira al lateral, y así sucesivamente.

Si no conocieras toda la situación, podrías llegar a la conclusión errónea de que los peces se están comunicando de manera instantánea, aunque no sea ése el caso. No se produce comunicación alguna porque a un nivel más profundo de la realidad – la realidad del acuario – el hecho es que los dos peces son sólo uno y el mismo (véase fig. 6).

Esto, según Bohm, es precisamente lo que ocurre entre partículas como los dos fotones que emite un átomo positronio al desintegrarse.


En efecto, dado que el potencial cuántico cubre todo el espacio, todas las partículas están conectadas entre sí de una manera no local. El panorama de la realidad que Bohm iba elaborando se asemejaba cada vez más no a una imagen en la que las partículas subatómicas estaban separadas unas de otras y se movían por el vacío del espacio, sino a una imagen en la que todas las cosas formaban parte de una red sin divisiones y estaban incrustadas en un espacio tan real y tan rico en procesos como la materia que se movía en él.


Las ideas de Bohm seguían sin persuadir a la mayoría de los físicos, pero suscitaron el interés de unos pocos.

Uno de ellos fue John Stewart Bell, físico teórico del CERN, un centro para la investigación atómica pacífica situado cerca de Ginebra, Suiza. Al igual que Bohm, él tampoco estaba satisfecho con la teoría cuántica y pensaba que tenía que haber una alternativa.

Como dijo posteriormente:

«Entonces, en 1952, vi el ensayo de Bohm. Su idea era completar la mecánica cuántica afirmando que hay otras variables además de las conocidas por todos. Aquello me impresionó mucho».

Bell se percató también de que la teoría de Bohm implicaba la existencia de la no localidad y se preguntaba si habría algún modo de verificarla experimentalmente.

Arrinconó el asunto en el fondo de la mente durante años hasta que, en 1964, gracias a un año sabático, tuvo libertad para dedicarle toda su atención. Entonces, no tardó en encontrar una prueba matemática, ingeniosa y simple, que revelaba la manera de llevar a cabo el experimento. El único problema era que requería un nivel de precisión tecnológica que todavía no era factible.

Para estar seguro de que partículas como las de la paradoja EPR no utilizaban medios normales de comunicación, las operaciones básicas del experimento debían llevarse a cabo en un instante tan infinitesimalmente breve que no habría tiempo suficiente para que un rayo de luz cruzara la distancia que separaba las dos partículas.

Eso significaba que los instrumentos utilizados en el experimento tenían que hacer todas las operaciones necesarias en millonésimas de segundo.

FIGURA 6

Bohm cree que las partículas subatómicas están conectadas

como lo están las imágenes de un pez en los dos monitores de televisión.

Aunque parezca que las partículas, como los electrones, están separadas unas de otras,

el hecho es que, en un nivel más profundo de

la realidad – un nivel parecido al del acuario – sólo son

aspectos distintos de una unidad cósmica más profunda.


Entra en el holograma
A finales de los años cincuenta, Bohm había tenido un encontronazo con el comité del senador McCarthy y se había convertido en profesor investigador en la Universidad de Bristol, Inglaterra.

Allí encontró otro ejemplo importante de interconexión no local, junto con un joven investigador, alumno suyo, llamado Yakir Aharonov. Ambos descubrieron que, en las circunstancias adecuadas, un electrón puede sentir la presencia de un campo magnético situado en una zona en la que la posibilidad de encontrar al electrón es cero.

Hoy se conoce ese fenómeno como el efecto Bohm-Aharonov; cuando publicaron su descubrimiento, muchos físicos creían que no era posible. Todavía hoy queda el suficiente escepticismo residual como para que de vez en cuando aparezcan ensayos argumentando que no existe tal efecto, a pesar de que se ha confirmado en numerosos experimentos.


Como siempre, Bohm aceptó estoicamente su incesante papel de la voz en la multitud que dice valientemente que el emperador está desnudo.

En una entrevista que le hicieron varios años después, resumió sencillamente la filosofía que apuntala su coraje:

«A la larga, es mucho más peligroso adherirse a una ilusión que enfrentarse al hecho real».

No obstante, la escasa respuesta que encontraron sus ideas sobre la totalidad y la no localidad, así como su propia incapacidad para encontrar la forma de avanzar, le hicieron centrar la atención en otras cuestiones.

Todo ello le llevó a echar una mirada más detenida al orden en la década de 1960. La ciencia clásica, por lo general, divide las cosas en dos categorías: aquéllas con una disposición ordenada de las partes y las que tienen las partes desordenadas o en una disposición azarosa. Los copos de nieve, los ordenadores y las cosas vivas son todos ellos ordenados. La distribución de un puñado de granos de café esparcidos por el suelo, los restos que deja una explosión o una serie de números generados por una ruleta son desordenados todos ellos.


Según iba tratando el asunto con más profundidad, Bohm advirtió que también había distintos grados de orden. Algunas cosas estaban mucho más ordenadas que otras, lo cual implicaba que las categorías de orden que existían en el universo podían no tener fin. A partir de ahí, se le ocurrió que las cosas que vernos desordenadas tal vez no estén desordenadas en absoluto.

A lo mejor tienen un orden de un «grado [tan] indefinidamente alto», que nos parece que son aleatorias (es interesante señalar que los matemáticos no son capaces de demostrar la aleatoriedad; y aunque algunas secuencias de números se clasifican como aleatorias, son sólo estimaciones dictadas por el conocimiento y la experiencia).


Mientras se hallaba inmerso en estos pensamientos, Bohm vio un artilugio en un programa de televisión de la BBC que le ayudó a desarrollar un poco más sus ideas. El artilugio en cuestión era un bote diseñado especialmente que contenía un gran cilindro rotatorio. Se había llenado de glicerina (un líquido espeso y claro) el estrecho espacio que había entre el cilindro y el bote y una gota de tinta flotaba inmóvil sobre la glicerina.

Lo que interesó a Bohm fue que, cuando se giraba la manivela del cilindro, la gota de tinta se extendía por la espesa glicerina y parecía que desaparecía. Pero en cuanto se giraba la manivela en la dirección opuesta, el resto de tinta desvanecido lentamente se plegaba sobre sí mismo y formaba de nuevo la gotita (véase fig. 7).


Escribe Bohm:

«Inmediatamente pensé que estaba muy relacionado con la cuestión del orden, pues cuando la gota de tinta se extendía, tenía todavía un orden “oculto” (es decir, no manifiesto) que se revelaba cuando se reconstituía.

Por otra parte, en nuestro lenguaje habitual diríamos que cuando la tinta estaba diluida en la glicerina, estaba en un estado de “desorden”. Aquello me hizo ver que tenían que intervenir nuevas nociones de orden».

FIGURA 7

Cuando se echa una gota de tinta en un bote lleno de glicerina y se gira un cilindro

que hay en su interior, parece que la gota se extiende y desaparece.

Pero cuando el cilindro se gira en la dirección opuesta, la gota surge de nuevo.

Bohm utiliza este fenómeno para ejemplificar

cómo el orden puede ser manifiesto (explícito) u oculto (implícito).

El descubrimiento le llenó de entusiasmo, porque le proporcionaba una forma nueva de contemplar muchos de los problemas que había estado considerando. Poco después de toparse con el artilugio de la tinta y la glicerina, encontró una metáfora aún mejor para entender el orden, una metáfora que le permitía no sólo atar los diversos cabos de años de cavilaciones, sino también hacerlo con tal fuerza explicativa que casi parecía haber sido expresamente concebida con ese fin. Era el holograma.


En cuanto Bohm empezó a reflexionar sobre el holograma, vio que también proporcionaba una forma nueva de entender el orden.

Al igual que la mancha de tinta en estado disperso, los patrones de interferencia grabados en una película holográfica parecían desordenados a simple vista. Ambos poseen un orden que está oculto o envuelto del mismo modo en que, en un plasma, el orden está envuelto en la conducta aparentemente aleatoria de cada uno de sus electrones.

Pero ésta no era la única revelación que hacía el holograma.


Cuanto más pensaba en ello, más persuadido estaba de que el universo utilizaba realmente principios holográficos en sus operaciones; se convenció de que el universo era en sí mismo una especie de holograma gigante y fluido y esa idea permitió que sus diversas revelaciones cristalizaran en un conjunto general y coherente.

Publicó sus primeros trabajos sobre su visión holográfica del universo a principios de la década de 1970, y en 1980 presentó un compendio meditado y maduro de sus pensamientos en un libro titulado La totalidad y el orden implicado, en donde no se limitó a reunir sus miles de ideas, sino que las transfiguró en una nueva manera de mirar la realidad tan increíble como radical.


Órdenes envueltos y realidades desenvueltas
Una de las afirmaciones más sorprendentes de Bohm es que la realidad tangible de nuestras vidas cotidianas es realmente una especie de ilusión, como una imagen holográfica.

Por debajo de la misma hay un orden de existencia más profundo, un nivel de realidad vasto y primario que da origen a todos los objetos y apariencias del mundo físico, de la misma manera que una placa holográfica da origen al holograma. Bohm llama orden implicado (que significa «envuelto») a ese nivel más profundo de la realidad, y se refiere a nuestro nivel de existencia como el orden explicado o desenvuelto.


Utiliza esos términos porque ve la manifestación de todas las formas del universo como resultado de incontables envolvimientos y desenvolvimientos entre los dos órdenes. Cree, por ejemplo, que un electrón no es una cosa sino una totalidad o un conjunto envuelto en todo el espacio. Cuando un instrumento detecta la presencia de un solo electrón, se debe simplemente a que se ha desenvuelto un aspecto del conjunto del electrón, algo parecido a la gota de tinta que se desenvuelve de la glicerina, en esa situación en concreto.

Cuando parece que un electrón se mueve, se debe a una serie continua de envolvimientos y desenvolvimientos.


Dicho de otra forma: los electrones y las demás partículas no son más sustanciales ni más permanentes que la forma que adopta un geiser cuando sale a borbotones de una montaña.

Los sostiene una afluencia constante del orden implicado. Y cuando parece que se destruye una partícula, no está perdida, sencillamente se ha vuelto a envolver en el orden más profundo del que surgió. Una película holográfica y la imagen que genera constituyen también un ejemplo de los órdenes implicado y explicado. La película es el orden implicado porque la imagen codificada en sus patrones de interferencia es un todo oculto envuelto en la totalidad.

El holograma que se proyecta a partir de la película es el orden explicado porque representa la versión perceptible y desenvuelta de la imagen.

El intercambio fluido y constante entre los dos órdenes explica que las partículas puedan cambiar de forma y convertirse de un tipo de partícula en otro, como el electrón en el positronio.

Cambios como éste se pueden interpretar como que una partícula, digamos un electrón, se envuelve de nuevo en el orden implicado mientras que otra, un fotón, se desenvuelve y ocupa su lugar. El intercambio explica también que un quantum pueda manifestarse como partícula o como onda. Según Bohm, ambos aspectos están siempre envueltos en un conjunto cuántico y lo que determina qué aspecto se desenvuelve y cuál permanece oculto es la manera en que el observador interactúa con el conjunto.

El papel que juega el observador en la determinación de la forma que adopta un quantum no es más misterioso que el que juega un joyero cuando al manipular una piedra preciosa decide qué facetas serán visibles y cuáles no. Como el término «holograma» se refiere habitualmente a una imagen estática y ésta no transmite la naturaleza dinámica y siempre activa de los incalculables envolvimientos y desenvolvimientos que crean el universo momento a momento, Bohm prefiere describir el universo no como holograma, sino como «holomovimiento».


La existencia de un orden más profundo, organizado holográficamente, explica también que la realidad se haga no local en el nivel subcuántico.

Como hemos visto, cuando algo está organizado holográficamente, deja de funcionar toda semejanza con la localización. Decir que cada parte de una película holográfica contiene toda la información que posee toda la película es sólo otra forma de decir que la información está distribuida de forma no local.

De ahí que si el universo está organizado con arreglo a principios holográficos, se puede esperar que también tenga propiedades no locales.


La totalidad no dividida de todas las cosas
Lo que más nos llena de perplejidad son las ideas plenamente desarrolladas de Bohm acerca de la totalidad.

Como en el cosmos todo está hecho del tejido holográfico ininterrumpido del orden implicado, a juicio de Bohm tiene tan poco sentido pensar que el universo está formado por «partes», como creer que los distintos surtidores de una fuente son independientes del agua de la que fluyen. Un electrón no es una «partícula elemental»; es sólo el nombre que se da a cierto aspecto del holomovimiento.

Dividir la realidad en partes y después darles nombre es siempre arbitrario, un convencionalismo, porque las partículas subatómicas (y todas las demás cosas que hay en el universo) no están más separadas unas de otras que los distintos dibujos de una alfombra estampada.

Es una idea profunda. Einstein asombró al mundo cuando afirmó, en la teoría de la relatividad, que el espacio y el tiempo no son magnitudes independientes, sino que están unidas uniformemente y forman parte de un todo mayor que él denominó «continuo espacio-tiempo». Bohm lleva esa idea un paso – gigante – más allá.

En su opinión, todo lo que hay en el universo forma parte de un continuo. A pesar de la aparente separación de las cosas en el orden explicado, todo es una extensión continua de todo lo demás y, al final, hasta los órdenes implicado y explicado se funden el uno con el otro.


Tómate un momento para pensar en esto. Mírate la mano. Ahora mira la luz que surge de la lámpara que tienes al lado. Mira al perro que reposa a tus pies. No se trata meramente de que estéis hechos de lo mismo. Es que sois la misma cosa. Una cosa. No dividida. Un algo inmenso que ha extendido sus brazos y sus apéndices incontables hacia todos los objetos visibles, hacia los átomos, los mares turbulentos y las estrellas centelleantes del cosmos.


Bohm advierte que esto no significa que el universo sea una masa gigante indiferenciada. Las cosas pueden formar parte de un todo no dividido y poseer cualidades propias únicas. Para aclarar lo que quiere decir, dirige la mirada a los pequeños remolinos que se forman a menudo en los ríos. A primera vista, parece que son cosas independientes y tienen muchas características individuales como el tamaño, la velocidad, la dirección de rotación, etcétera.

No obstante, un análisis minucioso revela que es imposible determinar dónde termina un torbellino y dónde empieza el río. Del mismo modo, Bohm no insinúa que las diferencias entre las «cosas» carezcan de significado.

Sólo quiere que sepamos constantemente que la división en «cosas» de diversos aspectos del holomovimiento siempre es una división teórica, una forma de hacer destacar esos aspectos en nuestra percepción por la forma en que pensamos. En un intento de corregirlo, en vez de llamar «cosas» a los diferentes aspectos del holomovimiento, prefiere llamarlos «subtotalidades relativamente autónomas».


Lo cierto es que Bohm cree que la tendencia casi universal a fragmentar el mundo y a prescindir de la interconexión dinámica que existe entre todas las cosas es la causa de muchos problemas, no sólo en el campo de la ciencia, sino también en nuestras vidas y en nuestra sociedad.

Por ejemplo, creemos que podemos extraer las partes valiosas de la tierra sin afectar a la totalidad. Creemos que es posible tratar partes del cuerpo sin preocuparnos por la totalidad. Creemos que podemos tratar diversos problemas de la sociedad como el crimen, la pobreza o la adicción a las drogas sin estudiar los problemas de la sociedad en cuanto totalidad, etcétera.

En sus escritos, Bohm argumenta vehementemente que nuestra forma actual de fragmentar el mundo en partes no sólo no funciona, sino que puede llevarnos a la extinción.


La consciencia como una forma más sutil de materia
Además de explicar por qué los teóricos de la física cuántica encuentran tantos ejemplos de interconexión cuando se sumergen en las profundidades de la materia, el universo holográfico de Bohm explica otros muchos misterios.

Uno de ellos es el efecto que parece tener la consciencia en el mundo subatómico. Como hemos visto, aunque Bohm rechaza la idea de que las partículas no existen hasta que son observadas, en principio no se opone al intento de unir la física y la consciencia. Cree simplemente que la mayoría de los físicos lo abordan de manera equivocada, tratando de fragmentar la realidad una vez más y afirmando que una cosa independiente como la consciencia interactúa con otra cosa independiente como una partícula subatómica.


Como todas esas cosas son aspectos del holomovimiento, Bohm opina que no tiene sentido hablar de interacción entre la consciencia y la materia.

En cierto sentido, el observador es el observado. El observador es también el aparato medidor, los resultados de los experimentos, el laboratorio y la brisa que sopla fuera del laboratorio. De hecho, piensa que la consciencia es una forma más sutil de materia y que la base de toda relación entre las dos no se encuentra en nuestro nivel de realidad, sino en las profundidades del orden implicado.

La consciencia está presente en diversos grados del envolvimiento y del desenvolvimiento de la materia y tal vez sea ésa la causa de que los plasmas posean características de cosas vivas.

Como dice Bohm,

«la capacidad de la forma para ser activa es el rasgo más característico de la mente, y con el electrón ya tenemos algo semejante a la mente».

De manera similar, cree que tampoco tiene sentido dividir el universo en cosas vivas y cosas no vivas.

La materia animada y la materia inanimada están entretejidas inseparablemente y la vida también está envuelta en la totalidad del universo. Hasta una roca está viva en cierto modo, afirma Bohm, porque la vida y la inteligencia están presentes, no ya en toda la materia, sino también en la «energía», en el «espacio», en el «tiempo», en «el tejido del universo entero» y en todo lo demás que sacamos del holomovimiento y contemplamos erróneamente como cosas independientes.


La idea de que la consciencia y la vida (y, de hecho, todas las cosas) son conjuntos envueltos en todo el universo tiene un lado secundario igualmente asombroso.

Al igual que cada trocito de un holograma contiene la imagen del todo, cada porción del universo contiene el todo. Esto significa que podríamos encontrar la galaxia Andrómeda en la uña del dedo gordo de nuestra mano izquierda si supiéramos cómo acceder a ella.

Asimismo, podríamos encontrar a Cleopatra cuando se reunió con César por primera vez, porque, en principio, todo el pasado y las repercusiones para todo el futuro también están encubiertos en cada pequeña región del espacio y del tiempo. El cosmos entero está envuelto en cada célula de nuestro cuerpo.

Y lo mismo hace cada hoja, cada gota de lluvia, cada mota de polvo, lo cual da un significado nuevo al famoso poema de William Blake:

Ver un mundo en un grano de arena
Y un cielo en una flor silvestre,
Abarcar el infinito en la palma de la mano
Y la eternidad en una hora.


La energía de un billón de bombas atómicas en cada centímetro cúbico del espacio
Si nuestro universo es sólo una pálida sombra de un orden más profundo, ¿qué más yace oculto, envuelto en la trama y la urdimbre de nuestra realidad?

Bohm tiene una sugerencia. Según los conocimientos actuales de la física, todas las zonas del espacio están plagadas de distintos tipos de campos formados por ondas de longitud variable. Cada onda tiene siempre algo de energía al menos.

Cuando los físicos calcularon la cantidad mínima de energía que puede tener una onda, averiguaron que ¡cada centímetro cúbico de espacio vacío contiene más energía que la energía total de toda la materia que existe en el universo conocido!


Algunos físicos se niegan a tomarse en serio un cálculo como ése y creen que debe de estar equivocado de un modo u otro. Según Bohm, es verdad que existe ese mar infinito de energía y que al menos nos dice algo sobre la inmensa naturaleza oculta del orden implicado. Cree que la mayor parte de los físicos hacen caso omiso de la existencia de ese mar enorme de energía porque, como peces que no son conscientes del agua en que nadan, han aprendido a concentrarse primordialmente en los objetos inmersos en el mar, en la materia.


La idea de Bohm de que el espacio es tan real y tan rico en procesos como la materia que se mueve en él, llega a su plena madurez en sus tesis sobre el mar implicado de energía.

La materia no existe con independencia de ese mar, del llamado «espacio vacío». Es una parte del espacio. Para explicar lo que quiere decir, Bohm propone la siguiente analogía: un cristal enfriado hasta el cero absoluto permitirá que un chorro de electrones lo atraviese sin esparcirlos. Si se sube la temperatura, se producirán grietas en el cristal que echarán a perder su transparencia, por decirlo así, y los electrones empezarán a esparcirse.

Desde el punto de vista de un electrón, las grietas parecerían trozos de «materia» flotando en un mar de nada, pero no es eso lo que ocurre realmente. La nada y los trozos de materia no existen con independencia unos de otros. Forman parte del mismo tejido, del orden más profundo del cristal.


Bohm cree que en nuestro nivel de existencia sucede lo mismo. El espacio no está vacío. Está lleno, es un pleno en vez de un vacío y constituye la base de la existencia de todo, incluidos nosotros mismos.

El universo no está separado de este mar cósmico de energía; es una onda en su superficie, un «patrón de excitación» comparativamente pequeño en medio de un océano inimaginablemente inmenso.

«Este patrón de excitación es relativamente autónomo y origina proyecciones aproximadamente recurrentes, estables y separables en un orden explicado de manifestación tridimensional», afirma Bohm.

En otras palabras: a pesar de su materialidad aparente y de su enorme tamaño, el universo no existe en sí mismo y por sí mismo, sino que es un hijastro de algo mucho más vasto e inefable.

Más aún: no es siquiera una gran producción de ese algo más vasto, sino sólo una sombra pasajera, un problema menor en el gran esquema de las cosas.


El mar infinito de energía no es todo lo que está envuelto en el orden implicado. Dado que el orden implicado es la base que ha dado origen a todo lo que hay en nuestro universo, contiene también como mínimo todas las partículas subatómicas que han sido o serán, toda forma posible de materia, energía, vida y consciencia, desde los quásares al cerebro de Shakespeare, desde la doble hélice de la estructura de la molécula del ADN hasta las fuerzas que controlan el tamaño y la forma de las galaxias. Y ni siquiera esto es todo lo que puede contener.

