PSICOMAGIA – ALEJANDRO JODOROWSKY

 

Psicomagia es un término acuñado por Alejandro Jodorowsky, y cuando lo oí por primera vez, recordé ese día (con 8 años de edad) en el que mi madre me dio un puñado de garbanzos y me mandó a la purificadora municipal de agua para tirarlos en un gran depósito al que se tenía acceso visual desde su parte superior.

La intención era quitar unas verrugas que mi hermano tenía en su brazo.

Meses después las verrugas habían desaparecido.

¿Coincidencia? Le pregunté a mi madre cual era la relación entre los garbanzos que tiré al pozo y el hecho de que a mi hermano le desaparecieran las verrugas. Mi madre no sabía la relación, sólo sabía que era una tradición de su pueblo. Y que en la mayoría de los casos, funcionaba.

A esto le podemos llamar magia.

Y Jodorowsky en su libro “Psicomagia” explica el camino que le llevó desde la magia a otro tipo de actuaciones:

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Un día, el director de una escuela de Bellas Artes con el que acababa de firmar un contrato me dijo: «Eres un ingenuo. Estás enamorado de México, todo te parece maravilloso. Pero si te atreves a mirar en este cajón descubrirás otro aspecto del país». Me acerqué al cajón, lo abrí e inmediatamente sentí un dolor de cabeza atroz.

¿Qué contenía ese cajón infernal? Horribles figuritas de cera, utilizadas por las brujas para torturar a distancia a las víctimas indicadas por sus consultantes. Eran tan espantosas que sólo verlas me produjo malestar. Si las expusieran en el Centro Pompidou o en el Louvre, el público descubriría cuál puede ser el poder benéfico o maléfico de una obra de arte. Un objeto tan cargado de energía afecta directamente al organismo de quien lo contempla. Aunque en sí misma la experiencia fue desagradable, tuvo la virtud de hacerme reflexionar. Me preguntaba dónde estaría el artista bienhechor; el mago bueno cuyas obras estuvieran cargadas de una fuerza positiva tan grande que llevara al éxtasis al espectador. Es un principio del que me he servido después en psicomagia.

En México, descubrí el poder de la brujería maléfica, naturalmente, me planteé la posibilidad de la brujería benéfica. Si unas fuerzas semejantes pueden movilizarse al servicio del mal, ¿no podrían ser utilizadas al servicio del bien?

 

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Jodorowsky ha empleado esa “magia” existente  en múltiples tradiciones tribales para facilitar la sanación. La sanación vista desde una perspectiva “espiritual” o de toma de conciencia de unos hechos. Pero la toma de conciencia, a Jodorowsky no le parece suficiente.

 

Me di cuenta enseguida de que no podía haber ninguna curación verdadera si no se llegaba a una acción concreta. Para que la consulta tuviera un efecto terapéutico, tenía que desembocar en una acción creativa llevada a cabo en el ámbito real. Para lograrlo, tuve que indicar a quienes venían a verme uno o dos actos a realizar. La persona y yo teníamos que, de común acuerdo y con plena conciencia, fijar un programa de acción muy preciso. Así es como llegué a practicar la psicomagia.

 

 

¿Cómo nació la psicomagia?

 

Acceder a las dificultades de una persona es acceder a su familia, penetrar en la atmósfera psicológica de su medio familiar. Todos estamos marcados, por no decir contaminados, por el universo psicomental de los nuestros. Así, muchas personas asumen una personalidad que no es la suya, sino que proviene de uno o de varios miembros de su entorno afectivo. Nacer en una familia es, por decirlo así, estar poseído.