Bohm admite que no hay razón para creer que el orden implicado es el fin de las cosas. Más allá puede haber otros órdenes jamás soñados, etapas infinitas de una evolución ulterior.


Apoyo experimental al universo holográfico de Bohm
Hay varios descubrimientos fascinantes en el campo de la física que sugieren que Bohm puede tener razón.

Aun dejando aparte el mar implicado de energía, el espacio está lleno de luz y de otras ondas electromagnéticas que se entrecruzan e interfieren entre sí constantemente. Como hemos visto, las partículas son también ondas. Esto significa que los objetos físicos y todo lo demás que percibimos en la realidad están compuestos por patrones de interferencia, lo cual tiene consecuencias holográficas innegables.


Otro dato convincente procede de un descubrimiento realizado en un experimento reciente. En los años setenta, la tecnología estaba lo suficientemente avanzada como para llevar a cabo el experimento de las dos partículas planteado por Bell, y varios investigadores acometieron la tarea. Aunque hicieron descubrimientos prometedores, ninguno fue capaz de obtener resultados concluyentes.

Posteriormente, en 1982, tuvieron éxito los físicos Alain Aspect, Jean Dalibard y Gérard Roger del Instituto de Óptica de la Universidad de París. En primer lugar, produjeron una serie de fotones gemelos calentando átomos de calcio con láser. Luego, permitieron que cada fotón se desplazara en una dirección opuesta por un conducto de seis metros y medio y pasara por unos filtros especiales que los dirigían hacia uno de los dos analizadores de polarización posibles.

Cada filtro tardó diez mil millonésimas de segundo en cambiar de un analizador al otro, alrededor de treinta mil millonésimas de segundo menos de lo que tardó la luz en recorrer los 13 metros que separaban cada juego de fotones. De esta manera, Aspect y sus colegas consiguieron descartar toda posibilidad de que los fotones pudieran comunicarse a través de cualquier proceso físico conocido.


Aspect y su equipo descubrieron que, como predecía la teoría cuántica, cada fotón todavía era capaz de relacionar su ángulo de polarización con el de su gemelo.

Eso significaba que o bien se estaba contraviniendo la negativa de Einstein a aceptar la posibilidad de una comunicación más rápida que la luz, o bien las dos fotones estaban conectados de forma no local. Como la mayoría de los físicos se oponen a admitir dentro de la física procesos más rápidos que la luz, el experimento de Aspect se contempla por lo general como una prueba material de que la conexión entre los dos fotones no es local.

Además, como observa Paul Davis, físico de la Universidad de Newcastle-upon-Tyne, Inglaterra, dado que todas las partículas están continuamente interactuando y separándose,

«el aspecto no local de los sistemas cuánticos es pues una propiedad general de la naturaleza».

Los descubrimientos de Aspect no demuestran que el modelo de universo de Bohm sea correcto, pero le dan un respaldo enorme.

De hecho, como hemos mencionado ya, en opinión de Bohm, ninguna teoría es correcta en un sentido absoluto, ni siquiera la suya. Todas las teorías no son más que aproximaciones a la verdad, mapas finitos que usamos para intentar representar un territorio infinito e indivisible.

Esto no significa que Bohm crea que su teoría no es demostrable.

Está seguro de que, en algún momento en el futuro, se desarrollarán técnicas que permitirán someter a prueba sus ideas (cuando a Bohm le critican este punto, señala que hay varias teorías en física, como la «teoría de las supercuerdas», que probablemente no podrán demostrarse durante varias décadas).


La reacción de la comunidad física
La mayoría de los físicos contemplan las ideas de Bohm con escepticismo.

Por ejemplo, el físico de Yale Lee Smoling simplemente no encuentra la teoría de Bohm «muy convincente, físicamente». Sin embargo, existe un respeto casi universal por la inteligencia de Bohm.

La opinión de Abner Shimony, físico de la Universidad de Boston, es representativa en este sentido:

«Me temo que simplemente no entiendo su teoría. Es una metáfora, ciertamente, y la cuestión es cómo interpretar literalmente esa metáfora. No obstante, ha pensado profundamente sobre el tema y creo que ha prestado un servicio enorme al poner esas cuestiones al frente de la investigación de la física, en lugar de haberse limitado a silenciarlas. Ha sido un hombre valeroso, audaz e imaginativo».

Aparte de ese escepticismo, también hay físicos que ven con simpatía las ideas de Bohm, entre otros figuran mentes privilegiadas como Roger Penrose, de Oxford, creador de la teoría moderna del agujero negro, Bernard d’Espagnat, de la Universidad de París, una de las autoridades mundiales más importantes sobre los fundamentos conceptuales de la teoría cuántica, y Brian Josephson, de Cambridge, ganador del premio Nobel de Física en 1973.

En opinión de Josephson, el orden implicado de Bohm puede llegar algún día a incluir a Dios, o la Mente, en el marco de la ciencia, una idea que Josephson apoya.


Pribram y Bohm, juntos
Consideradas conjuntamente, las teorías de Bohm y de Pribram proporcionan una forma nueva y profunda de ver el mundo: nuestros cerebros construyen matemáticamente la realidad objetiva interpretando frecuencias que son, en última instancia, proyecciones de otra dimensión, de un orden más profundo de la existencia que está más allá del tiempo y del espacio.

El cerebro es un holograma envuelto en un universo holográfico.


Esta síntesis hizo que Pribram se percatara de que el mundo objetivo no existe, al menos en la manera en que estamos acostumbrados a creer. Lo que hay «ahí fuera» es un vasto mar de ondas y frecuencias y la realidad nos parece concreta sólo porque nuestros cerebros son capaces de tomar la confusa nube holográfica y convertirla en palos y piedras y demás objetos familiares que constituyen nuestro mundo.

¿Cómo puede el cerebro (que en sí mismo está compuesto por frecuencias de materia) tomar algo tan insustancial como una nube borrosa de frecuencias y hacer que parezca sólida al tacto?

«La clase de proceso matemático que Bekesy simuló con los vibradores es fundamental para entender la forma en que nuestros cerebros construyen la imagen que tenemos del mundo exterior», declara Pribram.

En otras palabras: la lisura de una pieza de buena porcelana china y el tacto de la arena de la playa bajo los pies en realidad no son sino versiones elaboradas del síndrome del miembro fantasma.


De acuerdo con Pribram, esto no significa que no haya tazas de porcelana y granos de arena ahí fuera. Significa simplemente que la realidad de una taza de porcelana tiene dos aspectos muy distintos. Cuando se filtra a través de la lente del cerebro, se manifiesta como una taza. Pero si pudiéramos librarnos de nuestras lentes, la experimentaríamos como un patrón de interferencia. ¿Cuál es la real y cuál es una ilusión? «Para mí ambas son reales – dice Pribram – o, si queréis, ninguna de las dos es real».


Ese estado de cosas no se limita a las tazas de porcelana.

También nosotros tenemos dos aspectos muy distintos en nuestra realidad. Podemos vernos como cuerpos físicos que se mueven por el espacio. O podemos vernos como una nube borrosa de patrones de interferencia envueltos en todo el holograma cósmico. Bohm cree que el segundo punto de vista podría ser el más correcto, porque pensar en nosotros como una mente/cerebro holográfico que mira un universo holográfico es un pensamiento teórico nuevamente, un intento de separar dos cosas que al final no pueden separarse.


No te preocupes si esto te resulta difícil de entender. La idea del holismo es relativamente fácil de comprender en algo externo a nosotros, como una manzana en un holograma. Lo que hace que sea difícil es que, en este caso, no estamos mirando un holograma. Somos parte del holograma.


La dificultad es también otro indicio de lo radical que es la revisión de nuestra manera de pensar que intentan llevar a cabo Bohm y Pribram. Sin embargo, no es la única revisión radical. La afirmación de Pribram de que el cerebro construye objetos palidece ante otra de las conclusiones de Bohm: construimos el tiempo y el espacio.

Las repercusiones de tal afirmación son uno de los temas que examinaremos al analizar el efecto de las ideas de Bohm y Pribram en la obra de investigadores de otros campos.

http://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/holographicuniverse/universoholografico02.htm

CAPÍTULO 3 – El modelo holográfico y la psicología

El modelo tradicional de la psiquiatría y el psicoanálisis es estrictamente personalista y biográfico, pero la investigación moderna sobre la consciencia ha añadido nuevos niveles, planos y dimensiones y demuestra que la psique humana se corresponde esencialmente con el universo entero y con toda la existencia.
STANISLAV GROF, Psicología transpersonal: nacimiento, muerte y trascendencia en psicoterapia.


La psicología es una de las áreas de investigación que ha recibido el impacto del modelo holográfico.

No es de extrañar porque, como ha señalado Bohm, la consciencia misma proporciona un ejemplo perfecto de lo que quiere decir él cuando habla de movimiento continuo y fluido. Si bien el flujo y reflujo de la consciencia no se puede definir con precisión, sí se puede contemplar como la realidad más profunda y fundamental desde la cual se desenvuelven nuestras ideas y pensamientos.

Los pensamientos e ideas, por su parte, no se diferencian de las olas, remolinos y vórtices que se forman en un arroyo que fluye y, al igual que los remolinos de un arroyo, algunos pueden recurrir y persistir de forma más o menos estable, mientras que otros son etéreos y se desvanecen casi con la misma rapidez con que aparecen.


La idea holográfica también arroja luz sobre la conexión inexplicable que se produce a veces entre las consciencias de dos o más individuos. Uno de los ejemplos más famosos de dichas conexiones se materializa en el concepto del inconsciente colectivo del psiquiatra suizo Carl Jung.

A comienzos de su carrera, Jung se convenció de que los sueños, las obras de arte, las fantasías y las alucinaciones de sus pacientes a menudo contenían símbolos e ideas que no podían ser explicadas enteramente como productos de su historia personal. Dichos símbolos, en cambio, revestían un parecido mayor con imágenes y temas de las grandes mitologías y religiones del mundo. Llegó a la conclusión de que los mitos, los sueños, las alucinaciones y las visiones religiosas proceden de la misma fuente, un inconsciente colectivo que todo el mundo comparte.


Jung llegó a esa conclusión en 1906, tras una experiencia relacionada con la alucinación de un joven que padecía esquizofrenia paranoide. Un día, mientras hacía la ronda de visitas, encontró al joven contemplando el sol junto a la ventana. Además, el hombre movía la cabeza de un lado a otro de forma curiosa. Cuando Jung le preguntó qué estaba haciendo, él explicó que estaba mirando el pene del sol y que, cuando movía la cabeza de un lado a otro, el pene del sol se movía y hacía que soplara el viento.


En aquel entonces, Jung consideró que la afirmación del joven era producto de una alucinación. Sin embargo, varios años después, encontró una traducción de un texto religioso persa de dos mil años de antigüedad que le hizo cambiar de opinión. El texto contenía una serie de rituales e invocaciones ideados para provocar visiones.

Describía una de las visiones y decía que si el participante miraba el sol, vería que un tubo colgaba de él y que cuando el tubo se moviera de lado a lado, haría que el viento soplara. Como las circunstancias hacían que fuera extremadamente improbable que el hombre hubiera tenido contacto con aquel texto, Jung llegó a la conclusión de que la visión del hombre no era simplemente fruto de su inconsciente, sino que había emergido de un nivel más profundo, del inconsciente colectivo de la propia raza humana.

Jung denominó «arquetipos» a esas imágenes y creía que eran tan antiguas que era como si cada uno de nosotros tuviera la memoria de un hombre de dos millones de años que estuviera escondido en alguna parte en lo más recóndito del inconsciente.


Aunque el concepto de inconsciente colectivo ha tenido un impacto enorme en la psicología y hoy en día lo aceptan innumerables psicólogos y psiquiatras, nuestro entendimiento actual del universo no ofrece mecanismo alguno que explique su existencia. No obstante, la interconexión de todas las cosas que predice el modelo holográfico sí ofrece una explicación.

En un universo en el que todo está infinitamente interconectado, las consciencias están también interconectadas. Somos seres sin fronteras, a pesar de las apariencias.

O, como dice Bohm,

«en lo más profundo, la consciencia de la humanidad es una».

Si cada uno de nosotros tiene acceso al conocimiento inconsciente de toda la raza humana, ¿por qué no somos todos enciclopedias andantes?

Robert M. Anderson jr., psicólogo del Rensselaer Polytechnic Institute de Troy, Nueva York, cree que el motivo es que sólo somos capaces de obtener del orden implicado la información que viene directamente al caso en relación con nuestros recuerdos.

Anderson llama a ese proceso selectivo «resonancia personal» y lo vincula al hecho de que un diapasón vibrante resonará con otro diapasón (o creará una vibración en él) únicamente si la estructura, el tamaño y la forma del segundo diapasón son similares a los del primero.

En su opinión,

«debido a la resonancia personal, la consciencia personal de un individuo sólo tiene a su disposición unas cuantas imágenes, relativamente pocas, de la casi infinita variedad de imágenes que hay en la estructura holográfica implicada del universo. Así – continúa – cuando hace siglos personas iluminadas vislumbraron esa consciencia unitiva, no escribieron la teoría de la relatividad porque no estaban estudiando física en un contexto similar al de Einstein cuando estudiaba física».

Los sueños y el universo holográfico
Otro investigador que cree que el orden implicado de Bohm tiene aplicaciones en la psicología es el psiquiatra Montague Ullman, fundador del Laboratorio del Sueño del Centro Médico Maimónides de Brooklyn, Nueva York, y profesor emérito de Psiquiatría Clínica en el Albert Einstein College of Medicine, también en Nueva York.

Su interés por el concepto holográfico surgió igualmente de la sugerencia de que, en el orden holográfico, todas las personas están interconectadas.

Ese interés respondía a una buena razón. A lo largo de las décadas de 1960 y 1970 fue el responsable de muchos de los experimentos EPS del sueño mencionados en la introducción. Hoy, incluso, los estudios EPS del sueño que se llevan a cabo en el Maimónides constituyen una de las mejores pruebas empíricas de que, al menos en nuestros sueños, somos capaces de comunicarnos con otro de varias maneras que no tienen explicación en la actualidad.


Uno de sus experimentos representativos consistía en pedir a un voluntario pagado, que afirmaba que no poseía dotes psíquicas, que durmiera en una habitación del laboratorio mientras otra persona, en otra habitación, se concentraba en una pintura seleccionada al azar y trataba de conseguir que el voluntario soñara con la imagen que contenía.

Algunas veces, los resultados no fueron concluyentes, pero otras, los voluntarios tuvieron sueños claramente influidos por las pinturas. Por ejemplo, cuando la pintura objeto de la prueba era Animales, de Tamayo, una imagen que representa a dos perros mostrando los dientes y aullando sobre un montón de huesos, el sujeto de la prueba soñó que estaba en un banquete en el que no había carne suficiente y todo el mundo miraba a los demás con recelo mientras comían con gula las porciones que les habían repartido.


En otro experimento, el cuadro en cuestión era París desde la ventana, de Chagall, una pintura con colores brillantes que representa a un hombre mirando por la ventana las casas de París recortadas contra el horizonte.

La pintura contenía también otras características inusuales, como un gato con cara humana, varias figuritas humanas volando por el aire y una silla cubierta de flores. Durante varias noches, el sujeto de la prueba soñó repetidamente con cosas francesas: arquitectura francesa, la gorra de un policía francés y un hombre con atuendo francés que contemplaba varias «capas» de un pueblo francés.

Algunas imágenes de sus sueños también parecían referencias específicas a los vivos colores de la pintura y a los rasgos inusuales, como por ejemplo la imagen de un grupo de abejas volando alrededor de unas flores y una celebración tipo carnaval, de colores brillantes, en la que la gente llevaba disfraces y máscaras.


Aunque Ullman cree que esos descubrimientos constituyen una prueba del estado subyacente de interconexión del que habla Bohm, piensa asimismo que puede encontrarse un ejemplo aún más profundo de la totalidad holográfica en otro aspecto del sueño. Se trata de la capacidad de nuestro yo soñador para ser mucho más sabio de lo que somos cuando estamos despiertos.

Según Ullman, en su consulta de psicoanálisis, por ejemplo, podía tener un paciente que no parecía un iluminado en absoluto cuando estaba despierto: una persona mezquina, egoísta, arrogante, explotadora y manipuladora, que había fragmentado y deshumanizado todas sus relaciones personales. Ahora bien, por muy ciega que pueda estar una persona espiritualmente hablando, o por poco dispuesta que esté a reconocer sus defectos, sus sueños representan sus defectos con sinceridad invariablemente y contienen metáforas que parecen estar concebidas para convencerla amablemente de que entre en un estado en el que pueda conocerse mejor a sí misma.


Además, esos sueños no se tienen sólo una vez.

Durante el ejercicio de su carrera, Ullman se dio cuenta de que cuando uno de sus pacientes no reconocía o no aceptaba alguna verdad sobre sí mismo, esa verdad salía a la luz una y otra vez en sus sueños, bajo distintos disfraces metafóricos y vinculada a distintas experiencias de su pasado, pero siempre en un intento aparente de ofrecerle nuevas oportunidades para aceptar la verdad.


Como un hombre puede desoír el consejo de sus sueños y sin embargo vivir hasta los cien años, Ullman cree que ese proceso autoeducativo persigue algo más que el bienestar del individuo simplemente. Cree que la naturaleza se preocupa por la supervivencia de las especies. También está de acuerdo con Bohm sobre la importancia de la totalidad y piensa que los sueños constituyen el modo en que la naturaleza intenta contrarrestar nuestra compulsión, aparentemente inagotable, por fragmentar el mundo.

Como dice él,

«un individuo puede desconectarse de todo lo cooperativo, significativo y cariñoso y, aun así, sobrevivir, pero las naciones no cuentan con ese lujo. A menos que aprendamos a superar las distintas formas en que hemos fragmentado la raza humana – nacionalmente, religiosamente, económicamente o como sea – continuaremos encontrándonos en una posición en la que podemos destruirlo todo accidentalmente.

La única manera en que podemos hacerlo es ver cómo fragmentamos nuestra existencia como individuos. Los sueños reflejan nuestra experiencia individual, pero creo que se debe a una necesidad mayor subyacente de preservar la especie, de mantener la conexión de la especie».

¿Cuál es la fuente del flujo interminable de sabiduría que emerge en nuestros sueños?

Ullman admite que no lo sabe, pero ofrece una sugerencia. Dado que el orden implicado representa en un sentido una fuente de información infinita, quizá sea el origen de ese gran fondo de conocimiento. Tal vez los sueños sean el puente de unión entre los órdenes no manifiestos de percepción y representen «la transformación natural de lo implicado en lo explicado».

Si Ullman no se equivoca en esa suposición, vuelve del revés la visión psicoanalítica tradicional de los sueños, porque en vez de que el contenido del sueño sea algo que asciende a la consciencia desde un substrato primitivo de la personalidad, lo cierto sería exactamente lo contrario.


La psicosis y el orden implicado
En opinión de Ullman, la idea holográfica también puede explicar algunos aspectos de la psicosis.

Tanto Bohm como Pribram han señalado que las experiencias que los místicos han relatado durante años – la sensación de unidad cósmica con el universo, el sentido de unidad con toda la vida, etcétera – suenan de forma muy parecida a las descripciones del orden implicado. Sugieren que quizá los místicos son capaces de un modo u otro de ver más allá de la realidad explicada ordinaria y de vislumbrar sus cualidades más profundas y más holográficas.

Ullman piensa que los psicóticos también son capaces de experimentar ciertos aspectos del nivel holográfico de la realidad. Pero como son incapaces de ordenar sus experiencias racionalmente, sus atisbos son sólo parodias trágicas de lo que cuentan los místicos.


Los esquizofrénicos, por ejemplo, cuentan a menudo que tienen sensaciones oceánicas de unidad con el universo, pero de una forma mágica y artificiosa. Describen la sensación de pérdida de fronteras entre ellos y los otros, lo cual les lleva a pensar que sus pensamientos ya no son privados.

Creen que pueden leer los pensamientos de otras personas. Y en vez de ver a la gente, los objetos y los conceptos como cosas individuales, muchas veces los ven como miembros de subclases cada vez más grandes, una tendencia que parece ser una forma de expresar el carácter holográfico de la realidad en la que se encuentran.


A juicio de Ullman, los esquizofrénicos intentan transmitir su sensación de totalidad continua del mismo modo en que ven el tiempo y el espacio. Hay estudios que muestran que muchas veces los esquizofrénicos tratan lo contrario de una relación exactamente igual que la relación.

Por ejemplo, según la forma de pensar de los esquizofrénicos, decir que «el acontecimiento A sigue al acontecimiento B» es lo mismo que decir «el acontecimiento B sigue al acontecimiento A».

La idea de que un acontecimiento sigue a otro en una secuencia temporal cualquiera no tiene sentido, porque todos los momentos son iguales para ellos. Lo mismo ocurre en cuanto se refiere a las relaciones espaciales. Si la cabeza de un hombre está sobre sus hombros, entonces sus hombros están también sobre su cabeza. Como la imagen en una película holográfica, los objetos ya no disponen de ubicaciones precisas y las relaciones espaciales dejan de tener significado.


Ullman cree que ciertos aspectos del pensamiento holográfico están todavía más pronunciados en los maníaco-depresivos.

Mientras que el esquizofrénico sólo obtiene bocanadas del orden holográfico, el maníaco está profundamente inmerso en él y se identifica presuntamente con su potencial infinito.

«No puede mantenerse al tanto de todos los pensamientos e ideas que le vienen de una manera abrumadora – afirma Ullman.

Tiene que mentir, disimular y manipular a los que están a su alrededor para acomodarse a su perspectiva expansiva. El resultado final es mayormente el caos y la confusión mezclados con estallidos ocasionales de creatividad y éxito en la realidad consensual».

El maníaco, por su parte, se deprime al volver de sus vacaciones surrealistas y se enfrenta una vez más a los peligros y a los sucesos azarosos de la vida cotidiana.


Si es verdad que todos encontramos aspectos del orden implicado cuando soñamos, ¿por qué esos encuentros no producen en nosotros el mismo efecto que tienen en los psicóticos? Una razón, dice Ullman, es que cuando nos despertamos dejamos atrás la lógica única y estimulante del sueño. El psicótico, por su enfermedad, se ve obligado a luchar con ella mientras que intenta simultáneamente funcionaren la realidad cotidiana.

Asimismo, Ullman mantiene la teoría de que cuando soñamos, la mayoría de nosotros tiene un mecanismo protector natural que nos impide entraren contacto con más aspectos del orden implicado de los que podemos sobrellevar.


Sueños lúcidos y universos paralelos
En los últimos años, los psicólogos se han ido interesando cada vez más por los sueños lúcidos, una clase de sueño en la que el soñador mantiene la consciencia plenamente despierta y es consciente de que está soñando.

Además del factor de la consciencia, los sueños lúcidos son únicos por otros motivos. A diferencia de los sueños convencionales, en los que el soñador es un participante pasivo principalmente, el soñador, en un sueño lúcido, con frecuencia es capaz de controlar el sueño de varias maneras: convirtiendo las pesadillas en experiencias agradables, cambiando el escenario del sueño y/o evocando individuos o situaciones particulares.

Los sueños lúcidos son también mucho más vívidos que los sueños normales y están llenos de vitalidad.

En un sueño lúcido, los suelos de mármol parecen extrañamente sólidos y reales y las flores, asombrosamente coloridas y fragantes; todo es vibrante y está dotado de una extraña energía. Los investigadores que estudian los sueños lúcidos creen que muchos conducen a nuevas formas de estimular el crecimiento personal, aumentar la confianza en uno mismo, promover la salud física y mental y facilitar una solución creativa a los problemas.


En la reunión anual de 1987 de la Asociación para el Estudio de los Sueños celebrada en Washington D.C., el físico Alan Wolf dio una conferencia en la que afirmó que el modelo holográfico puede ayudar a explicar ese fenómeno inusual. Wolf, que tiene sueños lúcidos de vez en cuando, señala que una placa holográfica genera dos imágenes: una imagen virtual que está aparentemente en el espacio detrás de la película y una imagen real que aparece en el espacio frente a la película.

Una diferencia entre las dos es que parece que las ondas lumínicas que componen la imagen virtual se apartan de un foco o fuente aparente. Como hemos visto antes, eso es una ilusión, pues la imagen virtual de un holograma no tiene más extensión en el espacio que una imagen en un espejo. Pero la imagen real del holograma está formada por ondas lumínicas que llegan a un foco, y eso no es una ilusión.

La imagen real sí tiene extensión en el espacio. Desgraciadamente, se presta poca atención a esa imagen real en las aplicaciones habituales de la holografía, porque la imagen que aparece en el aire vacío es invisible y sólo se puede ver cuando la atraviesan partículas de polvo, o cuando alguien lanza una bocanada de humo sobre ella.


Wolf cree que todos los sueños son hologramas internos y que los sueños ordinarios son menos vívidos porque son imágenes virtuales. En su opinión, el cerebro también tiene la capacidad de generar imágenes reales y eso es exactamente lo que hace cuando tenemos sueños lúcidos.

La viveza inusual del sueño lúcido se debe a que las ondas son convergentes y no divergentes.

«Si donde se concentran las ondas hay un espectador, estará sumergido en la escena y la escena que aparece le contendrá. De esta forma, la experiencia del sueño se le antojará lúcida», observa Wolf.

Al igual que Pribram, Wolf cree que la mente crea la ilusión de la realidad exterior a través del mismo tipo de procesos estudiados por Bekesy.

A su juicio, esos procesos son también lo que permite crear realidades subjetivas a quien tiene el sueño lúcido, realidades en las que cosas como los suelos de mármol y las flores son tan reales y tangibles como sus equivalentes llamados objetivos. De hecho, piensa que la capacidad para permanecer lúcidos en los sueños sugiere que quizá no hay mucha diferencia entre el mundo en general y el mundo del interior de nuestras cabezas.

Y añade:

«Cuando el observador y lo observado se pueden separar y decir “esto es lo observado” y “éste es el observador”, lo que según parece es una impresión que se tiene estando lúcido, me parece cuestionable considerar que [los sueños lúcidos] son subjetivos».

Wolf supone que los sueños lúcidos (y quizá todos los sueños) son realmente visitas a universos paralelos.

Son hologramas más pequeños que están dentro del holograma mayor y más inclusivo. Sugiere incluso que la capacidad de tener sueños lúcidos debería llamarse «consciencia de universo paralelo».

Como dice él,

«la llamo así porque creo que los universos paralelos surgen como otras imágenes en el holograma».

Posteriormente examinaremos con más profundidad esta y otras ideas sobre la naturaleza última del sueño.


Un viaje gratis en el metro infinito
La idea de que somos capaces de acceder a imágenes del inconsciente colectivo, o incluso de visitar universos paralelos de sueño, desmerece ante las conclusiones de otro investigador destacado, influido por el modelo holográfico.

Es Stanislav Grof, jefe de investigación psiquiátrica del Maryland Psychiatric Research Center y profesor ayudante de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. Después de pasar más de treinta años estudiando estados no ordinarios de consciencia, Grof ha llegado a la conclusión de que la interconexión holográfica pone a disposición de la psique una cantidad abrumadora de vías de exploración. Son prácticamente infinitas.


Grof empezó a interesarse por los estados no ordinarios de consciencia en los años cincuenta, mientras investigaba los usos clínicos del alucinógeno LSD en el Instituto de Investigación Psiquiátrica de su Praga natal (Checoslovaquia).

El propósito de la investigación era determinar si el LSD tenía aplicaciones terapéuticas.

Cuando comenzó su investigación, la mayoría de los científicos consideraba que la experiencia con el LSD era poco más que la reacción por estrés, la manera en que el cerebro respondía a una sustancia química nociva. Pero al estudiar los informes de las experiencias de sus pacientes, Grof no encontró indicios de reacciones recurrentes por estrés. Había, en cambio, una clara continuidad a lo largo de las sesiones de cada paciente.

Según él,

«parecía que el contenido de las experiencias, en vez de ser inconexo y aleatorio, revelaba sucesivamente niveles cada vez más profundos del inconsciente».

Aquello sugería que sesiones repetidas de LSD tenían consecuencias importantes para la práctica y la teoría de la psicoterapia y proporcionaron a Grof y a sus colegas el impulso que necesitaban para seguir con la investigación.

Los resultados fueron asombrosos. Enseguida estuvo claro que una serie de sesiones consecutivas de LSD podía acelerar el proceso psicoterapéutico y acortar el tiempo de tratamiento necesario para muchas alteraciones. Se desenterraban y afrontaban recuerdos traumáticos que habían obsesionado a personas durante años y en alguna ocasión se curaron incluso afecciones serias como la esquizofrenia.

Pero lo más sorprendente fue que muchos pacientes enseguida dejaron atrás las cuestiones relacionadas con su enfermedad y se metieron en zonas desconocidas para la psicología occidental.


Una experiencia común era la de revivir lo que era estar en el útero. Al principio, Grof pensaba que eran sólo experiencias imaginadas, pero cuando se siguieron acumulando datos, cayó en la cuenta de que el conocimiento de embriología implícito en las descripciones era muy superior a la formación previa en la materia que tenían los pacientes.

Éstos describían con precisión ciertas características de los sonidos del corazón de su madre, la naturaleza de los fenómenos acústicos en la cavidad peritoneal, detalles específicos sobre la circulación de la sangre en la placenta y hasta pormenores acerca de los diversos procesos celulares y bioquímicos que se producían. Describían también sentimientos y sensaciones importantes que había tenido su madre durante el embarazo y acontecimientos tales como los traumas físicos que había sufrido.


Siempre que le era posible, Grof investigaba esas declaraciones y pudo verificarlas en varias ocasiones preguntando a la madre y a otras personas que habían participado en la experiencia.

Los psiquiatras, psicólogos y biólogos que tuvieron recuerdos anteriores al nacimiento durante su instrucción para el programa (todos los terapeutas que participaron en el estudio también tuvieron que someterse a varias sesiones de psicoterapia con LSD) expresaban un asombro similar por la aparente autenticidad de las experiencias.


Las más desconcertantes eran las experiencias en las que parecía que la consciencia se expandía más allá de los límites habituales del yo y examinaba lo que era ser otras cosas vivas u otros objetos incluso.

Por ejemplo, Grof tuvo una paciente femenina que se convenció de repente de que había adoptado la identidad de un reptil prehistórico hembra. No sólo daba una descripción rica en detalles de lo que era estar encapsulada en dicha forma, sino que comentó que la parte de la anatomía del macho de su especie que le parecía más excitante sexualmente hablando era una mancha de escamas de colores que tenía en el lateral de la cabeza.

Si bien la mujer carecía de conocimientos previos sobre esta materia, Grof mantuvo después una conversación con un zoólogo que confirmó que, en ciertas especies de reptiles, las zonas coloreadas de la cabeza juegan ciertamente un papel importante como estímulo en la excitación sexual.


Los pacientes eran capaces asimismo de conectar con la consciencia de sus parientes y ancestros. Una mujer experimentó lo que era ser su madre a la edad de 13 años y describió con exactitud un hecho aterrador que le había ocurrido a su madre en aquel entonces. La mujer hizo también una descripción precisa de la casa en la que había vivido su madre, así como del pichi blanco que solía llevar, detalles todos ellos que su madre confirmó después, admitiendo que nunca lo había contado antes.

Otros pacientes hicieron descripciones igualmente exactas de acontecimientos que habían sucedido a ancestros suyos que habían vivido décadas e incluso siglos antes.


Entre otras experiencias estaba el acceso a recuerdos colectivos y raciales. Individuos de origen eslavo experimentaron lo que era participar en las conquistas de las hordas mongolas de Genghis Khan, bailar en trance con los bosquimanos del Kalahari, sufrir los ritos iniciáticos de los aborígenes australianos y morir como víctimas en los sacrificios de los aztecas.

Y, una vez más, las descripciones contenían frecuentemente hechos históricos oscuros y demostraban un grado de conocimiento que muchas veces no se correspondía en absoluto con la educación o la raza del paciente, ni con su experiencia previa sobre el tema.

Por ejemplo, un paciente que no tenía formación al respecto hizo un relato rico en detalles acerca de las técnicas que conlleva la costumbre egipcia del embalsamamiento y la momificación, contando entre otras cosas la forma y el significado de diversos amuletos y cajas sepulcrales, una lista de los materiales utilizados para fijar la tela de la momia, el tamaño y la forma de los vendajes y otros aspectos esotéricos de las ceremonias funerarias egipcias.

Otras personas sintonizaron con culturas del Lejano Oriente y no sólo hicieron descripciones impresionantes de lo que era tener una psique japonesa, china o tibetana, sino que además relataron diversas enseñanzas taoístas o budistas.


De hecho, parecía no haber límite en lo que podían interceptar aquellos individuos. Aparentemente eran capaces de saber qué se sentía siendo cualquier animal y cualquier planta de la cadena evolutiva. Podían experimentar lo que era ser una célula de la sangre, un átomo, un proceso termonuclear en el interior del Sol, la consciencia de todo el planeta y hasta la consciencia del cosmos entero.

Más aún: mostraban la capacidad de trascender el espacio y el tiempo y, en alguna ocasión, ofrecieron una información precognitiva extraordinariamente precisa.

Había asimismo una tendencia todavía más extraña: los encuentros ocasionales con inteligencias no humanas durante los viajes mentales, seres sin cuerpo, guías espirituales procedentes de «planos superiores de la consciencia» y con otras entidades sobrehumanas.


Algunos viajaron también a lo que parecían ser otros universos y otros niveles de la realidad. En una sesión especialmente inquietante, un joven que tenía una depresión se encontró en lo que parecía ser otra dimensión. Había una luminiscencia intrigante y, aunque no podía ver a nadie, sentía que estaba atestada de seres sin cuerpo.

De repente sintió una presencia muy cerca de él que le dejó sorprendido, pues empezó a comunicarse telepáticamente con él. Le pidió que por favor se pusiera en contacto con una pareja que vivía en la ciudad morava de Kromeriz y que les dijera que a su hijo Ladislav le estaban cuidando mucho y que le iba muy bien. Luego le dio el nombre de la pareja, la dirección y el número de teléfono.


Aquella información no significaba nada ni para Grof ni para el joven, y parecía que no tenía relación con los problemas de éste ni con su tratamiento.

Pero Grof no podía quitárselo de la cabeza.

«Tras cierta indecisión y con sentimientos encontrados, al final decidí hacer lo que sin duda me habría convertido en el blanco de las bromas de mis colegas, si se hubieran enterado – relata Grof.

Me dirigí al teléfono, marqué el número de Kromeriz y pregunté si podía hablar con Ladislav. Me quedé asombrado porque la mujer que estaba al otro lado de la línea empezó a llorar. Cuando se calmó, me dijo con la voz rota: “Nuestro hijo ya no está con nosotros; murió. Le perdimos hace tres semanas”».

En la década de 1960 ofrecieron a Grof un puesto en el Maryland Psychiatric Research Center y se marchó a Estados Unidos.

Como allí también se hacían estudios controlados de aplicaciones psicoterapéuticas de LSD, Grof pudo continuar su investigación. Además de examinar los efectos que producían sesiones repetidas de LSD en individuos con diversos desórdenes mentales, el centro estudiaba sus efectos en voluntarios «normales» (médicos, enfermeras, pintores, músicos, filósofos, científicos, sacerdotes y teólogos).

Grof averiguó que una y otra vez ocurría el mismo tipo de fenómenos. Era como si el LSD facilitara a la consciencia humana el acceso a una especie de metro infinito, un laberinto de túneles y pasajes secundarios que se extendía por las profundidades soterradas del inconsciente y que conectaba literalmente todo lo que hay en el universo con todo lo demás.


Tras dirigir personalmente más de tres mil sesiones de LSD (cada una de ellas de una duración de cinco horas cuando menos) y tras estudiar los informes de más de dos mil sesiones tuteladas por colegas suyos, Grof llegó al convencimiento inquebrantable de que pasaba algo extraordinario.

«Después de muchos años de lucha y confusión intelectual, he llegado a la conclusión de que la información procedente de la investigación con LSD indica la necesidad urgente de una revisión profunda de los paradigmas existentes para la psicología, la psiquiatría, la medicina y posiblemente de la ciencia en general – declaró.

Ahora apenas tengo dudas de que nuestra actual interpretación del universo, de la naturaleza de la realidad y en particular de los seres humanos, es superficial, incorrecta e incompleta».

Grof acuñó el término «transpersonal» para describir esos fenómenos, las experiencias en las que la consciencia trasciende los límites usuales de la personalidad y, a finales de los años sesenta, se unió a otros profesionales que manejaban las mismas ideas, entre los que se encontraba el psicólogo y educador Abraham Maslow, para fundar una rama nueva de la psicología llamada «psicología transpersonal».


Si nuestra manera actual de ver la realidad no puede explicar los hechos transpersonales, ¿qué nueva interpretación debería ocupar su puesto? Según Grof, la respuesta es el modelo holográfico.

En su opinión, las características esenciales de las experiencias transpersonales – la sensación de que todas las fronteras son ilusorias, la falta de distinción entre la parte y el todo y la conexión de todas las cosas entre sí – son cualidades todas ellas que esperaríamos encontrar en un universo holográfico. Además, a su parecer, el carácter velado que tienen el espacio y el tiempo en el dominio holográfico explica la causa de que las experiencias transpersonales no estén restringidas por las habituales limitaciones espaciales o temporales.


A juicio de Grof, la capacidad casi infinita de almacenamiento y recuperación de información que tienen los hologramas explica también el hecho de que las visiones, las fantasías y otras «gestalts psicológicas» contengan una cantidad enorme de información sobre la personalidad del individuo.

Una sola imagen experimentada durante una sesión de LSD podría contener información sobre la actitud de la persona ante la vida en general, sobre un trauma que hubiera sufrido en la niñez, sobre su autoestima, sobre la opinión que tiene de sus padres y la opinión que le merece su matrimonio, todo ello representado en la metáfora global de la escena.

Tales experiencias son holográficas de otra manera: por el hecho de que cada pequeña parte de la escena contiene también un universo de información. Así, la asociación libre y otras técnicas analíticas aplicadas sobre detalles minúsculos de la escena pueden evocar un aluvión adicional de datos sobre la persona en cuestión.


La idea holográfica puede servir de ejemplo para entender el carácter compuesto de las imágenes arquetípicas. Como observa Grof, la holografía hace posible construir una secuencia de exposiciones en la misma placa, como por ejemplo imágenes de cada uno de los miembros de una gran familia. Una vez hecho esto, el revelado de la película contendrá la imagen de un individuo que representa-no ya a un miembro de la familia, sino a todos ellos a la vez.

En su opinión,

«estas imágenes verdaderamente compuestas nos brindan un modelo exquisito de cierto tipo de experiencias transpersonales, tales como las imágenes arquetípicas del hombre cósmico, la mujer, la madre, el padre, el amante, el pícaro, el loco o el mártir».

Si cada toma se hace desde un ángulo ligeramente distinto, en vez de una imagen compuesta, la placa puede crear una serie de imágenes holográficas que parecen fluir unas en otras.

Según él, esto puede ilustrarnos sobre otro aspecto de la experiencia visionaria, a saber: el hecho de que incontables imágenes tiendan a emerger en una rápida secuencia, en la que cada una aparece y luego se disuelve en la siguiente como por arte de magia. Piensa que el éxito con que la holografía ejemplifica tantos aspectos diferentes de la experiencia arquetípica indica que hay un vínculo profundo entre los procesos holográficos y el modo en que se producen los arquetipos.


En efecto, según Grof, cada vez que se experimenta un estado de consciencia no ordinario afloran a la superficie indicios de la existencia de un orden holográfico oculto.


El concepto de Bohm de los órdenes explicados e implicados, así como la idea de que ciertos aspectos importantes de la realidad no son accesibles a la experiencia y al estudio en circunstancias normales, son de gran importancia para la comprensión de los estados inusuales de consciencia.

Las personas que han experimentado diversos estados extraordinarios de consciencia, entre las que se cuentan científicos muy capacitados y especializados de otras disciplinas, con frecuencia afirman haber entrado en dominios ocultos de la realidad que parecían ser auténticos y en cierto sentido inherentes a la realidad cotidiana y subordinados a la misma.


Terapia holotrópica
Quizá el logro más extraordinario de Grof sea haber descubierto que, sin recurrir a ninguna clase de drogas, se pueden experimentar los mismos fenómenos que cuentan quienes han tomado LSD.

Con ese fin, Grof y Christina, su esposa, han desarrollado una técnica sencilla para inducir estados de consciencia holotrópicos o no ordinarios sin utilizar drogas. Definen un estado holotrópico de consciencia como aquel que permite acceder al laberinto holográfico que conecta todos los aspectos de la existencia.

Contiene la historia espiritual, racial, psicológica y biológica del individuo, así como el pasado, el presente y el futuro del mundo, otros niveles de la realidad y todas las demás experiencias ya discutidas en el contexto de la experiencia con LSD.


Los Grof llaman a su técnica «terapia holotrópica»; para inducir estados alterados de consciencia utilizan solamente técnicas de respiración rápida y controlada, una música evocativa, masaje y trabajo corporal.

Hasta la fecha, miles de individuos han acudido a sus talleres y cuentan experiencias tan espectaculares y de una carga emocional tan profunda como las que describen los sujetos de su trabajo previo con el LSD.


Vórtices de pensamiento y personalidades múltiples
Varios investigadores han utilizado el modelo holográfico para explicar diversos aspectos del proceso mismo del pensamiento.

Por ejemplo, el psiquiatra de Nueva York Edgar A. Levenson cree que el holograma proporciona un modelo valioso para entender los cambios repentinos y transformadores que se experimentan muchas veces durante la psicoterapia. Basa su conclusión en el hecho de que dichos cambios se producen con independencia de la técnica o del enfoque psicoanalítico que utilice el terapeuta.

De ahí que piense que todos los enfoques psicoanalíticos son puros rituales y que el cambio se debe por entero a algo más.


A su juicio, ese algo es la resonancia. Según él, un terapeuta siempre sabe si la terapia va bien. Tiene la gran sensación de que están a punto de encajar todas las piezas de un rompecabezas oscuro.

Aunque el terapeuta no diga nada nuevo al paciente, parece que está evocando alguna cosa que el paciente ya sabe inconscientemente:

«Es como si surgiera una representación enorme, tridimensional y codificada espacialmente de la experiencia del paciente, que recorre todos los aspectos de su vida, su historia y su participación con el terapeuta. En algún momento, se produce una especie de “sobrecarga” y todo cobra sentido».

Levenson cree que esas representaciones tridimensionales de la experiencia son hologramas que están soterrados en las profundidades de la psique del paciente y que emergen cuando se produce una resonancia de emociones entre el terapeuta y el paciente, en un proceso similar al que causa que un láser de una frecuencia determinada hace surgir una imagen realizada con un láser de la misma frecuencia, de un holograma de imágenes múltiples.

«El modelo holográfico hace pensar en un paradigma radicalmente nuevo que podría proporcionarnos una manera novedosa de percibir y de relacionar fenómenos clínicos que siempre se ha sabido que son importantes y no obstante se han relegado al “arte” de la psicoterapia – declara Levenson.

Ofrece una posible guía teórica para el cambio y una esperanza práctica de esclarecer las técnicas psicoterapéuticas».