Esta posesión suele ser transmitida de generación en generación: el embrujado se convierte en embrujador, proyectando sobre sus hijos lo que fue proyectado sobre él… a no ser que una toma de conciencia logre romper el círculo vicioso. Al cabo de una consulta de dos horas, muchos exclamaban:

«¡No había descubierto tantas cosas ni en dos años de psicoanálisis!». Esto me dejaba muy satisfecho y convencido de que bastaba con ser consciente de una situación problemática para resolverla. Sin embargo, no era verdad. Para superar una dificultad no basta con identificarla claramente. Una toma de conciencia que no es seguida de un acto resulta completamente estéril. Poco a poco, fui dándome cuenta de eso y llegué a la conclusión de que tenía que aconsejar a la gente. Pero me resistía a hacerlo. ¿Con qué derecho podía entrometerme en la vida de los demás, ejercer una influencia en su comportamiento? ¡Yo no quería convertirme a mi vez en embrujador! Era una posición difícil, ya que las personas que venían a consultarme no pedían otra cosa: habría tenido que convertirme en padre, madre, hijo, marido, esposa…

Pero no estaba dispuesto a convertirme en director espiritual de nadie, a inmiscuirme en la existencia de los demás. Entonces se me ocurrió una idea: para que las tomas de conciencia fueran eficaces, yo debía hacer actuar al otro, inducirle a cometer un acto muy preciso, sin por ello asumir la tutela ni el papel de guía respecto a la totalidad de la vida de esa persona. Así nació el acto psicomágico.

 

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La psicomagia consiste en mandar unos actos concretos con la intención de sanar alguna enfermedad o conducta. Estos actos son simbólicos y le mandan un mensaje muy concreto al inconsciente personal.

 

 

El procedimiento esencial no varía: alguien me expone una dificultad y yo le recomiendo un acto.

Ahora bien, la mayoría de los actos han sido prescritos en el curso de conversaciones privadas.

Al recomendar un acto establece un contrato con la persona…  Sí, y este acuerdo mutuo tiene mucha importancia. En primer lugar, la persona se compromete a realizar el acto tal y como yo se lo prescribo, sin cambiar nada en absoluto. Siempre en esa línea, y para evitar deformaciones debidas a fallos de la memoria, la persona debe tomar nota inmediatamente del acto y del procedimiento a seguir. Una vez realizado el acto, debe enviarme una carta en la que, en primer lugar, transcribe las instrucciones recibidas de mí; en segundo lugar, me cuenta con todo detalle la forma en que las ha ejecutado y las circunstancias e incidentes ocurridos durante el proceso; y en tercer lugar, describe los resultados obtenidos. El envío de esta carta constituye mis únicos honorarios por la prescripción del acto.

 

 

Hay tantas reacciones como consultantes, desde luego, pero es posible distinguir ciertos tipos de actitud. Hay personas que tardan un año en enviarme la carta; otras discuten, no quieren hacer exactamente lo que les digo y regatean…, encuentran toda clase de excusas para no seguir las instrucciones al pie de la letra. Ahora bien, cuando se cambia algo, por mínimo que sea, ya no se respetan las condiciones indispensables para el logro del acto, y los efectos pueden ser incluso negativos. Hay que decir que hablar de forma tan directa al inconsciente supone ejercer en él una presión: uno trata de hacerle obedecer. Ahora bien, sólo tenemos los problemas que queremos tener.

Estamos amarrados a nuestras dificultades. No tiene nada de asombroso, pues, que algunos traten de tergiversar y sabotear el acto: en realidad, no quieren curarse. Salir de nuestras dificultades implica modificar en profundidad nuestra relación con nosotros mismos y con todo nuestro pasado. En estas condiciones, ¿quién está realmente dispuesto a cambiar? La gente quiere dejar de sufrir, pero no está dispuesta a pagar el precio, o sea a cambiar, a no seguir definiéndose en función de sus preciados sufrimientos. En mi calidad de consejero, cuanto menos acepto el regateo más beneficio obtienen los demás.

A ellos corresponde aceptar o rechazar mis condiciones.

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Una de las preguntas que le pueden hacer más fácilmente a Jodorowsky es: ¿quién es él para saber lo que necesita cada persona en concreto?¿Cómo puede saber el mensaje que su inconsciente necesita?

 

 

Daré una respuesta irracional: en el momento en que prescribo el acto, si no dudo, soy justo.