El psiquiatra David Shainberg, director asociado del Programa de Psicoanalítica de posgrado del Instituto de Psiquiatría William Alanson de Nueva York, cree que habría que aceptar literalmente la afirmación de Bohm de que los pensamientos son como vórtices de un río, y explica el motivo de que nuestras actitudes y creencias sean algunas veces inalterables y resistentes al cambio.

La gran mancha roja de Júpiter, un vórtice gigante de gas de 15.000 kilómetros de ancho, ha permanecido intacta desde que se descubrió hace trescientos años. Shainberg piensa que esa misma tendencia hacia la estabilidad hace que ciertos vórtices de pensamiento (nuestras ideas y opiniones) se fijen a veces firmemente en nuestra consciencia.


En su opinión, la permanencia virtual de algunos vórtices muchas veces va en detrimento de nuestro crecimiento como seres humanos. Un vórtice especialmente poderoso puede dominar nuestra conducta e inhibir nuestra capacidad de asimilar información e ideas nuevas. Puede hacer que nos volvamos repetitivos, crear bloqueos en el flujo creativo de la consciencia, impedir que veamos la totalidad de nosotros mismos y hacer que nos sintamos desconectados de nuestra especie.

Shainberg piensa que los vórtices pueden explicar incluso cosas como la carrera de armamento nuclear:

«Veo la carrera de armamento nuclear como un vórtice que surge de la avaricia de seres humanos que están aislados en sus yoes independientes y no sienten la conexión con los demás seres humanos. Sienten también un vacío peculiar y les entra una gran avidez por conseguir todo lo que puedan para llenarse.

De ahí que proliferen las industrias nucleares, pues proporcionan grandes cantidades de dinero y la codicia de esa gente es tan grande que no les importan las consecuencias de sus acciones».

Como Bohm, Shainberg cree también que la consciencia se despliega constantemente desde el orden implicado; a su juicio, cuando permitimos que se formen los mismos vórtices repetidamente, estamos erigiendo una barrera entre nosotros y las ilimitadas interacciones positivas y novedosas que podríamos tener con la fuente infinita de todo ser.

Sugiere que contemplemos a un niño para vislumbrar lo que nos estamos perdiendo. Los niños todavía no han tenido tiempo de formar vórtices y eso se refleja en su forma de interactuar con el mundo, una forma abierta y flexible. Según Shainberg, la viveza chispeante de un niño representa la esencia misma de la propiedad intrínseca de la consciencia por la cual se envuelve y se desenvuelve cuando está libre de trabas.


Si queremos saber si tenemos vórtices de pensamiento bloqueados, Shainberg recomienda que prestemos atención a nuestro comportamiento durante una conversación.

Cuando la gente con creencias fijas conversa con otras personas, intenta justificar su identidad apoyando y defendiendo sus opiniones. Rara vez cambian de opinión como consecuencia de obtener información nueva y muestran poco interés en dejar que se produzca un verdadero intercambio en la conversación. Una persona abierta a la naturaleza fluida de la consciencia está más dispuesta a ver el bloqueo que imponen los vórtices del pensamiento sobre las relaciones. Son más proclives a intercambiar opiniones que a repetir incesantemente una letanía estática de argumentos.

Como dice Shainberg,

«la respuesta humana y la articulación de la misma, el eco de las reacciones ante la respuesta y la explicación de las relaciones existentes entre respuestas distintas constituyen la manera en que los seres humanos participan en el flujo del orden implicado».

Otro fenómeno psicológico que presenta varios rasgos definitorios del orden implicado es el desorden mental de la personalidad múltiple o DPM.

Es un síndrome muy raro que manifiestan aquellos que tienen dos o más personalidades distintas habitando en un solo cuerpo. Muchas veces, las personas que lo padecen (o «múltiples») no son conscientes de ello. No se dan cuenta de que el control de su cuerpo se traspasa de una personalidad a otra distinta y creen en cambio que sufren una especie de amnesia, una confusión o una pérdida temporal de consciencia.

La mayoría de los múltiples tienen entre 8 y 13 personalidades de media, aunque los llamados «supermúltiples» pueden tener más de cien.


Uno de los datos estadísticos más elocuentes en relación con los múltiples es que el 97 por ciento ha tenido un trauma severo durante la niñez, con frecuencia en forma de monstruosos abusos psicológicos, físicos o sexuales. Este dato ha hecho que muchos investigadores lleguen a la conclusión de que convertirse en un múltiple es la manera en que la psique hace frente a un dolor extraordinario y desgarrador.

La psique, al dividirse en una o más personalidades, consigue repartir el dolor en cierto modo y contar con varias personalidades para que sufran lo que sería demasiado para que una sola pudiera resistirlo.


En este sentido, convertirse en un múltiple podría ser el ejemplo más extremo de lo que quiere decir Bohm al hablar de fragmentación. Es interesante señalar que cuando la psique se fragmenta, no se convierte en una colección de añicos, sino en un conjunto de totalidades más pequeñas, pero completas y autosostenibles, que tienen sus propios rasgos, motivos y deseos.

Aunque no son copias idénticas de la personalidad original, esas totalidades pertenecen a la dinámica de la personalidad original, lo cual indica la participación de un proceso holográfico de algún tipo.


El síndrome de la personalidad múltiple refleja de forma evidente la afirmación de Bohm de que al final siempre se demuestra que la fragmentación es destructiva. Aunque convertirse en un múltiple permite a la persona sobrevivir a una niñez por otra parte insoportable, puede traer consigo una gran cantidad de efectos secundarios indeseables.

Entre otros, depresión, ansiedad y ataques de pánico, fobias, problemas cardíacos y respiratorios, una náusea inexplicable, dolores de cabeza tipo migraña, tendencias hacia la automutilación y muchos otros desórdenes mentales y físicos. Sorprendentemente, pero con la precisión de un reloj, a la mayoría de los múltiples se les diagnostica entre los 25 y los 35 años, una «coincidencia» que sugiere que tal vez a esa edad se dispara algún sistema de alarma interno que advierte que es crucial que se les diagnostique el desorden para obtener así la ayuda que necesitan.

Esta idea parece confirmarse por el hecho de que los múltiples que alcanzan los cuarenta años antes de ser diagnosticados, cuentan a menudo que tenían la sensación de que si no buscaban ayuda pronto, perderían la oportunidad de recuperarse. A pesar de las ventajas temporales que obtiene la psique torturada fragmentándose, está claro que el bienestar físico y mental, y quizá la supervivencia, sigue dependiendo de la totalidad.


Otra característica inusual de las personas con DPM es que cada una de sus personalidades posee un patrón de ondas cerebrales diferente. Es algo sorprendente, porque como señala Frank Putnam, psiquiatra del Instituto Nacional de Salud que ha estudiado el fenómeno, lo normal es que el patrón de ondas cerebrales no cambie ni siquiera en estados de emoción extrema.

El patrón de ondas cerebrales no es lo único que varía de una personalidad a otra. El ritmo de circulación sanguínea, el tono muscular, el ritmo cardíaco, la postura y hasta las alergias pueden variar cuando un múltiple cambia de una personalidad a otra.


El hecho de que los patrones de ondas cerebrales no se limiten a una sola neurona o a un grupo de neuronas, sino que corresponden al conjunto del cerebro, puede implicar también que haya algún tipo de proceso holográfico funcionando. Al igual que un holograma de múltiples imágenes puede almacenar y proyectar docenas de escenas completas, quizá el holograma del cerebro puede almacenar y evocar una multitud similar de personalidades completas.

En otras palabras: quizá lo que llamamos «ser» es también un holograma, y cuando el cerebro de un múltiple cambia súbitamente de un ser holográfico a otro, esas rápidas idas y venidas cual sucesión de diapositivas se reflejan en los cambios globales que tienen lugar en la actividad de las ondas cerebrales, así como en el cuerpo en general.

Los cambios fisiológicos que se producen cuando un múltiple cambia de una personalidad a otra tienen también hondas consecuencias en la relación entre la mente y la salud y las trataremos con mayor extensión en el siguiente capítulo.


Un fallo en el tejido de la realidad
Otra de las grandes aportaciones de Jung fue la definición del concepto de sincronicidad.

Como se ha mencionado en la introducción, la sincronicidad es una coincidencia tan inusual y tan significativa que difícilmente podría atribuirse al azar exclusivamente. Todos hemos experimentado una sincronicidad en algún momento de la vida, como por ejemplo cuando aprendemos una palabra nueva y extraña y después la oímos en las noticias unas cuantas horas después, o cuando pensamos en un tema no habitual y luego nos damos cuenta de que hay otras personas hablando de él.


Hace unos cuantos años, viví una serie de sincronicidades relacionadas con la estrella del rodeo Buffalo Bill.

A veces enciendo la televisión por la mañana mientras realizo una sencilla tabla de ejercicios de gimnasia antes de empezar a escribir. Una mañana de enero de 1983 estaba haciendo flexiones mientras veía un concurso y de repente me encontré gritando el nombre «Buffalo Bill».

Al principio mi reacción me dejó perplejo, pero luego me di cuenta de que el presentador del concurso había preguntado:

«¿Por qué otro nombre era conocido William Frederick Cody?».

Aunque no había estado prestando atención al programa conscientemente, por alguna razón mi mente inconsciente se había concentrado en la pregunta y la había contestado.

En aquel momento, no pensé mucho en lo sucedido y seguí con mis ocupaciones cotidianas. Unas horas después, me llamó un amigo por teléfono para preguntarme si podía acabar con una discusión amistosa que tenía sobre una trivialidad acerca del mundo del espectáculo.

Me ofrecí a intentarlo y entonces me preguntó:

«¿Es verdad que las últimas palabras de John Barrymore fueron “¿No eres tú el hijo ilegítimo de Buffalo Bill?”».

Me pareció extraño ese segundo encuentro con Buffalo Bill pero lo achaqué a la casualidad, hasta que poco después abrí un ejemplar de la revista Smithsonian que me llegó por correo aquel mismo día.

Uno de los artículos principales se titulaba «Ha vuelto el último de los grandes scouts». Trataba sobre… lo has adivinado: Buffalo Bill. (Por cierto, fui incapaz de contestar la pregunta de mi amigo y sigo sin tener ni idea de si aquéllas fueron o no las últimas palabras de Barrymore).


Por increíble que fuera esa experiencia, lo único que me pareció significativo fue su carácter improbable. No obstante, hay otra clase de sincronicidad que merece la pena observar no sólo por su carácter improbable, sino también por su aparente relación con lo que sucede en las profundidades de la psique humana.

El ejemplo clásico es la historia del escarabajo de Jung. Jung estaba tratando a una mujer que tenía una visión de la vida tan absolutamente racional que le costaba beneficiarse de la terapia. Después de una serie de sesiones frustrantes, la mujer le contó un sueño en el que aparecía un escarabajo. Jung sabía que el escarabajo representaba el renacer según la mitología egipcia y se preguntaba si el inconsciente de la mujer le estaba anunciando simbólicamente que iba a experimentar algún tipo de renacer psicológico.

Cuando estaba a punto de decírselo, oyó que algo golpeaba la ventana, y cuando levantó la mirada vio que había un escarabajo verde y dorado al otro lado del cristal (fue la única vez que apareció un escarabajo en su ventana). Abrió la ventana mientras presentaba su interpretación del sueño. La mujer se quedó tan asombrada que moderó su excesiva racionalidad y desde entonces mejoró su respuesta a la terapia.


Jung se topó con muchas coincidencias significativas como ésta mientras ejercía la psicoterapia y se dio cuenta de que casi siempre acompañaban a periodos de transformación y de intensidad emocional debidos a cambios fundamentales en las creencias, revelaciones nuevas y repentinas, muertes, nacimientos e incluso cambios de profesión.

Se percató también de que tendían a producirse más a menudo cuando la revelación o la constatación de la novedad estaba a punto de aflorar en la consciencia del paciente. Cuando se difundieron sus ideas, otros terapeutas empezaron a contar sus propias experiencias con la sincronicidad.


Por ejemplo, Carl Alfred Meier, psiquiatra establecido en Zurich y asociado durante mucho tiempo con Jung, cuenta un ejemplo de sincronicidad que se prolongó durante muchos años. Una mujer americana que sufría una depresión seria viajó a Suiza desde Wuchang, en China, para que la tratase Meier. Era cirujana y había dirigido el hospital de la misión de Wuchang durante veinte años.

También se había empapado de la cultura del país y era una experta en filosofía china. Durante la terapia, le contó a Meier un sueño en el que había visto el hospital con una de las alas destruida. Como su identidad estaba muy ligada al hospital, Meier creyó que el sueño le estaba diciendo que estaba perdiendo el sentido de quién era, su identidad americana, y que ésa era la causa de su depresión.

Le aconsejó que regresara a Estados Unidos, y cuando lo hizo, su depresión desapareció rápidamente, tal y como él había predicho. Antes de partir, Meier le pidió que hiciera un dibujo detallado del hospital.


Años después, los japoneses atacaron China y bombardearon el hospital de Wuchang. La mujer envió a Meier un ejemplar de la revista Life que contenía una fotografía a doble página del hospital parcialmente destruido, idéntica al dibujo que había hecho ella nueve años antes. El mensaje simbólico y muy personal de su sueño había rebasado los límites de la psique de la paciente de alguna manera hasta llegar a la realidad física.


Dado el carácter llamativo de las sincronicidades, Jung se convenció de que no eran hechos que ocurrían por casualidad sino que estaban relacionados con los procesos psicológicos de las personas que las experimentaban.

Como no podía concebir cómo algo que ocurría en lo más hondo de la psique podía causar un hecho o una serie de acontecimientos en el mundo físico, al menos en un sentido clásico, lanzó la idea de que tenía que intervenir algún principio nuevo, un principio de conexión acausal, desconocido para la ciencia hasta entonces.


Cuando Jung presentó la idea, la mayoría de los físicos no se la tomaron en serio (aunque un físico eminente de la época, Wolfgang Pauli, pensó que era lo bastante importante como para escribir con Jung un libro sobre el tema titulado La interpretación y naturaleza de la psique: la sincronicidad como un principio de conexión acausal).

Sin embargo, ahora que la existencia de las conexiones no locales es un principio establecido, algunos físicos están contemplando de nuevo la idea de Jung. El físico Paul Davies afirma que,

«esos efectos cuánticos no locales son realmente una forma de simultaneidad en el sentido de que establecen una conexión – de forma más precisa sería una correlación – entre los sucesos entre los que está prohibido cualquier tipo de nexo causal».

Otro físico que se toma en serio la sincronicidad es F. David Peat.

A su juicio, sincronicidades como las de Jung no sólo son reales, sino que constituyen indicios adicionales del orden implicado. Como hemos visto, la aparente separación entre la consciencia y la materia es una ilusión, según Bohm, un artefacto que tiene lugar únicamente cuando ambas se han desplegado en el orden explicado de los objetos y el tiempo secuencial.

Si no hay división entre mente y materia en el orden implicado, la base de la que surgen todas las cosas, entonces no es raro esperar que la realidad todavía esté plagada de huellas de esa conexión profunda. Peat cree que las sincronicidades son «defectos» en el tejido de la realidad, grietas momentáneas que nos permiten echar un vistazo al orden inmenso y unitario que subyace tras la naturaleza entera.


Dicho de otra forma: en opinión de Peat, las sincronicidades revelan la falta de división entre el mundo físico y nuestra realidad psicológica interior. Así, la relativa escasez de experiencias sincrónicas en nuestras vidas muestra no sólo hasta qué punto nos hemos desgajado del campo general de la consciencia, sino también el grado de aislamiento que tenemos con respecto al potencial infinito y deslumbrante de los órdenes más profundos de la mente y la realidad.

De acuerdo con Peat, cuando experimentamos una sincronicidad, lo que realmente estamos experimentando «es la mente humana funcionando, por un momento, en su orden verdadero y extendiéndose a través de la sociedad y la naturaleza, moviéndose a través de órdenes de creciente sutileza, extendiéndose más allá de la fuente de la mente y la materia hasta la creatividad misma».


Es una idea pasmosa. Prácticamente todos los prejuicios que nos dicta el sentido común acerca del mundo se basan en la premisa de que la realidad objetiva y la realidad subjetiva están muy, pero que muy separadas.

Por eso las sincronicidades nos parecen tan desconcertantes e inexplicables. Pero si, en última instancia, no existe división entre el mundo físico y los procesos psicológicos internos, entonces debemos estar preparados para cambiar algo más que la interpretación sensata del universo meramente, porque las consecuencias nos dejarán estupefactos.


Una de ellas es que la realidad objetiva se asemeja más a un sueño de lo que hemos sospechado jamás. Imagina por ejemplo que sueñas que estás sentado a la mesa cenando con tu jefe y su mujer. Como ya sabes por experiencia, todos los objetos del sueño – la mesa, las sillas, los platos, el salero y el pimentero—son en apariencia objetos independientes. Imagina también que experimentas una sincronicidad en el sueño; quizá te sirven un plato especialmente desagradable y cuando le preguntas al camarero qué es, te contesta que el nombre del plato es «Tu Jefe».

Al percatarte de que el desagrado que te produce la comida trasluce tus verdaderos sentimientos hacia tu jefe, te pones nervioso y te preguntas cómo es posible que un aspecto de tu ser «interior» se las haya arreglado para desbordarse hasta la realidad «exterior» de la escena que estás soñando.

Naturalmente, en cuanto te despiertas te das cuenta de que la sincronicidad no era extraña en absoluto, porque realmente no había distinción alguna entre tu ser «interior» y la realidad «exterior» del sueño. De manera similar, caes en la cuenta de que la aparente independencia de los diversos objetos del sueño era también una ilusión, pues todo era producto de un orden más profundo y fundamental, la totalidad no dividida de tu inconsciente.


Si no existe división entre los mundos físico y mental, esas mismas propiedades se dan también en la realidad objetiva. De acuerdo con Peat, eso no significa que el universo material sea una ilusión, porque tanto lo explicado como lo implicado desempeñan un papel en la creación de la realidad.

Tampoco significa que se haya perdido la individualidad, como la imagen de una rosa tampoco se pierde una vez que se ha grabado en una película holográfica. Significa simplemente que somos como los vórtices de un río, únicos pero inseparables del flujo de la naturaleza.

O, como dice Peat,

«en sí mismo sigue viviendo, pero como un aspecto de movimiento más sutil que implica el orden de la consciencia entera».

Y así hemos vuelto al punto de partida, desde el descubrimiento de que la consciencia contiene toda la realidad objetiva – toda la historia de la vida biológica en el planeta, las religiones y los mitos del mundo y la dinámica tanto de las células sanguíneas como de las estrellas – hasta el descubrimiento de que el universo material también puede contener entre la trama y la urdimbre los procesos más íntimos de la consciencia.

Tal es la naturaleza de la profunda conexión que existe entre todas las cosas en un universo holográfico.

En el siguiente capítulo analizaremos cómo influye esa conexión, así como otros aspectos de la idea holográfica, en nuestra interpretación actual de la salud.

http://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/holographicuniverse/universoholografico03.htm

CAPÍTULO 4 – Canto al cuerpo holográfico


Apenas podrás saber quién soy o qué quiero decir, no obstante, seré tu buena salud.
WALT WHITMAN, «Canto de mí mismo».


A un hombre de 61 que llamaremos Frank le diagnosticaron un tipo de cáncer de garganta casi mortal y le dijeron que tenía menos del 5 por ciento de probabilidades de supervivencia.

Su peso había bajado de 59 a 45 kilos. Estaba extremadamente débil, apenas podía tragar su propia saliva y tenía problemas para respirar. De hecho, hasta los médicos habían discutido si darle o no radioterapia siquiera, porque existía la clara posibilidad de que el tratamiento sólo le ocasionara más molestias sin incrementar significativamente sus opciones de sobrevivir. Decidieron seguir adelante de todos modos.


Entonces, Frank tuvo la gran suerte de que pidieran al doctor Carl O. Simonton, oncólogo radioterapeuta y director médico del Centro de Investigación y Asesoramiento sobre el Cáncer de Dallas (Texas) que participara en el tratamiento. Simonton sugirió que el propio Frank podía influir en el curso de su enfermedad. Entonces, le enseñó unas cuantas técnicas de relajación y visualización de imágenes mentales que había ideado junto con unos colegas.

A partir de ese momento, tres veces al día, Frank se imaginaba el tratamiento de radio que recibía como si fueran millones de minúsculos proyectiles de energía que bombardeaban sus células. También visualizaba sus células cancerígenas y las veía debilitarse y volverse más confusas que las células normales y, por tanto, incapaces de reparar el daño que sufrían.

Luego visualizaba los leucocitos – los soldados del sistema inmunológico – irrumpiendo en tropel en las células cancerígenas muertas y moribundas y llevándoselas después hasta el hígado y los riñones para expulsarlas del cuerpo.


El resultado fue espectacular y excedía con mucho lo que ocurría normalmente en los casos en que se trataba a los pacientes sólo con radioterapia. El tratamiento funcionó como si fuera magia. Frank no experimentó prácticamente ninguno de los efectos secundarios negativos – daño en la piel y en las membranas mucosas – que acompañan habitualmente a esa terapia.

Recuperó el peso que había perdido y la fuerza y, al cabo de un par de meses nada más, desaparecieron todas las señales del cáncer. Simonton cree que la extraordinaria recuperación de Frank se debió en gran parte al régimen diario de ejercicios de visualización.


En un estudio complementario, Simonton y sus colegas enseñaron sus técnicas de visualización de imágenes mentales a 159 pacientes que tenían un cáncer incurable desde el punto de vista médico. El tiempo de supervivencia estimado para un paciente semejante es de doce meses. Cuatro años después, 63 pacientes seguían vivos.

De ellos, 14 no mostraban señal alguna de la enfermedad, en 12 pacientes el cáncer estaba remitiendo y en 17 la enfermedad se hallaba estabilizada. El tiempo medio de supervivencia del grupo en conjunto fue de 24,4 meses, casi el doble del tiempo de la media nacional.


Desde entonces, Simonton ha dirigido varios estudios similares, todos ellos con resultados positivos. A pesar de esos descubrimientos prometedores, su trabajo se sigue considerando controvertido. Por ejemplo, los críticos argumentan que los individuos que participan en sus estudios no son pacientes «media».

Muchos buscaron expresamente a Simonton con el propósito de aprender sus técnicas, lo que demuestra que tienen un espíritu extraordinariamente luchador. Sin embargo, numerosos investigadores creen que los resultados de Simonton son lo bastante convincentes como para apoyar su trabajo, y el propio Simonton ha fundado el Simonton Cancer Center, en Pacific Palisades, California, unas exitosas instalaciones para investigación y tratamiento, dedicadas a enseñar su técnica de visualización de imágenes a pacientes que combaten contra diversas enfermedades.

El uso terapéutico de imágenes también ha cautivado la imaginación del público; un sondeo reciente ha revelado que es el cuarto tratamiento contra el cáncer más utilizado.


¿Cómo puede ser que una imagen formada en la mente pueda causar efecto sobre algo tan formidable como un cáncer incurable? No es de extrañar que la teoría holográfica del cerebro se pueda usar también para explicar este fenómeno.

La psicóloga Jeanne Achterberg, directora de investigación y ciencia de la rehabilitación en el Health Science Center de la Universidad de Texas, en Dallas, y una de las científicas que han ayudado a desarrollar las técnicas de imágenes que utiliza Simonton, cree que la clave está en la capacidad del cerebro para formar imágenes holográficas.


Como ya hemos señalado, todas las experiencias, en última instancia, sólo son procesos neurofisiológicos que tienen lugar en el cerebro.

Según el modelo holográfico, el motivo de que experimentemos algunas cosas como realidades internas (como las emociones, por ejemplo) y otras como realidades externas (como el canto de los pájaros o el ladrido de los perros) es que así es como las sitúa el cerebro cuando crea el holograma interno que experimentamos como realidad. No obstante, como también hemos visto ya, el cerebro no siempre puede distinguir entre lo que está «ahí fuera» y lo que cree que está «ahí fuera», y eso explica que las personas con un miembro amputado tengan a veces sensaciones de miembros fantasmas.

Dicho de otro modo: en un cerebro que funciona de manera holográfica, la imagen recordada de una cosa puede tener tanto impacto en los sentidos como la cosa misma.


También puede tener un efecto igualmente poderoso en el funcionamiento del cuerpo, una situación que habrá experimentado de primera mano todo aquel que haya sentido alguna vez la aceleración del pulso después de imaginarse que está abrazando al ser amado. O quien haya sentido en alguna ocasión que le sudan las manos tras evocar el recuerdo de una experiencia inusualmente aterradora.

A primera vista, puede parecer extraño que el cuerpo no siempre sepa distinguir entre un acontecimiento imaginado y uno real; ahora bien, la situación se vuelve mucho menos desconcertante si tenemos en cuenta el modelo holográfico, un modelo que afirma que todas las experiencias, reales o imaginadas, se reducen a un solo lenguaje común de formas ondulatorias organizadas con arreglo a principios holográficos.

O como dice Achterberg,

«cuando las imágenes se contemplan de forma holográfica, se desprende de ellas de manera lógica la influencia omnipotente que ejercen sobre las funciones orgánicas. La imagen, el comportamiento y el estado fisiológico consiguiente constituyen un aspecto unificado del mismo fenómeno».

Bohm se hace eco de esa opinión utilizando su idea del orden implicado, el nivel más profundo y no local de la existencia, del que emerge el universo entero:

«Toda acción comienza en una intención en el orden implicado. La imaginación es ya la creación de la forma; tiene ya la intención y el germen de todos los movimientos necesarios para llevarla a cabo. Y como afecta al cuerpo y demás, cuando la creación tiene lugar de esa manera, desde los niveles más sutiles del orden implicado, los recorre todos hasta que llega a manifestarse en el orden explicado».

En otras palabras: en el orden implicado, como en el propio cerebro, la imaginación y la realidad son indistinguibles al final y, por lo tanto, no debería sorprendernos que las imágenes de la mente puedan manifestarse finalmente como realidades en el cuerpo físico.


Achterberg descubrió que la utilización de imágenes produce efectos psicológicos que, además de poderosos, pueden ser extraordinariamente específicos. Por ejemplo, la expresión «célula blanca sanguínea» se refiere realmente a varios tipos distintos de célula.

En un estudio, Achterberg decidió ver si podía entrenar a algunas personas para que incrementaran el número de un sólo tipo de células blancas sanguíneas. Con ese propósito, enseñó a un grupo de alumnos universitarios a imaginar una célula llamada neutrófilo, el mayor componente de la población de las células blancas sanguíneas. Entrenó a un segundo grupo para que se imaginaran células T, un tipo más especializado de células blancas sanguíneas.

Al final del estudio, el grupo que aprendió a imaginar neutrófilos tuvo un aumento significativo en el número de neutrófilos, pero ningún cambio en el número de células T. El grupo que aprendió a imaginar células T produjo un aumento significativo en el número de esa clase de células, pero el número de neutrófilos seguía siendo el mismo.


Achterberg dice que la fe es asimismo crucial para la salud de una persona. Según ella, prácticamente todos los que han tenido contacto con el mundo médico conocen al menos una historia de un paciente al que mandaron a casa, a morir, pero como éste «creía» otra cosa, dejó atónito al médico al recuperarse completamente.

En su fascinante libro Por los caminos del corazón: pasado, presente y futuro de la visualización como instrumento de curación, describe varios de sus encuentros con casos semejantes. Uno de ellos fue con una mujer que ingresó en el hospital paralizada y en coma y le diagnosticaron un tumor cerebral de gran tamaño. La operaron para reducirlo (extirpar la mayor cantidad posible sin causar un daño mayor), pero como creían que estaba a punto de morir, la enviaron a casa sin administrarle radioterapia ni quimioterapia.


Pero en vez de morir enseguida, se fortalecía día a día. Achterberg pudo observar el progreso de la mujer en su calidad de terapeuta de retroalimentación biológica; al cabo de dieciséis meses no mostraba indicio alguno del cáncer.

¿Por qué? Aunque la mujer era inteligente y sabía desenvolverse, su formación era mediana y de hecho desconocía el significado de la palabra «tumor» y de la sentencia de muerte que transmite.

De ahí que no creyera que iba a morir y que superara el cáncer con la misma confianza y determinación que había empleado toda su vida para sobreponerse a todas las demás enfermedades, afirma Achterberg. Cuando la vio por última vez, la mujer no presentaba signos de parálisis, había desterrado las muletas y el bastón y hasta había ido a bailar un par de veces.

Achterberg respalda su afirmación haciendo notar que la proporción de enfermos de cáncer en personas con retraso mental y con trastornos emocionales – personas que no pueden comprender la sentencia de muerte que la sociedad vincula con el cáncer – también es significativamente inferior. En un periodo de cuatro años, en Texas, sólo alrededor de un 4 por ciento de las muertes producidas en esos dos grupos se debieron al cáncer, en comparación con la norma estatal, que estaba entre un 15 y un 18 por ciento.

Es intrigante que no se registrara ningún caso de leucemia en esos dos grupos entre 1925 y 1978. En otros estudios se han obtenido resultados similares en el conjunto de Estados Unidos, así como en diversos países como Inglaterra, Grecia y Rumania, entre otros.


Gracias a esos descubrimientos y a otros semejantes, Achterberg cree que todo el que tenga una enfermedad, aunque sea un simple catarro, debería abastecerse de tantos «hologramas neuronales» de salud como le fuera posible, en forma de creencias, imágenes de bienestar y armonía e imágenes de activación de funciones específicas de inmunización.

Cree que debemos exorcizar cualquier creencia e imagen que contenga consecuencias negativas para la salud y saber que nuestros hologramas corporales son algo más que meras imágenes. Contienen un montón de información de distinto tipo, como por ejemplo interpretaciones y discernimientos intelectuales, prejuicios conscientes e inconscientes, miedos, esperanzas, preocupaciones, etcétera.


La recomendación de Achterberg de que nos libremos de las imágenes negativas es acertada, porque hay pruebas de que las imágenes pueden causar enfermedades tanto como curarlas.

En Amor, medicina milagrosa, Bernie Siegel dice que a menudo se encuentra con ejemplos en los que parece que las imágenes mentales que utilizan los pacientes para describirse a ellos mismos o sus vidas juegan un papel en la creación de sus dolencias.

Entre otros ejemplos incluye los siguientes: una paciente a la que habían practicado una mastectomía que le dijo que «necesitaba sacarse algo fuera del pecho»; un paciente con un mieloma múltiple en la columna vertebral que le dijo que «siempre se consideró que yo no tenía suficiente aplomo», y un hombre con un carcinoma de laringe cuyo padre le castigaba de niño estrujándole el cuello con frecuencia y diciéndole «¡cállate!».


A veces la relación entre la imagen y la enfermedad es tan asombrosa que cuesta entender por qué no es evidente para la persona afectada, como en el caso de un psicoterapeuta al que operaron de urgencia para quitarle muchos centímetros de intestino enfermo y luego comentó a Siegel: «Estoy contento con que haya sido usted mi cirujano.

Yo he practicado el análisis didáctico y no podía liberarme ni digerir toda aquella porquería que salía fuera». Incidentes como éstos han convencido a Siegel de que casi todas las enfermedades se originan en la mente, al menos hasta cierto punto; ahora que, en su opinión, eso no hace que sean enfermedades psicosomáticas o irreales.

Prefiere decir que son soma-significativas, término derivado del griego soma que significa «cuerpo» y acuñado por Bohm para resumir mejor la relación. A Siegel no le preocupa que todas las enfermedades puedan originarse en la mente. Lo ve más bien como un signo de gran esperanza, como un indicador de que si uno tiene poder para crear enfermedades, también lo tiene para crear bienestar.


La conexión entre la enfermedad y la imagen es tan potente que las imágenes se pueden utilizar incluso para predecir las posibilidades de supervivencia de un paciente.

En otro experimento famoso, Simonton y su esposa, la psicóloga Stephanie Matthews-Simonton, junto con Achterberg y el psicólogo G. Frank Lawlis, hicieron una batería de análisis de sangre a 126 pacientes con cáncer avanzado.

Luego sometieron a los pacientes a una serie igualmente amplia de tests psicológicos y entre ellos había ejercicios en los que pedían a los pacientes que dibujaran imágenes de sí mismos, de su cáncer, de su tratamiento y de sus sistemas de inmunización. Los análisis de sangre proporcionaron datos sobre la enfermedad de los pacientes, pero no aportaron revelaciones importantes. No obstante, los resultados de los tests psicológicos, y de los dibujos en particular, fueron como verdaderas enciclopedias de información sobre la salud del paciente.

En efecto, analizando sólo los dibujos, Achterberg obtuvo un 95 por ciento de aciertos en la predicción de quién moriría en unos cuantos meses y quién vencería la enfermedad y conseguiría que empezara a remitir.


Juegos de baloncesto de la mente
Por increíbles que puedan ser los datos obtenidos por los investigadores mencionados anteriormente, no son sino la punta del iceberg en cuanto se refiere al control que ejerce sobre el cuerpo la mente holográfica.

Y las aplicaciones prácticas de ese control no se limitan estrictamente a temas de salud. Numerosos estudios realizados en todo el mundo han demostrado que las imágenes tienen también un efecto enorme en el rendimiento físico y atlético.


En un experimento reciente, el psicólogo Shlomo Breznitz, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, hizo que varios grupos de soldados israelíes caminaran cuarenta kilómetros, pero dio a cada grupo una información diferente. Unos grupos anduvieron treinta kilómetros y se les dijo entonces que les quedaban otros diez kilómetros que andar.

A otros les dijo que iban a hacer una marcha de sesenta kilómetros, pero en realidad solamente anduvieron cuarenta. A algunos les permitió ver los mojones que marcaban la distancia y a otros no les dio pista alguna sobre lo que habían andado. Al final del estudio, Breznitz descubrió que los niveles hormonales de cansancio reflejaban las estimaciones de los soldados y no la distancia real que habían recorrido.

En otras palabras: sus cuerpos no respondían a la realidad, sino a lo que ellos imaginaban que era la realidad.


Según el doctor Charles A. Garfield, antiguo investigador de la NASA y actual presidente del Performance Sciences Institute de Berkeley (California), los soviéticos han investigado exhaustivamente la relación que existe entre las imágenes y el rendimiento físico. En un estudio, se dividió un equipo de atletas soviéticos de élite en cuatro grupos.

El primer grupo pasó el cien por cien del tiempo de entrenamiento ejercitando el cuerpo. El segundo pasó el 75 por ciento del tiempo entrenando y el 25 visualizando los movimientos exactos y los logros que querían conseguir en el deporte. El tercero pasó el 50 por ciento entrenando y el otro 50 visualizando, y el cuarto, el 25 por ciento entrenando y el 75 visualizando.

Increíblemente, en los Juegos de Invierno de Lake Placid (Nueva York), de 1980, el cuarto grupo mostró la mayor mejora en su actuación, seguido por los grupos tercero, segundo y primero, en ese orden.


Garfield, que ha pasado cientos de horas entrevistando a atletas e investigadores deportivos por todo el mundo, dice que los soviéticos han introducido sofisticadas técnicas de visualización en muchos programas de entrenamiento de los atletas y que creen que las imágenes mentales actúan como precursores en el proceso de generación de impulsos neuromusculares.

Según Garfield, la formación de imágenes funciona porque el movimiento se graba en el cerebro según principios holográficos.

En su libro Rendimiento máximo: las técnicas de entrenamiento mental de los grandes campeones, declara:

«Estas imágenes son holográficas (tridimensionales) y funcionan principalmente a nivel subliminal. El mecanismo de imágenes holográfico te permite solucionar con rapidez problemas espaciales como montar una máquina compleja, idear la coreografía de un baile rutinario, u organizar imágenes visuales de obras de teatro».

El psicólogo australiano Alan Richardson ha obtenido resultados similares con jugadores de baloncesto.

Cogió a tres grupos de jugadores de baloncesto y probó su capacidad para hacer tiros libres. Luego, dijo al primer grupo que pasara veinte minutos al día practicando tiros libres; al segundo grupo le dijo que no practicara, y al tercero, que pasara veinte minutos al día visualizando que estaban haciendo canastas perfectas. Como era de esperar, el grupo que no hizo nada no mostró mejora alguna.

El primer grupo mejoró un 24 por ciento; pero el tercer grupo, gracias únicamente al poder de las imágenes, mejoró un asombroso 23 por ciento, casi tanto como el grupo que había practicado los tiros libres.


La falta de división entre la salud y la enfermedad
El médico Larry Dossey cree que la formación de imágenes no es la única herramienta que puede usar la mente holográfica para producir cambios en el cuerpo.

Otro instrumento es el mero reconocimiento de la totalidad continua que forman todas las cosas. Como observa Dossey, tenemos tendencia a contemplar la enfermedad como algo externo a nosotros. La enfermedad viene de fuera y nos asedia, perturbando nuestro bienestar. Pero si es verdad que el espacio y el tiempo y las demás cosas del universo son inseparables, entonces tampoco podemos hacer distinción entre la salud y la enfermedad.


¿Cómo podemos llevarlo a la práctica?

Según Dossey, a menudo mejoramos cuando dejamos de contemplar la enfermedad como algo independiente de nosotros mismos y la vemos en cambio como parte de un todo mayor, de un contexto de conducta, dieta, sueño, modelos de ejercicios y otras relaciones diversas con el mundo en general. A modo de prueba, llama la atención sobre un estudio en el que se pidió a personas que sufrían dolor de cabeza crónico que apuntaran en un diario la frecuencia y la severidad de sus dolores de cabeza.

Aunque al principio se pretendía que el informe fuera un primer paso para preparar a los pacientes para seguir un tratamiento, la mayoría de las personas descubrieron que cuando empezaron a llevar el diario ¡sus dolores desaparecieron!


En otro experimento citado por Dossey, se grabó en vídeo a un grupo de niños epilépticos interactuando con sus familias. Durante las sesiones se produjeron algunos momentos de intensa carga emocional que muchas veces venían seguidos de crisis epilépticas reales. Cuando los niños vieron los vídeos y la relación existente entre los momentos emocionales y sus ataques, prácticamente dejaron de tenerlos.

¿Por qué? Porque al llevar un diario o al contemplar una cinta de vídeo, tanto los niños como los pacientes pudieron ver su situación en el contexto más amplio de sus vidas.

Y cuando esto ocurre, Dossey afirma que la enfermedad deja de ser considerada como,

«una enfermedad intrusa que se origina en alguna parte fuera de mí» y se ve «como parte de un proceso de vida que puede ser descrito con precisión como un todo continuo. Cuando nos centramos en un principio de relación y unidad y nos alejamos de la fragmentación y el aislamiento, sobreviene la salud».

A juicio de Dossey, el término «paciente» es tan equívoco como la palabra «partícula».

Más que unidades biológicas independientes y esencialmente aisladas, somos pautas y procesos fundamentalmente dinámicos que, como ocurre con los electrones, no se pueden dividir y analizar por partes. Y, más aún: estamos conectados; conectados con las fuerzas que crean tanto la salud como la enfermedad, con las creencias de nuestra sociedad, con las actitudes de nuestros amigos, nuestra familia y nuestros médicos, con las imágenes, creencias y hasta con las palabras mismas que utilizamos para entender el universo.


En un universo holográfico, también estamos conectados con nuestros cuerpos; en páginas anteriores hemos visto algunas formas en que se manifiestan esas conexiones. Sin embargo, hay muchas otras formas, acaso infinitas.

Como afirma Pribram,

«si cada parte de nuestro cuerpo es realmente un reflejo del todo, entonces tiene que haber toda clase de mecanismos que controlen lo que está ocurriendo. Nada hay en firme en relación con este punto».

Dada nuestra ignorancia en la materia, en vez de preguntar cómo controla la mente el cuerpo holográfico, tal vez fuera más interesante preguntar… ¿hasta dónde llega el control? ¿Tiene alguna limitación? ¿Cuál es la limitación en caso de que la tenga?

Ahora vamos a dirigir la atención a esta cuestión.


El poder curativo de nada en absoluto
Otro fenómeno médico fascinante que nos permite vislumbrar el control de la mente sobre el cuerpo es el efecto placebo.

El placebo es un tratamiento médico que no realiza ninguna acción específica sobre el cuerpo, sino que se da para complacer al paciente, o bien como medio de control en un experimento a doble ciego, es decir, un estudio en el que un grupo de personas recibe un tratamiento real y otro grupo recibe un tratamiento falso.

En tales experimentos, ni los investigadores ni los sujetos de la prueba saben en qué grupo están, con el fin de poder evaluar con exactitud los efectos del tratamiento-real. Muchas veces se utilizan píldoras de azúcar como placebos en estudios de medicinas; también se usa una solución salina (agua destilada con sal), aunque los placebos no tienen que por qué ser siempre medicinas.

Mucha gente cree que los beneficios médicos derivados de cristales, brazaletes de cobre y otros remedios no tradicionales se deben también al efecto placebo.


Hasta la cirugía se ha utilizado como placebo. En la década de 1950, la cirugía era el tratamiento habitual para la angina de pecho, un dolor recurrente en el pecho y en el brazo izquierdo provocado por la disminución del riego sanguíneo en el corazón. Posteriormente, unos médicos resolutivos decidieron hacer un experimento y, en vez de hacer la cirugía acostumbrada que consistía en ligar la arteria mamaria, abrían a los pacientes y después les cosían sin más.

Los pacientes sometidos al simulacro de cirugía dijeron que sentían tanto alivio como los que habían sufrido la operación quirúrgica completa. El resultado era que la cirugía completa sólo estaba produciendo un efecto placebo. No obstante, el éxito de la cirugía de pega indica que tenemos la capacidad de controlar la angina de pecho en alguna parte dentro de nosotros.


Y eso no es todo.

En la última mitad del siglo veinte, se llevó a cabo una investigación exhaustiva sobre el efecto placebo en centenares de estudios distintos realizados en todo el mundo. Sabemos que de todas las personas a las que se suministra un placebo determinado, en un 35 por ciento de media producirá un efecto significativo, aunque la cifra puede variar mucho de una situación a otra.

Entre las dolencias que han respondido al efecto placebo, además de la angina de pecho, cabe citar la migraña, la fiebre, las alergias, el catarro común, el acné, el asma, las verrugas, dolores de varios tipos, las náuseas y mareos, las úlceras pépticas, síndromes psiquiátricos como la depresión y la ansiedad, la artritis reumatoide y degenerativa, la diabetes, el malestar producido por la radioterapia, la enfermedad de Parkinson, la esclerosis múltiple y el cáncer.


Es obvio que entre ellas figuran desde enfermedades que no son serias hasta las que ponen la vida en peligro; pero el efecto placebo puede implicar cambios fisiológicos casi milagrosos hasta en las afecciones más leves.

Tomemos por ejemplo la verruga simple.

La verruga es un pequeño crecimiento tumoral en la piel provocado por un virus. Es extraordinariamente fácil de curar utilizando placebos, como demuestra el número casi infinito de rituales populares utilizados en diversas culturas para librarse de las verrugas, siendo el propio ritual un tipo de placebo. Lewis Thomas, presidente emérito del Memorial Sloan-Kettering Cáncer Center de Nueva York, habla de un médico que solía librar a sus pacientes de las verrugas limitándose a aplicar sobre ellas un tinte púrpura inofensivo.

Thomas cree que explicar ese pequeño milagro diciendo que no es más que la mente inconsciente en funcionamiento, no hace justicia al efecto placebo.

Como él dice,

«si mi inconsciente es capaz de descubrir cómo manipular los mecanismos necesarios para esquivar ese virus y para desplegar todas las diversas células en el orden correcto para rechazar el tejido, entonces lo único que tengo que decir es que mi inconsciente está mucho más adelantado que yo».