A ese respecto sólo cabe una pregunta: ¿quién prescribe el acto? He trabajado tanto para dejar de identificarme con mi yo que, cuando dispenso un consejo psicomágico, no soy yo el que habla sino mi inconsciente.

Yo no pretendo haber alcanzado la sabiduría, porque no estoy «desidentificado» las veinticuatro horas del día; pero cuando prescribo un acto, cuando desempeño mi papel de psicomago y me encuentro en trance o en autohipnosis, o como quieras llamarlo, el que habla no es mi pequeño yo. Siento que lo que hay que decir brota de las profundidades.

Considero que he trabajado en mí mismo lo suficiente como para ser capaz de conseguir esta puntual disociación de mí mismo. Por supuesto, nos movemos en un medio sutil y subjetivo que no tiene relación con el razonamiento sino con la fe. Un santo sabe que hace el bien; en lo más profundo de sí, se sabe sincero y animado de una fuerza positiva, aunque algunos lo critiquen y vean en él a un ser con malos instintos. Cada vez que doy un consejo psicomágico, estoy convencido de que se trata de la respuesta apropiada para el problema de esa persona. Es sólo en una segunda fase cuando ya se lo expongo y explico de manera racional. El consejo brota sin mediación de mi inconsciente, en conexión directa con el inconsciente de aquel o aquella que me consulta.

 

 

Un ejemplo de psicomagia.

 

 

Un día recibí la visita de una mujer que tenía un hijo homosexual. Aquella mujer no había podido superar el hecho de que su hijo fuera diferente. Aunque seguía manteniendo hacia él un gran cariño, al mismo tiempo sentía una profunda vergüenza. El hijo quería ser pianista, pero, cada vez que se presentaba a un examen o daba un concierto, su madre sentía pánico de que fracasara. El pobre muchacho lo notaba, y eso lo afectaba a tal punto que finalmente fracasaba. Enseguida comprendí que la carrera de pianista representaba para aquella mujer una actividad afeminada, de carácter homosexual. Entonces le indiqué un ejercicio. Los brujos que hacen maleficios confeccionan figuritas con la efigie de la víctima que después acribillan con alfileres. Pedí a aquella madre que utilizara el mismo procedimiento. Fabricó una figura a imagen de su hijo y le puso trocitos de uña, cabellos y retales de ropa del muchacho, a fin de que el objeto estuviera realmente impregnado de su energía. Siguiendo mis instrucciones, la mujer pegó un luis de oro debajo de cada pie y vertió una gotita de oro sobre cada uno de los siete chakras o centros vitales del cuerpo. Después roció la figura con agua bendita, la puso al lado de un piano que tenía las teclas untadas de miel -símbolo de dulzura y suavidad-, dejó en la habitación una vela encendida y rezó allí una hora cada día por el éxito de su hijo. El concierto siguiente fue un éxito, y las relaciones entre madre e hijo cambiaron positivamente.

Madre e hijo están conectados psíquicamente. Si la madre da aunque tan sólo sea un paso encaminado a adoptar otra actitud interior, y el acto en sí en cierto modo denota el cambio, dicho acto cobra una solidez y una materialidad que de otra forma no tendría; el hijo, por su parte, tiene que percibirlo necesariamente, aunque en ese momento se encuentre muy lejos. Y tiene que reaccionar. Como la madre no podía aceptar racionalmente la homosexualidad de su hijo ni perdonársela, le di la posibilidad concreta de dar un paso en este sentido, ajustándose a un ceremonial minuciosamente prefijado de antemano.

Éste es un lenguaje que el inconsciente comprende.

 

 

Otro ejemplo:

 

 

Siendo aún niña, una bailarina se quedó sola con su madre, totalmente apartada del padre. No sólo tuvo que encontrar posteriormente a un hombre que se llamara como su padre, sino que también se las ingenió para que éste la abandonara y desapareciera, a fin de que su hija tuviera una infancia parecida a la de ella.