Asimismo, varía mucho la eficacia del placebo en una circunstancia dada.

En nueve estudios a doble ciego realizados para comparar placebos con la aspirina, se demostró que los placebos eran igual de eficaces que el analgésico real. Según esto, se podría esperar que fueran menos efectivos si se comparan con un analgésico mucho más fuerte, como la morfina, y sin embargo no es así. En seis estudios a doble ciego se descubrió que los placebos fueron ¡tan eficaces para aliviar el dolor como la morfina en un 56 por ciento de los casos!


¿Por qué? Un factor que puede influir en la eficacia del placebo es el método con el que se suministre.

En general se estima que las inyecciones son más potentes que las píldoras, de ahí que si se da un placebo en forma de inyección, su eficacia puede aumentar. De manera similar, muchas veces se considera que las cápsulas son más eficaces que las pastillas y hasta el tamaño, el color y la forma de una píldora pueden desempeñar un papel.

En un estudio concebido para determinar el valor de sugestión del color de una píldora, se descubrió que la gente tiende a creer que las píldoras amarillas o naranjas actúan sobre el estado de ánimo y o bien estimulan o bien deprimen. Se supone que las píldoras de color rojo oscuro son sedantes, las de color lavanda, alucinógenos, y las blancas, calmantes.


Otro factor es la actitud que transmite el médico cuando receta el placebo.

El doctor David Sobel, un especialista en placebos del Kaiser Hospital de California, cuenta la historia de un médico que trataba a un paciente de asma que lo estaba pasando especialmente mal tratando de mantener abiertos los bronquios. El médico pidió una muestra de una nueva medicina muy potente a una compañía farmacéutica y se la dio al hombre.

En unos minutos, el paciente mostró una mejora espectacular y empezó a respirar con más facilidad. Sin embargo, cuando tuvo el siguiente ataque, el médico decidió ver qué pasaría si le diera un placebo. Esa vez, el hombre se quejaba de que tenía que haber un error con lo que le había recetado el médico porque no le eliminaba completamente la dificultad respiratoria.

Aquello convenció al médico de que la medicina de muestra era realmente una nueva medicina muy potente para el asma, hasta que recibió una carta de la compañía farmacéutica en la que le informaban de que ¡en lugar de la nueva medicina, le habían enviado un placebo por error!

Aparentemente, lo que explica la diferencia fue el entusiasmo inconsciente del médico por el primer placebo y no por el segundo.


En términos del modelo holográfico, se puede explicar la extraordinaria respuesta de aquel hombre a la medicación placebo para el asma por la incapacidad última de la mente/el cuerpo para distinguir entre la realidad imaginada y la real. El hombre creía que le habían dado una medicina nueva y potente para el asma y esa creencia produjo un efecto fisiológico en sus pulmones tan espectacular como si le hubieran dado una medicina auténtica.

La advertencia de Achterberg de que los hologramas neuronales que influyen en nuestra salud son variados y polifacéticos se ve reforzada asimismo por el hecho de que incluso algo tan sutil como una ligera diferencia en la actitud del médico (y quizá en el lenguaje corporal) mientras administraba los dos placebos bastó para hacer que uno funcionara y que el otro fallara.

De ahí se puede deducir que hasta la información que recibimos de manera subliminal puede tener una gran participación en las creencias e imágenes mentales que influyen en nuestra salud.

Uno se pregunta cuántas medicinas han funcionado o han dejado de funcionar por la actitud que el médico transmitía mientras las administraba.


Tumores que se derriten como bolas de nieve sobre una estufa caliente
Es importante entender el papel que juegan esos factores en la eficacia de los placebos, porque muestra cómo configuran nuestras creencias nuestra capacidad para controlar el cuerpo holográfico.

La mente tiene poder para librarnos de las verrugas, para aclararnos los bronquios y para remedar la capacidad de la morfina para mitigar el dolor, pero como no somos conscientes de que tenemos ese poder, tenemos que estar engañados para usarlo. Esto podría resultar hasta cómico si no fuera por las tragedias que desencadena con frecuencia el desconocimiento de nuestro propio poder.


Nada podría ser más ilustrativo al respecto que un incidente, hoy famoso, que contaba el psicólogo Bruno Klopfer. Klopfer estaba tratando a un hombre llamado Wright de un cáncer avanzado en los nódulos linfáticos. Habían agotado hasta el final todos los tratamientos habituales y parecía que a Wright le quedaba poco tiempo. Tenía el cuello, las axilas, el pecho, el abdomen y las ingles llenos de tumores del tamaño de naranjas, y el bazo y el hígado se le habían agrandado tanto que todos los días había que sacarle del pecho casi dos litros de un líquido lechoso.


Pero Wright no quería morir. Se enteró de que había una medicina nueva y asombrosa, llamada Krebiozen, y le pidió a su medico que le dejara intentarlo.

El médico se negó al principio porque la medicina sólo se había experimentado en pacientes con una esperanza de vida de tres meses por lo menos. Pero Wright se lo suplicaba tan insistentemente que al final el médico cedió. Le puso una inyección de Krebiozen un viernes, aunque en su fuero interno no esperaba que Wright durase el fin de semana. Luego se fue a casa.


Al lunes siguiente, le sorprendió encontrar a Wright levantado de la cama y paseando. Klopfer le contó que sus tumores se habían «derretido como bolas de nieve sobre una estufa caliente» y que tenían la mitad del tamaño original.

Era una disminución de tamaño mucho más rápida que la que se podría haber conseguido incluso con la radioterapia más fuerte. Diez días después de la primera inyección de Krebiozen, Wright dejó el hospital y, por lo que podían decir los médicos al menos, se había librado del cáncer. Cuando ingresó en el hospital necesitaba una mascarilla de oxígeno para respirar, cuando salió, estaba lo bastante bien como para volar en su propio avión a doce mil pies de altura sin sentir malestar alguno.


Wright siguió estando bien durante un par de meses aproximadamente, pero entonces empezaron a aparecer artículos afirmando que el Krebiozen no hacía efecto en el cáncer de nódulos del sistema linfático. Wright, que tenía una forma de pensar estrictamente lógica y científica, se deprimió mucho, sufrió una recaída y reingresó en el hospital.

Esa vez, el médico decidió intentar un experimento. Le dijo a Wright que el Krebiozen era tan eficaz como parecía, pero que algunas de las remesas iniciales de la medicina se habían deteriorado durante el transporte. Le explicó, no obstante, que tenía una versión nueva de la medicina, muy concentrada, y que podía tratarle con ella.

Por supuesto que el médico no tenía una versión nueva de la medicina y lo que se proponía era inyectarle a Wright agua pura. Para crear el clima apropiado creó incluso un procedimiento elaborado antes de inyectarle el placebo.


Nuevamente los resultados fueron espectaculares. Las masas tumorales se derritieron, el fluido del pecho desapareció y Wright no tardó en estar otra vez en pie sintiéndose estupendamente. Estuvo sin síntomas durante otros dos meses, pero entonces la American Medical Association anunció que, en un estudio sobre el Krebiozen realizado en todo el país, se había descubierto que la medicina era totalmente inútil en el tratamiento del cáncer. Aquella vez, la fe de Wright se hizo añicos.

El cáncer resurgió otra vez y Wright murió dos días después.


La historia de Wright es una historia trágica, pero tiene un mensaje poderoso: cuando somos lo bastante afortunados como para evitar la incredulidad y utilizar las fuerzas curativas que hay en nuestro interior, podemos hacer que los tumores desaparezcan en una noche.


En el caso del Krebiozen, sólo había una persona implicada, pero hay casos similares en los que existe mucha más gente involucrada. Veamos lo que pasó con una sustancia utilizada en quimioterapia llamada cisplatino. Cuando estuvo disponible por primera vez, se promocionó también como una medicina milagrosa y el 75 por ciento de la gente que la tomó se benefició del tratamiento.

No obstante, cuando pasó la ola del entusiasmo inicial y su uso se hizo más rutinario, la proporción de eficacia bajó hasta un 25 o un 30 por ciento.

Aparentemente, la mayor parte del beneficio obtenido con el cisplatino fue consecuencia del efecto placebo.


¿Funciona realmente alguna medicina?
Estas anécdotas plantean una cuestión importante.

Si medicinas como el Krebiozen y el cisplatino funcionan cuando creemos en ellas y dejan de funcionar cuando dejamos de creer en ellas, ¿qué implica esto sobre la naturaleza de las medicinas en general? Es una pregunta difícil de contestar, pero tenemos algunas pistas.

Por ejemplo, Herbert Benson, médico de la Facultad de Medicina de Harvard, señala que la gran mayoría de los tratamientos recetados antes del siglo XX era inútil, desde el sangrado con sanguijuelas hasta el consumo de sangre de lagarto, pero que sin duda sirvieron de ayuda al menos durante algún tiempo, debido al efecto placebo.


Benson, junto con el doctor David P. McCallie jr., del Laboratorio Thorndike de Harvard, ha analizado estudios de diversos tratamientos prescritos durante años para la angina de pecho y ha descubierto que, aunque fueron remedios transitorios, la proporción de éxitos fue siempre alta, incluso en tratamientos que hoy en día están desacreditados.

Estas dos observaciones ponen de manifiesto que el efecto placebo ha jugado un papel importante en la medicina en el pasado, pero ¿lo sigue jugando en la actualidad? La respuesta es sí, al parecer. La Federal Office of Technology Assessment estima que no se ha hecho un examen científico riguroso a más del 75 por ciento de los tratamientos médicos reales, cifra que sugiere que quizá los médicos sigan suministrando placebos sin saberlo (Benson, por lo pronto, cree que, como mínimo, muchos medicamentos que no requieren receta médica actúan principalmente como placebos).


En función de los datos que hemos visto hasta el momento, casi deberíamos preguntarnos si todas las medicinas son placebos o no. Evidentemente la respuesta es que no. Muchas medicinas son eficaces creamos en ellas o no: la vitamina C libra del escorbuto y la insulina mejora a los diabéticos aun cuando sean escépticos. Pero el asunto no es tan claro como parece.

Consideremos lo siguiente.


En un experimento de 1962, los doctores Harriet Linton y Robert Langs dijeron a los sujetos del mismo que iban a participar en un estudio sobre los efectos del LSD, pero les dieron un placebo en vez de LSD. Sin embargo, media hora después de tomarlo empezaron a experimentar los clásicos síntomas de la droga real, pérdida de control, supuesta revelación del significado de la existencia y demás. Aquellos «viajes placebo» duraron varias horas.


Unos cuantos años después, en 1966, el psicólogo de Harvard Richard Alpert viajó a Oriente en busca de hombres santos que pudieran revelarle alguna cosa sobre la experiencia con el LSD. Encontró a varios que estaban dispuestos a probar la droga y, curiosamente, obtuvo diversas reacciones. Un experto le dijo que era buena, pero no tanto como la meditación. Otro, un lama tibetano, se quejó de que sólo le había producido dolor de cabeza.


Pero la reacción que le fascinó fue la de un santo hombrecito arrugado, en las laderas del Himalaya. Como tenía más de 60 años, el primer impulso de Alpert fue darle una dosis suave de entre 50 y 75 miligramos. Pero el hombre mostraba mucho más interés por una de las píldoras de 305 miligramos que Alpert había llevado consigo, una dosis relativamente alta.

Alpert le dio a regañadientes una de aquellas píldoras, pero el hombre no se quedó satisfecho. Con un guiño, le pidió otra y luego otra más, y se colocó 915 miligramos de LSD sobre la lengua y se los tragó. Era una dosis masiva desde cualquier parámetro (como dato para comparar, podemos decir que la dosis que utilizaba Grof en sus estudios era, por termino medio, de unos 200 miligramos).


Alpert, horrorizado, le observaba atentamente, esperando que empezara a agitar los brazos y a gritar como una banshee ; pero el hombre se comportaba como si nada hubiera pasado. Siguió así durante el resto del día, con una conducta tan serena e imperturbable como siempre, salvo por las miradas risueñas que lanzaba a Alpert de vez en cuando. Aparentemente, el LSD le hacía muy poco efecto o ninguno.

A Alpert le emocionó tanto la experiencia que dejó el LSD, cambió su nombre por el de Ram Dass y se convirtió al misticismo.


Así pues, tomar un placebo bien puede producir el mismo efecto que tomar la droga real, y tomar la droga real podría no producir efecto alguno. Es un mundo al revés que se ha demostrado también en experimentos con anfetaminas. En un estudio, se metieron diez individuos en dos habitaciones. En la primera habitación, administraron una anfetamina estimulante a nueve de ellos y al décimo le dieron un barbitúrico que producía sueño. En la segunda habitación se invirtió la situación.

En ambos casos, la persona singularizada se comportó exactamente igual que sus compañeros. En la primera habitación, la única persona que había tomado el barbitúrico, en vez de quedarse dormida, se animó y se aceleró y, en la segunda habitación, el único que había tomado la anfetamina se quedó dormido.

También hay un caso registrado de un hombre adicto al estimulante Ritalin, cuya adicción se transfirió después al placebo. En otras palabras: su médico consiguió evitarle todos los efectos desagradables que conlleva la retirada del Ritalin, reemplazando en secreto el medicamento prescrito por píldoras de azúcar.

Desgraciadamente, ¡el hombre pasó a mostrar adicción al placebo!


Estos hechos no se limitan a situaciones acaecidas en experimentos. Los placebos desempeñan también un papel en nuestras vidas cotidianas. La cafeína ¿te mantiene despierto por la noche? Alguna investigación ha mostrado que ni siquiera una inyección de cafeína mantendría despierta a una persona sensible a la cafeína si creyera que le están administrando un sedante.

¿Alguna vez te ha ayudado un antibiótico a superar un catarro o un dolor de garganta?

En caso afirmativo, estabas experimentando un efecto placebo. Los catarros los causan los virus, al igual que los diversos tipos de dolor de garganta, y los antibióticos sólo son eficaces contra las infecciones bacterianas y no contra las infecciones víricas. ¿Has experimentado alguna vez un efecto secundario después de tomar un medicamento?

En un estudio sobre un sedante llamado mefenesina se descubrió que entre un 10 y un 20 por ciento de los sujetos de la prueba experimentaron efectos secundarios negativos – como náuseas, sarpullidos y palpitaciones – con independencia de que hubieran tomado la medicina real o un placebo. De manera similar, en un estudio reciente sobre un nuevo tipo de quimioterapia, perdió el pelo el 30 por ciento de las personas que estaban en el grupo de control, cuyos miembros recibieron el placebo.

Así que si conoces a alguien que esté recibiendo tratamiento de quimioterapia, dile que intente ser optimista en sus expectativas. La mente es una cosa poderosa.


Además de ofrecernos un destello del poder de la mente, los placebos sustentan también un enfoque holográfico de la relación mente/cuerpo.

Como observa la nutricionista y columnista Jane Brody en un artículo en The New York Times,

«la eficacia de los placebos da un apoyo espectacular a la visión “holística” del organismo humano, una visión que está recibiendo cada vez más atención por parte de la investigación médica.


Esa visión sostiene que la mente y el cuerpo interactúan continuamente y están tan inextricablemente unidos que no se pueden tratar como entidades independientes».

El efecto placebo puede estar afectándonos de muchas más maneras de lo que pensamos, como demostró hace poco un misterio médico extraordinariamente sorprendente.

Sin duda habrás oído hablar acerca de la capacidad de la aspirina para disminuir el riesgo de un ataque al corazón; hay una gran cantidad de indicios convincentes que sostienen esa idea. Todo esto está muy bien y es bueno. El único problema es que, según parece, la aspirina no tiene el mismo efecto en las personas que viven en Inglaterra.

Un estudio de seis años de duración en el que participaron 5.139 médicos reveló que no existían pruebas de que la aspirina redujera el riesgo de un ataque al corazón. ¿Hay un fallo en alguna investigación? ¿O quizá hay que echar la culpa a algún tipo de efecto placebo masivo? Sea como fuere, no dejes de creer en los efectos preventivos de la aspirina.

Todavía te puede salvar la vida.


Las repercusiones en la salud de la personalidad múltiple
Otra enfermedad que ejemplifica gráficamente el poder de la mente para afectar al cuerpo es el desorden de personalidad múltiple (DPM).

Además de tener diferentes patrones de ondas cerebrales, las distintas personalidades de un múltiple presentan características psicológicas muy distintas. Cada personalidad tiene su propio nombre y su propia edad, así como sus propios recuerdos y habilidades. A menudo cada una tiene también su propia caligrafía, un género declarado, una formación cultural y una raza propias, y difieren también sus dotes artísticas, la fluidez en un idioma extranjero y el cociente intelectual.


Aún más dignos de resaltar son los cambios biológicos que tienen lugar en el cuerpo de un múltiple cuando cambia de personalidad. Cuando se impone una personalidad, desaparece misteriosamente una dolencia médica de otra personalidad.

El doctor Bennett Braun, de la International Society for the Study of Multiple Personality de Chicago, ha documentado un caso en el que todas las personalidades de un paciente, salvo una, eran alérgicas al zumo de naranja. Si el hombre bebía zumo de naranja cuando el control lo tenía una de sus personalidades alérgicas, le salía una erupción tremenda. Pero si cambiaba a su personalidad no alérgica, la erupción empezaba a desaparecer instantáneamente y podía beber zumo de naranja a placer.


La doctora Francine Howland, psiquiatra de la Universidad de Yale especializada en el tratamiento de la personalidad múltiple, relata un incidente más asombroso aún sobre la reacción de un múltiple a una picadura de avispa. En la ocasión en cuestión, el hombre asistió a su cita programada con la doctora Howland, con el ojo hinchado y completamente cerrado porque le había picado una avispa. Ella pensó que necesitaba atención médica y llamó a un oftalmólogo.

Desgraciadamente, el oftalmólogo no podía ver al hombre hasta una hora más tarde, pero como éste tenía un dolor intenso, la psiquiatra decidió intentar algo. Resultó que una de las personalidades alternativas de aquel hombre era «anestésica», que no sentía dolor en absoluto.

Ella hizo que la personalidad anestésica tomara el control del cuerpo y el dolor cesó. Pero pasó algo más. Cuando el hombre llegó a su cita con el oftalmólogo, la hinchazón había desaparecido y el ojo había recobrado su aspecto normal. El oftalmólogo, al ver que no necesitaba tratamiento, le mandó a su casa.


No obstante, al cabo de un rato, la personalidad anestésica abandonó el control del cuerpo y regresó su personalidad original, junto con todo el dolor y la hinchazón causados por la picadura de la avispa. Al día siguiente, el hombre volvió al oftalmólogo para que por fin le tratara. Ni la doctora Howland ni el paciente le habían dicho al oftalmólogo que el hombre tenía personalidad múltiple.

El oftalmólogo, después de tratar al paciente, llamó por teléfono a la doctora Howland:

«Pensaba que el tiempo le estaba jugando una mala pasada».

La psiquiatra se rió.

«Sólo quería asegurarse de que yo le había llamado realmente el día anterior y que no eran imaginaciones suyas».

Las alergias no es lo único que los múltiples pueden activar y desactivar. Si quedaba alguna duda sobre el control del inconsciente sobre los efectos de las medicinas, la disiparán las prodigiosas dotes farmacológicas que presentan los individuos con personalidad múltiple. Al cambiar de personalidad, un múltiple borracho puede volverse sobrio al instante.

Además, las diversas personalidades responden de manera diferente a medicinas diferentes. Braun relata un caso en el que 5 miligramos de un tranquilizante, Diazepam, sedaron a una personalidad, mientras que 100 miligramos hicieron poco efecto o ninguno en otra.


Muchas veces una o varias personalidades son niños, y cuando se da una medicina a una personalidad adulta y luego toma el control la personalidad del niño, la dosis de adulto puede ser demasiado fuerte para el niño y el resultado es una sobredosis. También es difícil anestesiar a algunos múltiples; hay informes de múltiples que se han despertado en la mesa de operaciones cuando toma el control una de sus personalidades «inanestesiables».


Entre otros trastornos que pueden variar de una personalidad a otra figuran las cicatrices, las quemaduras, los quistes, así como el ser zurdo o diestro.

También puede ser distinta la agudeza visual, algunos múltiples tienen que llevar dos o tres pares de gafas diferentes para que se adapten a sus personalidades alternantes. Una personalidad puede ser daltónica y otra no y hasta puede cambiar el color de los ojos. Hay casos de mujeres que tienen dos o tres periodos menstruales al mes porque cada una de sus personalidades tiene su propio ciclo.

La logopeda Christy Ludlow ha averiguado que el tipo de voz de cada una de las personalidades de los múltiples es diferente, una hazaña que requiere un cambio psicológico muy profundo, pues ni siquiera el actor más hábil puede modificar su voz lo bastante como para disfrazarla. Un múltiple que ingresó en un hospital por diabetes dejó desconcertados a sus médicos porque no mostraba ningún síntoma cuando tomaba el control una de sus personalidades no diabéticas.

Hay informes de epilepsias que aparecen y desaparecen con los cambios de personalidad, y el psicólogo Robert A. Phillips Jr. cuenta que incluso pueden aparecer y desaparecer tumores (aunque no especifica qué clase de tumores).


Los múltiples también tienden a curarse antes que las personas normales. Por ejemplo, hay varios casos registrados de curaciones extraordinariamente rápidas de quemaduras de tercer grado. Y lo más espeluznante de todo: al menos una investigadora – la doctora Cornelia Wilbur, la terapeuta cuyo tratamiento pionero a Sybil Dorsett fue descrito en el libro Sybil – está convencida de que los múltiples no envejecen tan deprisa como las demás personas.


¿Cómo pueden ocurrir todas estas cosas? En un simposio sobre el síndrome de la personalidad múltiple, una múltiple llamada Cassandra ofreció una posible respuesta.

Cassandra atribuye su capacidad para curarse rápidamente tanto a las técnicas de visualización que practica como a algo que denomina «procesamiento paralelo».

Según explica, sus personalidades alternativas son conscientes incluso cuando no tienen el control de su cuerpo. Ello le permite «pensar» en multitud de canales distintos a la vez, hacer cosas como trabajar simultáneamente en varios periódicos de distinta periodicidad e incluso «dormir» mientras otras personalidades le preparan la cena y limpian la casa.


De ahí que, mientras que la gente normal hace ejercicios de visualización de imágenes curativas dos o tres veces al día, Cassandra practica día y noche.

Tiene incluso una personalidad llamada Celese que tiene conocimientos sólidos de anatomía y fisiología y cuya sola función consiste en pasar veinticuatro horas al día meditando y visualizando el bienestar de su cuerpo. Según ella, esa dedicación a su salud a tiempo completo le da una ventaja sobre la gente normal. Otros múltiples han reivindicado cosas parecidas.


Atribuimos demasiada importancia al carácter inevitable de las cosas. Si tenemos la vista mal, creemos que tendremos la vista mal de por vida, y si padecemos diabetes, no pensamos ni por un momento que la enfermedad podría desaparecer con un cambio de estado de ánimo o de forma de pensar. Pero el fenómeno de la personalidad múltiple pone esas creencias en tela de juicio y ofrece pruebas de lo mucho que nuestro estado de ánimo puede afectar al cuerpo fisiológicamente.

Si la psique de un individuo con un desorden de personalidad múltiple es una especie de holograma de imágenes múltiples, al parecer el cuerpo también lo es y puede cambiar de una situación fisiológica a otra con la misma rapidez con que se barajan las cartas.


Los sistemas de control que tienen que funcionar para explicar todas esas aptitudes son inconcebibles y hacen desmerecer nuestra capacidad de deshacernos de una verruga. La reacción alérgica a una picadura de avispa es un proceso complejo y polifacético que entraña la acción organizada de los anticuerpos, la producción de histamina, la dilatación y rotura de vasos sanguíneos, una descarga excesiva de sustancias inmunitarias, etcétera.

¿Qué vías de influencia desconocidas permiten que la mente de un múltiple paralice todos esos procesos de repente? O ¿qué les permite suspender los efectos del alcohol y de otras drogas en la sangre o hacer que la diabetes aparezca y desaparezca?

De momento no lo sabemos y debemos consolarnos con un simple hecho: una vez que el múltiple ha seguido una terapia y ha vuelto a ser una totalidad en cierto modo, todavía puede seguir cambiando de personalidad a su antojo. Esto sugiere que en algún lugar de nuestra psique todos tenemos la capacidad de controlar esas cosas.

Y, no obstante, eso no es todo lo que podemos hacer.


Embarazo, trasplantes de órganos y utilización del nivel genético
Como hemos visto ya, las simples creencias cotidianas también pueden causar un poderoso efecto en el cuerpo.

Naturalmente, la mayoría de nosotros carece de la disciplina mental necesaria para controlar totalmente nuestras creencias (y por eso los médicos tienen que utilizar placebos para engañarnos y conseguir así que aprovechemos las fuerzas curativas que tenemos dentro de nosotros).

Para recuperar el control, primero tenemos que entender los distintos tipos de creencias que pueden afectarnos, porque también ellas pueden proporcionar una perspectiva única de la flexibilidad de la relación cuerpo/mente.


Creencias culturales
Un tipo de creencia es el que nos impone la sociedad en que vivimos.

Por ejemplo, los habitantes de las islas Trobriand mantienen libremente relaciones sexuales antes del matrimonio, pero está muy mal visto el embarazo prematrimonial. No utilizan anticonceptivos de ningún tipo y rara vez recurren al aborto, por no decir nunca. Con todo, el embarazo antes del matrimonio es prácticamente desconocido. Esto sugiere que, dadas sus creencias culturales, las mujeres solteras se impiden inconscientemente a sí mismas quedarse embarazadas.

Hay indicios de que puede estar pasando algo similar en nuestra propia civilización. Casi todo el mundo conoce a una pareja que ha estado años intentando tener un hijo infructuosamente. Al final adoptan un niño y poco después la mujer se queda embarazada. Esto indica entonces que el tener un hijo posibilitó finalmente que la mujer y/o el hombre superara algún tipo de inhibición que estaba bloqueando los efectos de su fertilidad.


También pueden afectarnos sobremanera los temores que compartimos con otros miembros de nuestra civilización. En el siglo XIX, la tuberculosis mataba a miles y miles de personas, pero, desde el decenio de 1880, la tasa de mortalidad empezó a caer en picado.

¿Por qué? Antes de esa década, nadie sabía cuál era la causa de la tuberculosis, lo cual le daba un aura de misterio aterrador.

Pero en 1882, el doctor Robert Koch hizo el descubrimiento trascendental de que la causa de la tuberculosis era una bacteria. Una vez que esa información llegó al público en general, la tasa de mortalidad descendió de 600 por 100.000 a 200 por 100.000, a pesar de que todavía faltaba casi medio siglo para que se encontrara un tratamiento médico eficaz.


Aparentemente, el miedo también ha sido un factor importante en la proporción de éxitos obtenidos en los trasplantes de órganos. En la década de 1950, los trasplantes de riñones eran sólo una posibilidad fascinante. Entonces, un médico en Chicago hizo lo que parecía un trasplante exitoso. Publicó sus conclusiones y poco después se hicieron otros trasplantes en todo el mundo. Luego falló el primer trasplante. De hecho, el médico descubrió que en realidad el riñón había sido rechazado desde el principio.

Pero no importaba. Siempre que los receptores de los trasplantes creyeran que podían sobrevivir, lo hacían, y la proporción de éxitos aumentó muy por encima de cualquier expectativa.


Creencias que encarnamos en nuestras actitudes
Las creencias también se manifiestan en nuestras vidas a través de las actitudes.

Hay estudios que han demostrado que la actitud de una madre embarazada con respecto a su bebé, y al embarazo en general, tiene una relación directa con las complicaciones que tendrá durante el parto, así como con los problemas médicos que tendrá su hijo después de nacer. En efecto, en la pasada década, hubo una avalancha de estudios demostrando los efectos de nuestras actitudes en un sinfín de dolencias médicas.

Las personas que obtuvieron las puntuaciones más altas en las pruebas concebidas para medir la hostilidad y la agresión tienen siete veces más posibilidades de morir a causa problemas de corazón que las que obtuvieron puntuaciones bajas. Las mujeres casadas tienen sistemas inmunitarios más potentes que las mujeres separadas o divorciadas, y las mujeres felizmente casadas poseen sistemas inmunitarios más potentes todavía.

Las personas con sida que muestran un espíritu luchador viven más tiempo que los individuos infectados con sida que tienen una actitud pasiva. La gente con cáncer también vive más tiempo si mantiene un espíritu luchador. Los pesimistas cogen más catarros que los optimistas.

El estrés disminuye la respuesta inmunitaria ; la incidencia de la enfermedad aumenta en quienes han perdido a su cónyuge, etcétera, etcétera, etcétera.


Creencias que expresamos mediante el poder de la voluntad
Los tipos de creencia que hemos examinado hasta ahora pueden considerarse mayormente creencias pasivas, creencias que permitimos que nos imponga la civilización o nuestros pensamientos en estado normal.

Por otra parte, la creencia consciente en forma de una voluntad inflexible e inquebrantable se puede utilizar para conformar y controlar el cuerpo holográfico. En la década de 1970, Jack Schwarz, escritor y conferenciante nacido en Holanda, dejó boquiabiertos a los investigadores de los laboratorios americanos, de una punta a otra de Estados Unidos, con su capacidad para controlar deliberadamente los procesos biológicos internos de su cuerpo.


En estudios realizados en la Fundación Menninger, en el Instituto neuropsiquiátrico Langley Porter de la Universidad de California y en otros lugares, Schwarz asombró a los médicos atravesándose los brazos con agujas gigantescas de las que utilizan los fabricantes de velas, de más de quince centímetros, sin sangrar, sin arredrarse y sin producir ondas cerebrales beta (el tipo de ondas cerebrales que produce normalmente una persona cuando siente dolor).

Cuando le quitaron las agujas, seguía sin sangrar y los agujeros de los pinchazos se le cerraron bien. Además, Schwarz alteraba a voluntad el ritmo de las ondas cerebrales, se ponía cigarrillos encendidos contra la carne sin hacerse daño y hasta soportaba carbón en ascuas en las manos.

Afirmaba que adquirió esas habilidades mientras estuvo en un campo de concentración nazi y tuvo que aprender a controlar el dolor para resistir los terribles golpes que tuvo que soportar. Cree que cualquiera puede aprender a controlar el cuerpo voluntariamente y asumir así la responsabilidad de su propia salud.


Extrañamente, en 1947 apareció otro holandés que mostraba aptitudes similares. Se llamaba Mirin Dajo y dejaba perplejos a los espectadores que acudían a sus representaciones públicas en el teatro Corso de Zurich. De forma que pudiera verlo todo el mundo, hacía que un ayudante le atravesara completamente el cuerpo con un florete, perforando claramente órganos vitales pero sin causarle daño ni dolor algunos.

Al igual que Schwarz, tampoco sangraba cuando se le extraía el florete, y una leve línea roja era la única marca, que señalaba el punto por el que había entrado y salido.


Su actuación provocó tales reacciones nerviosas, que al final un espectador sufrió un ataque al corazón y a Dajo se le prohibió legalmente actuar en público. Pero un médico suizo llamado Hans Naegeli-Osjord oyó hablar de sus supuestas habilidades y le preguntó si podía someterle a un examen científico. Dajo accedió y el 31 de mayo de 1947 ingresó en un hospital de Zurich.

Además del doctor Hans Naegeli-Osjord, estaban presentes el doctor Werner Brunner, jefe de cirugía del hospital, así como otros muchos médicos, estudiantes y periodistas. Dajo se desnudó el pecho y se concentró, y después hizo que su ayudante le hundiera el florete en el cuerpo, de modo que pudiera verlo toda la concurrencia.


Como siempre, no manó sangre y Dajo permaneció completamente inalterable. Pero él era el único que sonreía. El resto de la multitud se había quedado estupefacta. Con arreglo a lo que corresponde, los órganos vitales de Dajo deberían haber sufrido daños severos, por lo que su buena salud aparente era demasiado para que pudieran soportarlo los médicos.

Llenos de incredulidad, le preguntaron si se sometería a los rayos X. Él accedió y sin esfuerzo aparente por su parte les acompañó escaleras arriba a la sala de rayos X, con el abdomen atravesado aún por el florete. Le hicieron radiografías y el resultado era innegable: Dajo estaba atravesado de verdad. Finalmente, a los veinte minutos cumplidos de que le clavaran el florete, se lo extrajeron dejando sólo dos leves cicatrices.

Posteriormente, varios científicos de Basilea le hicieron unas pruebas e incluso dejó que los propios doctores le atravesaran con el florete. Más tarde, el doctor Naegeli-Osjord relató el caso detalladamente al físico alemán Alfred Stelter, y éste lo cuenta en su libro Curación Psi.


Tales proezas tan por encima de lo normal no son exclusivas de los holandeses. En los años sesenta, Gilbert Grosvenor, presidente de la National Geographic Society, su esposa, Donna, y un equipo de fotógrafos de la Sociedad, viajaron a un pueblo de Ceilán para contemplar los supuestos milagros de un taumaturgo local llamado Mohotty.

Al parecer, cuando era pequeño, Mohotty rezó a una divinidad ceilandesa llamada Kataragama y le dijo que si libraba a su padre de una acusación de asesinato, él, Mohotty, todos los años haría penitencia en honor de Kataragama. El padre de Mohotty fue liberado y el hijo, fiel a su palabra, hacía su penitencia todos los años.


Ésta consistía en caminar sobre carbón en ascuas, atravesar fuego, clavarse espetones en las mejillas, introducirse espetones en los brazos desde los hombros hasta las muñecas e insertarse profundamente grandes ganchos en la espalda para luego arrastrar por el patio una especie de trineo enorme que estaba atado con cuerdas a los ganchos. Como contaban posteriormente los Grosvenor, los ganchos tiraban de la carne de la espalda de Mohotty tensándola mucho, pero, nuevamente, no había señales de sangre.

Cuando Mohotty terminó y le quitaron los ganchos, ni siquiera había rastro de heridas. El equipo fotografió aquella estremecedora exhibición y publicó las fotografías y un relato del episodio en el ejemplar de abril de 1966 del National Geographic.


En 1967, la revista Scientific American publicó un reportaje sobre un ritual anual similar que tenía lugar en la India. En aquel caso, la comunidad local elegía cada año a una persona diferente y, tras una larguísima ceremonia, clavaban en la espalda de la víctima dos ganchos lo bastante grandes como para colgar medio buey de ellos.

Tras pasar unas cuerdas por los ganchos, las ataron a las varas de un carro de bueyes y luego la víctima caminaba por los campos trazando arcos inmensos, como ofrenda sacramental a los dioses de la fertilidad.

Cuando le quitaron los ganchos, la víctima estaba ilesa, no había sangre y prácticamente ni siquiera tenía señales de los pinchazos en la carne.


Creencias inconscientes
Como hemos visto anteriormente, si no somos lo bastante afortunados como para tener el autodominio de Dajo o de Mohotty, podemos acceder a la fuerza sanadora que tenemos dentro de nosotros de otra manera: evitando la gruesa coraza de la duda y el escepticismo que existe en la mente consciente.

Una forma de conseguirlo es ser engañados con un placebo. La hipnosis es otra. Un buen hipnotizador – como el cirujano que llega hasta un órgano interno y altera la situación en que se encuentra – puede también llegar hasta la psique y ayudarnos a cambiar la clase más importante de creencias, las creencias inconscientes.


Numerosos estudios han demostrado irrefutablemente que una persona hipnotizada puede influir en procesos que habitualmente se consideran inconscientes.

Por ejemplo, al igual que las personas con personalidad múltiple, individuos hipnotizados profundamente pueden controlar reacciones alérgicas, el ritmo de la circulación sanguínea y la miopía. Además, son capaces de controlar el ritmo cardíaco, el dolor, la temperatura corporal e incluso eliminar algunas marcas de nacimiento.

La hipnosis se puede utilizar también para conseguir algo tan absolutamente extraordinario como no mostrar herida alguna tras tener un florete clavado en el abdomen.


Ese algo incluye un mal hereditario que desfigura horriblemente, conocido como la enfermedad de Brocq. A las personas que la padecen, les sale en la piel una especie de cubierta callosa y gruesa que se asemeja a las escamas de un reptil. La piel puede llegar a estar tan endurecida y tan rígida que el más mínimo movimiento hace que se raje y sangre.

Muchas personas llamadas «piel de cocodrilo» que aparecían en espectáculos circenses padecían en realidad el mal de Brocq; las víctimas de dicha enfermedad solían tener una vida relativamente corta, debido al riesgo de las infecciones.


Hasta 1951, la enfermedad de Brocq era incurable. Aquel año, como último recurso, remitieron a un chico de 16 años con la enfermedad bastante avanzada a un terapeuta hipnotizador, llamado A. A. Mason, que trabajaba en Londres en el Queen Victoria Hospital. Mason descubrió que el chico era un buen sujeto para la hipnosis y que era fácil sumirlo en un trance profundo.

Mientras estaba en trance, Mason le dijo que se estaba curando y que pronto desaparecería su enfermedad. Cinco días después, se le cayó la capa de escamas que le cubría el brazo izquierdo, dejando ver la carne blanda y saludable que había debajo. Al cabo de diez días, el brazo era completamente normal. Mason y el chico siguieron trabajando sobre diferentes zonas del cuerpo hasta que desapareció toda la piel escamosa.

El chico siguió sin tener síntomas durante cinco años, por lo menos, momento en el cual Mason perdió el contacto con él.


Se trata de un hecho extraordinario porque la enfermedad de Brocq es una afección genética y librarse de ella entraña algo más que el mero control de procesos autónomos, tales como el ritmo de la circulación sanguínea y diversas células del sistema inmunológico. Implica la utilización del plano maestro, esto es, el ADN, programándose a sí mismo.

Así pues, podría parecer que cuando accedemos a los estratos adecuados de nuestras creencias, nuestras mentes pueden llegar incluso a hacer caso omiso de la estructura genética.


Creencias encarnadas en la fe
Las creencias más poderosas son tal vez las que expresamos a través de la fe espiritual.

En 1962, un hombre llamado Vittorio Michelli ingresó en el hospital militar de Verona (Italia) con un gran tumor canceroso en la cadera izquierda. El pronóstico era tan funesto que le mandaron a su casa sin tratamiento y al cabo de diez meses se le había desintegrado completamente la cadera, dejando el hueso superior de la pierna flotando en una masa de tejido blando.

El hombre se estaba deshaciendo literalmente. Como último recurso, viajó a Lourdes e hizo que le bañaran en la piscina (por aquel entonces estaba escayolado y sus movimientos eran bastante limitados). Nada más entrar en el agua tuvo una sensación inmediata de calor que se movía por todo el cuerpo. Después del baño, recobró el apetito y sintió una energía renovada.

Se dio varios baños más y luego regresó a su casa.


Durante el mes siguiente notó una sensación creciente de bienestar tal, que insistió a los médicos que le volvieran a hacer una radiografía. Descubrieron que el tumor era más pequeño. Estaban tan intrigados que documentaron su mejoría paso a paso. Fue una buena cosa porque cuando le desapareció el tumor, el hueso empezó a regenerarse y la comunidad médica en general considera que eso es imposible.

A los dos meses escasos se levantaba y andaba de nuevo y al cabo de varios años se le reconstruyó el hueso completamente.


Se envió un expediente del caso Michelli a la Comisión Médica del Vaticano, un grupo internacional de médicos creado para investigar esa clase de asuntos. Tras examinar las pruebas, la comisión decidió que Michelli había experimentado un milagro ciertamente.

En su informe oficial, declaró:

«Se ha producido una reconstrucción extraordinaria del hueso ilíaco y de la cavidad ilíaca. Las radiografías realizadas en 1964, 1965, 1968 y 1969 confirman categóricamente y sin lugar a dudas que ha tenido lugar una reconstrucción ósea imprevista y sobrecogedora, de una clase desconocida en los anales del mundo de la medicina».

¿Fue la curación de Michelli un milagro en el sentido de que violó alguna ley física conocida?

Aunque todavía no hay ninguna decisión sobre esta cuestión, parece que no hay un motivo claro para creer que se violara alguna ley. Más bien, la curación de Michelli puede deberse simplemente a procesos naturales que todavía no entendemos.

Teniendo en cuenta la gama de capacidades curativas únicas que hemos contemplado hasta ahora, es evidente que hay muchas formas de interacción entre la mente y el cuerpo que todavía no comprendemos.


Si la curación de Michelli se pudiera atribuir a un proceso natural no descubierto, podríamos preguntar: ¿por qué es tan rara la regeneración del hueso? ¿Qué la desencadenó en el caso de Michelli? Tal vez la regeneración ósea sea rara porque lograrla requiere acceder a niveles muy profundos de la psique, niveles a los que normalmente no se accede a través de las actividades normales de la consciencia.

Esto parece explicar por qué es necesaria la hipnosis para conseguir que remita la enfermedad de Brocq. En cuanto se refiere a lo que provocó la curación de Michelli, la fe es sin duda la principal sospechosa, dado el papel que desempeña en tantos ejemplos relativos a la flexibilidad de la relación mente/cuerpo. ¿No podría ser que Michelli, mediante su fe en el poder curativo de Lourdes, realizara su propia curación, bien conscientemente, bien por una feliz casualidad?


Hay datos convincentes de que la fe, y no la intervención divina, es el principal agente al menos en algunos de los llamados sucesos milagrosos. Recordemos que Mohotty adquirió un control de sí mismo fuera de lo normal rezando a Kataragama y, a menos que estemos dispuestos a aceptar la existencia de Kataragama, la creencia firme y pertinaz de que estaba protegido por la divinidad parece ser la mejor explicación de sus habilidades.

Lo mismo podría decirse de muchos milagros producidos por santos y taumaturgos cristianos.


Un milagro cristiano generado al parecer por el poder de la mente es la estigmatización. La mayoría de los eruditos eclesiásticos están de acuerdo en que san Francisco de Asís fue la primera persona que manifestó espontáneamente las heridas de la crucifixión, pero desde su muerte, ha habido centenares de personas estigmatizadas literalmente.

Aunque no hay dos ascetas que muestren los estigmas de la misma manera, todos tienen una cosa en común. Desde san Francisco, todos han tenido heridas en las manos y en los pies que representan los lugares por donde Cristo fue clavado a la cruz. Pero eso no es lo que se esperaría si fuera Dios quien otorgara los estigmas.

Como señala D. Scott Rogo, parapsicólogo y profesor de la Universidad John F. Kennedy de Orinda, California, la costumbre romana era insertar los clavos en las muñecas, hecho que corroboran varios restos de esqueletos del tiempo de Cristo.

Los clavos insertados en las palmas de las manos no pueden sostener el peso de un cuerpo colgado en una cruz.


¿Por qué san Francisco y todos los estigmatizados que surgieron tras él creían que los agujeros de los clavos atravesaban las manos? Porque ésa es la forma en que los artistas han representado las heridas desde el siglo VIII. Que el arte ha influido en la posición e incluso en el tamaño y la forma de los estigmas es especialmente evidente en el caso de una estigmatizada italiana llamada Gema Galgani, que murió en 1903.

Las heridas de Gema reproducían con precisión los estigmas de su crucifijo favorito.


Otro investigador que creía que los estigmas son autoinducidos era Herbert Thurston, un sacerdote inglés que escribió varios volúmenes sobre los milagros. En su obra magna, Los fenómenos físicos del misticismo, publicada póstumamente en 1952, enumeró varias razones por las que pensaba que los estigmas eran producto de la autosugestión.