Por supuesto, todo esto no fue urdido conscientemente por ella; se trata de una estrategia inconsciente y, no obstante, de lo más burda. Cuando empezó a darse cuenta de los daños causados, vino a verme para pedirme que le prescribiera un acto que le permitiera perdonar a su padre y vencer así su odio a los hombres. Le rogué que me dijera en qué momento su padre había roto toda relación con ella. «Poco después de mi primera regla», me respondió. Es frecuente que un padre se aparte de su hija cuando ésta se hace mujer. Le parece haber perdido a la niña que sentaba en sus rodillas y le duele tener que renunciar a cierta forma de intimidad, de contacto. Después le pregunté dónde estaba enterrado su padre, le propuse que fuera a su tumba y le dije: «Allí, lo más cerca posible del cadáver, entierra un algodón empapado en tu sangre menstrual y un tarro de miel».

Sangre y miel…  Miel para instilar dulzura, para indicar que no se trata de un acto agresivo sino de una aproximación amorosa, de un intento de comunicación. Es un ejemplo de acto psicomágico muy sencillo que permite reactivar una relación cortada brutalmente y, al mismo tiempo, proseguir una evolución emotiva interrumpida traumáticamente. Aunque adulta, la mujer seguía en el estadio de la adolescente que tuvo que afrontar sus primeras reglas y la separación de su padre.

 

 

¿Cualquier persona puede realizar psicomagia?

 

 

Después de haberme oído hablar de psicomagia, cierto individuo se sintió autorizado para ponerse a practicarla inmediatamente. Organizó un cursillo y, con gran aplomo, prescribió a todas las mujeres asistentes el mismo acto: ¡cada una debía comprar unas tijeras grandes y enviarlas como regalo a su madre! ¡Catastrófico! Tiene que haber tantos consejos como personas, además los actos no se pueden prescribir «al por mayor». El supermercado psicomágico es una aberración.

Cada acto se prescribe «a medida», después de una atenta escucha y, como he explicado, de un contacto espontáneo con el propio inconsciente, lo cual sólo es posible merced a una disociación del yo, que a su vez es fruto de un largo trabajo espiritual. Prescribir el mismo acto a todo un grupo, sin escuchar a la persona y sin un amor verdadero, me parece pernicioso. Imagina la reacción de las madres al recibir unas tijeras por correo… El efecto tuvo que ser negativo a la fuerza. Yo prescribo un acto aparentemente agresivo sólo cuando tengo la certeza de que las consecuencias serán positivas. Siempre se trata de actos esencialmente creativos. Por el contrario, este hombre ejerció una influencia destructiva.

 

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Y por último… ¿qué podría decir Jodorowsky para terminar una breve explicación sobre psicomagia?

 

Durante la mayor parte del tiempo no tenemos idea de lo que puede ser la imaginación, no concebimos siquiera la amplitud de sus registros. Porque, aparte de la imaginación intelectual, existe la imaginación sentimental, la imaginación sexual, la imaginación corporal, la imaginación económica, la imaginación mística, la imaginación científica… La imaginación actúa en todos los terrenos, incluidos los que consideramos «racionales». En todas partes tiene su lugar. Importa, pues, desarrollarla para abordar la realidad, no a partir de una perspectiva única, sino desde múltiples ángulos. Normalmente, visualizamos todo según el estrecho paradigma de nuestras creencias y condicionamientos. De la realidad, misteriosa, tan vasta e imprevisible, no percibimos más que lo que se filtra a través de nuestro minúsculo punto de vista. La imaginación activa es la clave de una visión amplia, permite enfocar la vida desde puntos de vista que no son los nuestros, pensar y sentir a partir de diferentes ángulos. Ésa es la verdadera libertad: ser capaz de salir de uno mismo, atravesar los límites de nuestro pequeño mundo individual para abrirse al universo. Me gustaría que los lectores de nuestro libro aceptaran, por lo menos, la idea del poder terapéutico de la imaginación, de la que la psicomagia, a fin de cuentas, no es más que una modesta aplicación.

 

Psicomagia – alejandro Jodorowsky

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Somos una Asociación sin ánimo de lucro que busca el aprendizaje y divulgación de los diversos métodos existentes relacionados con la integración emocional y su relación con la salud.
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