El tamaño, la forma y la situación de las heridas varía de un estigmatizado a otro, una incongruencia que indica que no proceden de una fuente común, a saber, las heridas reales de Cristo. Una comparación de las visiones que tuvieron varios estigmatizados muestra también poca congruencia, lo cual sugiere que no eran representaciones de la crucifixión histórica, sino más bien producto de la propia mente del estigmatizado.

Y quizá lo más significativo es que un porcentaje sorprendentemente alto de los estigmatizados sufría también de histeria, lo que Thurston interpretaba como un indicio más de que los estigmas son un efecto secundario de una psique voluble y anormalmente emotiva y no son necesariamente obra de una psique iluminada.

A la vista de esta información, no es de extrañar que incluso algunos de los miembros más liberales del liderazgo católico crean que los estigmas son producto de la «contemplación mística», es decir, que los crea la mente durante periodos de meditación intensa.


Si los estigmas son producto de la autosugestión, el control que la mente tiene sobre el cuerpo holográfico debe de ser todavía más amplio. Al igual que las heridas de Mohotty, los estigmas se pueden curar a una velocidad desconcertante. La capacidad que mostraban algunos estigmatizados para desarrollar protuberancias similares a los clavos en mitad de sus heridas pone más de manifiesto aún la casi ilimitada plasticidad del cuerpo.

Por otra parte, san Francisco fue el primero en mostrar ese fenómeno.

Como escribió Tomás de Celano, testigo de los estigmas de san Francisco y biógrafo suyo,

«sus manos y pies parecían estar atravesados en la mitad por clavos. Estas marcas eran redondas en la cara interna de las manos y alargadas en el otro lado, y se veían ciertos trozos pequeños de carne como los extremos de clavos doblados y clavados hacia atrás, proyectándose desde el resto de la carne».

San Buenaventura, otro contemporáneo de san Francisco, también contempló los estigmas del santo y dijo que los clavos estaban definidos tan claramente que uno podía deslizar un dedo por debajo de ellos y dentro de las heridas.

Los clavos de san Francisco, si bien parecían estar formados por carne endurecida y ennegrecida, poseían otra cualidad similar a los clavos. De acuerdo con Tomás de Celano, si se presionaba sobre un clavo por un lado, se proyectaba inmediatamente por el otro, justamente lo que haría un clavo real si se deslizara hacia adelante y hacia atrás por el centro de la mano.


Teresa Neumann, la famosa estigmatizada bávara que murió en 1962, tuvo también protuberancias similares a los clavos. Como las de san Francisco, estaban formadas aparentemente por piel endurecida. Varios médicos las examinaron a conciencia y descubrieron que eran estructuras que le atravesaban completamente las manos y los pies.

A diferencia de las heridas de san Francisco, que estaban continuamente abiertas, las heridas de Neumann sólo se abrían periódicamente y en cuanto dejaban de sangrar, enseguida se formaba un tejido blando y membranoso sobre ellas.


Otros estigmatizados presentaron asimismo profundas alteraciones en sus cuerpos. El padre Pío, el famoso estigmatizado italiano que murió en 1968, tenía heridas de los estigmas que le atravesaban las manos completamente. Una herida que tenía en el costado era tan profunda que los médicos que la examinaron temían medirla por miedo a dañar sus órganos internos.

La venerable Giovanna María Solimani, una estigmatizada italiana del siglo XVIII, tenía heridas en las manos lo bastante profundas como para sostener una llave en su interior. Sus heridas, como las de todos los estigmatizados, jamás se pudrían, ni se infectaban, ni se inflamaban siquiera.

Y otra estigmatizada dieciochesca, santa Verónica Giuliani, abadesa de un convento en Cittá di Castello en Umbría, Italia, tenía una gran herida en el costado que se abría y cerraba cuando se lo mandaban.


Imágenes que se proyectan fuera del cerebro
El modelo holográfico ha despertado el interés de investigadores de la Unión Soviética; dos psicólogos soviéticos, los doctores Alexander P. Dubrov y Veniamin N. Pushkin, han escrito extensamente sobre él.

Creen que la capacidad de procesamiento de frecuencias por parte del cerebro no prueba en sí misma ni por sí misma la naturaleza holográfica de las imágenes y pensamientos de la mente humana.

No obstante, apuntan lo que podría constituir dicha prueba. En su opinión, si se pudiera encontrar un ejemplo en el cual el cerebro proyectase una imagen fuera de sí mismo, quedaría demostrada de manera convincente la naturaleza holográfica de la mente. O, por utilizar sus propias palabras, «una prueba directa de la existencia de hologramas cerebrales sería el registro directo de proyecciones de estructuras psicofísicas fuera de los límites del cerebro».


De hecho, santa Verónica Giuliani nos proporciona esa prueba, según parece. Durante sus últimos años de vida, estaba convencida de que tenía estampadas en el corazón las imágenes de la Pasión. Hizo dibujos de las mismas y anotó incluso dónde estaban situadas. Cuando murió, la autopsia reveló que los símbolos estaban impresos verdaderamente en su corazón, exactamente como ella lo había descrito.

Los dos médicos que llevaron a cabo la autopsia firmaron declaraciones juradas atestiguando lo que habían descubierto.


Otros estigmatizados han tenido experiencias similares. Santa Teresa de Ávila tuvo una visión en la que un ángel le atravesó el corazón con una espada y cuando murió se le encontró una profunda fisura en el corazón. Hoy, su corazón, con la herida de la espada milagrosa claramente visible todavía, está expuesto como reliquia en Alba de Tormes, España.

Una estigmatizada francesa del siglo XIX, llamada Marie-Julie Jahenny, no dejaba de ver una imagen de una flor en su mente y, al final, le apareció sobre el pecho una imagen de una flor y permaneció ahí durante veinte años. Ese don tampoco es exclusivo de los estigmatizados.

En 1913, una niña de 12 años de un pueblo francés llamado Bussus-Bus-Suel, en las cercanías de Abbeville, Francia, ocupó los titulares de los periódicos cuando se descubrió que podía mandar conscientemente que le aparecieran imágenes (de perros y caballos, por ejemplo) en los brazos, piernas y hombros. También podía crear palabras, y cuando alguien le hacía una pregunta, la respuesta le aparecía instantáneamente sobre la piel.


Esas manifestaciones constituyen seguramente ejemplos de proyección de estructuras psicofísicas fuera del cerebro. De hecho, los estigmas (y en especial los que están acompañados de protuberancias de carne a modo de clavos) constituyen en cierto modo ejemplos de que el cerebro proyecta imágenes fuera de sí mismo y las graba en el barro blando del cuerpo holográfico.

El doctor Michael Grosso, un filósofo del Jersey City State College que ha escrito largo y tendido sobre el tema de los milagros, ha llegado también a esta conclusión.

Grosso, que viajó a Italia para estudiar de primera mano los estigmas del padre Pío, declara lo siguiente:

«Al intentar analizar al padre Pío, una de las categorías consiste en decir que tenía el don de transformar simbólicamente la realidad física. En otras palabras: el nivel de consciencia en el que estaba actuando le capacitaba para transformar la realidad física a la luz de ciertas ideas simbólicas.

Por ejemplo, se identificaba con las heridas de la crucifixión y su cuerpo se hizo permeable a esos símbolos físicos cuya forma adoptó gradualmente».

Así pues, parece que el cerebro, mediante la utilización de imágenes, puede decir al cuerpo lo que tiene que hacer, entre otras cosas, que fabrique más imágenes.

Imágenes que hacen imágenes. Dos espejos que se reflejan el uno al otro infinitamente.

Ésa es la naturaleza de la relación mente/cuerpo en un universo holográfico.


Leyes conocidas y leyes desconocidas
Al iniciar el capítulo dije que, en vez de examinar los diversos mecanismos que utiliza la mente para controlar el cuerpo, dedicaría las páginas principalmente a analizar el alcance de ese control.

Al hacerlo, no pretendía negar, ni disminuir, la importancia de dichos mecanismos. Son cruciales para comprender la relación mente/cuerpo. Y, al parecer, cada día se hacen nuevos descubrimientos en este campo.


Por ejemplo, en una conferencia sobre psiconeuroinmunología – una ciencia que estudia la forma en que interactúan la mente (psico), el sistema nervioso (neuro) y el sistema inmunitario – Candace Pert, jefa del departamento de Bioquímica del Cerebro del National Institute of Mental Health, anunció que las células inmunológicas tienen receptores de neuropéptidos.

Los neuropéptidos son las moléculas que el cerebro utiliza para comunicar, los telegramas del cerebro, si se quiere. Hubo un tiempo en que se creía que sólo había neuropéptidos en el cerebro. Pero la existencia de receptores (los que reciben los telegramas) en las células del sistema inmunológico significa que dicho sistema no es independiente del cerebro, sino que es una extensión del mismo.

También se han encontrado neuropéptidos en otras partes del cuerpo, lo cual lleva a la doctora Pert a admitir que ya no puede decir dónde termina el cerebro y dónde empieza el cuerpo.


He excluido esos pormenores no sólo porque me parecía que examinar hasta dónde puede la mente conformar y controlar el cuerpo venía más a propósito de lo que estamos discutiendo, sino también porque los procesos biológicos causantes de las interacciones mente/cuerpo constituyen un tema demasiado amplio para este libro.

Al principio del apartado dedicado a los milagros, afirmé que no había ninguna razón evidente para creer que la regeneración del hueso de Michelli no pudiera ser explicada con arreglo a nuestra interpretación actual de la física. Pero esto no es tan cierto en lo relativo a los estigmas. Tampoco parece muy cierto en relación con los diversos fenómenos paranormales que han contado a lo largo de la historia personas creíbles y en los últimos tiempos biólogos, físicos y otros investigadores.


En este capítulo hemos visto las cosas tan asombrosas que puede hacer la mente, cosas que, aunque no se entienden del todo, no parecen violar ninguna ley física conocida.

En el siguiente capítulo veremos otras cosas que la mente puede hacer pero que no se pueden explicar con arreglo a los conocimientos científicos actuales. Como veremos, la idea holográfica también puede arrojar luz sobre esas áreas.

Aventurarnos en esos territorios implicará adentrarnos alguna vez en lo que, en principio, podría parecer un terreno movedizo; implicará asimismo explicar fenómenos aún más desconcertantes e increíbles que la rápida curación de las heridas de Mohotty o las imágenes grabadas en el corazón de santa Verónica Giuliani.

No obstante, veremos de nuevo que la ciencia también está empezando a hacer incursiones en esos campos, a pesar de su carácter amedrentador.


Los microsistemas de acupuntura y el hombrecito de la oreja
Antes de acabar, veamos un último indicio de la naturaleza holográfica del cuerpo que merece ser mencionado.

El antiguo arte chino de la acupuntura se basa en la idea de que todos los órganos y todos los huesos del cuerpo están conectados con puntos específicos de la superficie corporal. Se cree que activando esos puntos de acupuntura, tanto con agujas como con otras formas de estimulación, se pueden aliviar e incluso curar las dolencias y los desequilibrios que afectan a las partes del cuerpo asociadas con esos puntos.

En la superficie del cuerpo hay más de mil puntos de acupuntura organizados en líneas imaginarias llamadas «meridianos».

La acupuntura, aunque todavía es un tema polémico, está ganando aceptación en la comunidad médica e incluso se ha utilizado con éxito para tratar el dolor crónico en el lomo de los caballos de carreras.


En 1957, un médico acupuntor francés llamado Paul Nogier publicó un libro titulado Introducción práctica a la auriculoterapia, en el que anunciaba el descubrimiento de la existencia de dos sistemas menores de acupuntura en ambas orejas, además del sistema de acupuntura principal.

Los denominó «microsistemas de acupuntura», y observaba que si se juega con ellos a una especie de «conecta los puntos», formaban un plano anatómico de un ser humano en miniatura, en posición invertida como un feto. Aunque Nogier no lo sabía, los chinos habían descubierto al «hombrecito de la oreja» casi cuatro mil años antes, pero no se publicó un mapa del sistema auricular chino hasta después de que Nogier ya hubiera reivindicado la idea.


El hombrecito de la oreja no es sólo una nota graciosa en la historia de la acupuntura. El doctor Terry Oleson, un psicobiólogo de la Pain Management Clinic de la Facultad de Medicina de la Universidad de California, en Los Ángeles, ha descubierto que se puede utilizar el microsistema auricular para diagnosticar acertadamente lo que ocurre en el cuerpo.

Oleson ha descubierto, por ejemplo, que un aumento en la actividad eléctrica en uno de los puntos de acupuntura de la oreja indica generalmente una dolencia patológica (tanto presente como pasada) en la zona correspondiente del cuerpo. En un estudio se examinó a cuarenta pacientes para determinar en qué zonas de su cuerpo sentían un dolor crónico.

Después del examen, se envolvió a cada paciente en una sábana para ocultar cualquier problema visible. A continuación, un acupuntor que no conocía los resultados les examinó únicamente las orejas. Cuando se compararon los resultados, se vio que los exámenes de las orejas concordaban con los diagnósticos médicos establecidos el 75,2 por ciento de las veces.


Los exámenes de las orejas también pueden revelar problemas en los huesos y en los órganos internos. Una vez que Oleson había salido a navegar con un conocido suyo se dio cuenta de que el hombre tenía una zona anormalmente escamosa en la piel de la oreja. Por su investigación, Oleson sabía que el punto correspondía al corazón y le comentó que le gustaría que le examinaran el corazón.

Al día siguiente el hombre acudió al médico y averiguó que tenía un problema cardíaco que precisaba una operación inmediata a corazón abierto.


Oleson también utiliza la estimulación eléctrica de los puntos de acupuntura de la oreja para tratar dolores crónicos, problemas de peso, pérdida de pelo y casi todas las clases de adicción. En un estudio realizado a 14 personas adictas a narcóticos, Oleson y sus colegas utilizaron acupuntura en la oreja para eliminar la necesidad de droga en 12 de ellos, en una media de cinco días y con mínimos síntomas de abstinencia.

De hecho, la acupuntura en la oreja ha demostrado un éxito tan grande en la desintoxicación rápida de narcóticos que ahora se utiliza en varias clínicas para tratar a los adictos de la calle tanto en Los Ángeles como en Nueva York.


¿Por qué los puntos de acupuntura de la oreja están alineados siguiendo la forma de un ser humano en miniatura? Oleson cree que se debe a la naturaleza holográfica de la mente y del cuerpo.

Así como cada parte de un holograma contiene la imagen del todo, cada parte del cuerpo humano también puede contener la imagen del todo:

«El hológrafo de la oreja, lógicamente, está conectado al cerebro, que, a su vez, está conectado con todo el cuerpo – afirma – usamos la oreja para influir en el resto del cuerpo trabajando con el hológrafo del cerebro».

Oleson cree que probablemente también hay microsistemas de acupuntura en otras partes del cuerpo.

El doctor Ralph Alan Dale, director del Acupuncture Education Center en el norte de Miami Beach (Florida), está de acuerdo. Tras pasar las dos últimas décadas recopilando datos clínicos y de investigaciones en China, Japón y Alemania, Dale ha acumulado información sobre dieciocho hologramas distintos de acupuntura en el cuerpo, entre los que figuran los de las manos, los pies, los brazos, el cuello, la lengua y hasta las encías.

Como Oleson, Dale piensa que esos microsistemas son «repeticiones holográficas de la anatomía a gran escala» y que todavía hay otros sistemas semejantes en espera de ser descubiertos.

Dale defiende la hipótesis de que cada dedo y hasta cada célula puede contener su propio microsistema de acupuntura, idea que recuerda la afirmación de Bohm de que cada electrón contiene de alguna manera el cosmos.


Richard Leviton, editor colaborador de la revista East West, ha escrito sobre las repercusiones holográficas de los microsistemas de acupuntura y piensa que las técnicas médicas alternativas – como la reflexología, una técnica terapéutica de masaje que implica acceder a todos los puntos del cuerpo a través de la estimulación de los pies, y la iridología, una técnica de diagnóstico que consiste en examinar el iris del ojo para determinar el estado del cuerpo – también pueden ser pruebas de la naturaleza holográfica del cuerpo.

Leviton admite que ninguno de esos campos ha recibido un respaldo experimental (hay estudios de iridología en concreto que han producido resultados extraordinariamente conflictivos), pero cree que la idea holográfica ofrece una manera de entenderlos en el caso de que se establezca la legitimidad de los mismos.


Leviton cree que podría haber algo incluso en relación con la quiromancia. Por quiromancia no se refiere al tipo de lectura de manos que practican los adivinos que se sientan en escaparates y hacen señas a la gente para que entre, sino a la versión india de esa ciencia que tiene cuatro mil quinientos años de antigüedad.

Basa su sugerencia en un encuentro misterioso que tuvo con un indio que leía las manos y vivía en Montreal y que había hecho un doctorado sobre el tema en la Universidad de Agra, India.

«El paradigma holográfico proporciona a las afirmaciones más esotéricas y controvertidas de la quiromancia un contexto para su validación», dice Leviton.

Es difícil juzgar el tipo de quiromancia que practicaba el lector de manos indio citado por Leviton a falta de estudios a doble ciego; la ciencia, no obstante, está empezando a aceptar que las líneas y espirales de la mano contienen al menos alguna información sobre el cuerpo.

Herman Weinreb, neurólogo de la Universidad de Nueva York, ha descubierto que un modelo de huella dactilar, llamada «bucle ulnar», aparece con más frecuencia en los pacientes con Alzheimer que en las personas que no tienen esa enfermedad.

En un estudio de 50 pacientes con Alzheimer y 50 individuos sanos, el 72 por ciento del grupo Alzheimer tenía el bucle cuando menos en 8 huellas dactilares, frente a sólo un 26 por ciento del grupo de control. De los que tenían el bucle ulnar en las diez huellas dactilares, 14 padecían Alzheimer, pero del grupo de control, sólo lo tenían 4 personas.


Hoy se sabe que diez minusvalías comunes, entre otras el síndrome de Down, también están asociadas con varios dibujos que aparecen en la mano.

En Alemania Occidental hay médicos que ahora están usando esa información para analizar huellas de la mano de los padres, con el fin de ayudar a determinar si la madre embarazada debería hacerse una amniocentesis, un examen genético potencialmente peligroso en el que se inserta una aguja en el vientre de la madre para extraer líquido amniótico que será analizado en el laboratorio.


Algunos investigadores del Institute of Dermatoglyphics de Hamburgo (Alemania Occidental) han desarrollado incluso un sistema informático que utiliza un escáner optoeléctrico para hacer una «foto» digitalizada de la mano del paciente.

Luego se compara la mano con las otras diez mil imágenes que tiene en la memoria, se explora para buscar los cerca de 50 motivos distintivos que hoy se sabe que están asociados con varias minusvalías hereditarias y se calculan rápidamente los factores de riesgo del paciente. Así pues, quizá no deberíamos apresurarnos a desechar de antemano la quiromancia.

Las líneas y espirales de la palma de la mano pueden contener más información sobre todo nuestro ser de lo que pensamos.


Aprovechamiento de los poderes del cerebro holográfico
A lo largo de este capítulo destacan dos mensajes con fuerza y claridad.

Según el modelo holográfico, la mente/el cuerpo no puede distinguir en última instancia la diferencia que existe entre los hologramas neuronales que utiliza el cerebro para percibir la realidad y los que evoca cuando imaginamos la realidad.

Ambos producen un efecto espectacular en el organismo humano, un efecto tan poderoso que puede influir en el sistema inmunológico, duplicar y/o negar los efectos de drogas o medicinas potentes, curar heridas con una rapidez asombrosa, deshacer tumores, invalidar la estructura genética y dar nueva forma a la carne viva de una forma casi increíble.

Así pues, éste es el primer mensaje: cada uno de nosotros, al menos en algún nivel, tiene capacidad para influir en la salud y para controlar la forma física de maneras deslumbrantes, nada más y nada menos.

Todos somos taumaturgos en potencia, yoguis durmientes y, según las pruebas presentadas en las páginas precedentes, está claro que todos, como individuos y como especie, tenemos la obligación de dedicar mucho más esfuerzo a explorar y aprovechar esas dotes.


El segundo mensaje es que los elementos que entran en la fabricación de los hologramas neuronales son múltiples y sutiles. Entre ellos están las imágenes sobre las que meditamos, nuestras esperanzas y nuestros miedos, las actitudes de nuestros médicos, nuestros prejuicios inconscientes, nuestras creencias individuales y culturales y la fe que tenemos en lo espiritual y en lo tecnológico.

Más que simples hechos, son claves importantes, indicadores que señalan lo que debemos conocer y dominar con maestría si tenemos que aprender a desencadenar y a manipular esas capacidades.

Hay otros factores implicados, sin duda, otras influencias que conforman y circunscriben esas habilidades, porque hoy debería ser evidente una cosa: en un universo holográfico, un universo en el que un ligero cambio de actitud puede significar la diferencia entre la vida y la muerte, en el que las cosas están conectadas entre sí tan sutilmente que un sueño puede provocar la aparición inexplicable de un escarabajo y los factores causantes de una enfermedad pueden causar también cierto motivo que aparece en las líneas y espirales de la mano, tenemos razones para sospechar que cada efecto produce numerosas causas.

Cada conexión es el punto de partida de una docena más, porque, como dijo Walt Whitman, «una vasta similitud une todas las cosas».

http://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/holographicuniverse/universoholografico04.htm

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Acerca de Asociación Emoción y Salud

Somos una Asociación sin ánimo de lucro que busca el aprendizaje y divulgación de los diversos métodos existentes relacionados con la integración emocional y su relación con la salud.
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Una respuesta a EL UNIVERSO HOLOGRÁFICO

  1. Carlos Romo Olivares dijo:

    Muy interesante y completo, gracias!!

    Me gusta

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