CONCEPCIONES DE LA REALIDAD

Fragmento del libro “¿Es real la realidad?”, de PAUL WATZLAWICK.

 

Hay un gran número de situaciones en la vida a las que debemos hacer frente fiándonos únicamente de nuestra propia inventiva y perspicacia, porque son situaciones nuevas para cuya solución no se dispone de experiencias precedentes, o éstas son insuficientes. Esta falta de experiencias directamente aprovechables y la consiguiente incapacidad de abarcar a primera vista la naturaleza de la situación (es decir, este estado de desinformación) lleva a todos los seres animados a aquella búsqueda inmediata de orden y clarificación. Ahora bien, si la situación se ha estructurado de tal modo que no tiene ningún orden interno, pero el que está inserto en ella ignora esta circunstancia, la búsqueda de un sentido admisible llevará a unas concepciones de la realidad y a unas formas de comportamiento que revisten gran interés filosófico y psiquiátrico. Estas actuaciones pueden también producirse en forma de experimentos, cuyo denominador común es que en ellos no existe ninguna relación causal entre el comportamiento del animal (o la persona) sometido al experimento y la recompensa (o el castigo) en que se basa dicho comportamiento. Dicho con otras palabras: el organismo en cuestión cree que hay una relación inmediata y perceptible (lo que se llama contingencia) entre su comportamiento y los resultados que se siguen, cuando en realidad no existe tal relación; de ahí que en estos casos se hable de experimentos no contingentes. Algunos ejemplos, de creciente complejidad, pondrán más en claro el problema a que nos referimos.

El caballo neurótico.

Supongamos que a un caballo se le hace llegar una ligera descarga eléctrica en la pata a través de una placa metálica colocada en el suelo del establo; y supongamos también que unos segundos antes de cada descarga se hace sonar siempre una campana. El caballo «supondrá» que existe una relación causal entre el sonido de la campana y la descarga y, por tanto, cada vez que suena la campana, despegará la pata del suelo. Una vez ya establecido este reflejo condicionado, puede desmontarse el dispositivo eléctrico, porque inevitablemente el caballo alzará la pata cada vez que suene la campana, creyendo evitar la descarga eléctrica, en virtud de un comportamiento cuya eficacia ha quedado bien demostrada. Esto lleva al interesante resultado de que cada vez que el animal alza la pata y evita, por consiguiente, la descarga, se confirma en su suposición de que alzar la pata es el comportamiento «adecuado» para protegerse de una experiencia desagradable. Y con ello no hace sino consolidarse este falso comportamiento. Dicho de otra forma: este comportamiento, supuestamente adecuado, es el que imposibilita al caballo el importante descubrimiento de que ya no existe la amenaza de descarga eléctrica. La solución se ha convertido en problema. Esta génesis de problemas no es en modo alguno privativa de los animales; tiene un campo de aplicación universal, válido también para la esfera humana, sólo que en este último caso se habla de síntomas neuróticos o psicóticos.

La rata supersticiosa

En términos generales se entiende por superstición una debilidad típicamente humana, o un intento mágico por conseguir influencia o poder sobre la caprichosa veleidad del mundo y de la vida. Pero resulta curioso constatar que puede inducirse por medios experimentales un comportamiento supersticioso en un ser tan poco dado a filosofías como una rata de laboratorio (y otros muchos animales, por ejemplo las palomas).

El dispositivo experimental es muy sencillo. Se abre la jaula de la rata frente a un espacio de unos tres metros de longitud y medio metro de anchura; en el otro extremo de este espacio hay una escudilla de comida. Diez segundos después de abrirse la jaula cae comida en la escudilla, suponiendo que la rata haya invertido diez segundos en llegar desde la jaula al recipiente. Si tarda menos de diez segundos, la escudilla permanece vacía. Tras una serie de ensayos al azar (la llamada conducta de ensayo y error), la rata, muy hábil para establecer interconexiones de sentido práctico, crea una evidente relación entre la aparición (o no aparición) de la comida y el factor temporal. Ahora bien, como normalmente sólo necesita dos segundos para recorrer la distancia que media entre la puerta de la jaula y la escudilla de la comida, debe dejar transcurrir los restantes ocho segundos de una forma que está en contradicción con su instinto natural de dirigirse derechamente a la comida. En tales circunstancias, estos segundos adquieren para ella una significación pseudocausal. Pseudocausal, en este contexto, significa que todo comportamiento— hasta el más extraño —de la rata en estos segundos extra actúan confirmando y reforzando las acciones que el animal «supone» ser necesarias para conseguir ser recompensada por el buen Dios con la aparición del alimento; y éste es el núcleo esencial de lo que en el ámbito humano designamos como superstición. Es evidente que estos comportamientos accidentales son distintos en cada animal y que pueden revestir formas sumamente caprichosas; por ejemplo, una especie de procesión a saltos adelante y atrás, en dirección a la comida, o una serie de piruetas a derecha e izquierda, o cualesquiera otra clase de movimientos que la rata ejecuta, al principio de una forma puramente casual, pero que luego repite con sumo cuidado porque, para ella, de su adecuada ejecución depende la consecución de la comida. Cada vez que, al llegar a la escudilla, encuentra ya la comida, se refuerza su «suposición» de que la ha conseguido gracias a su «adecuado» comportamiento.

Podría, por supuesto, objetarse, que en esta explicación se confiere a la rata una especie de concepción del mundo de tipo humano, y que esto es pura fantasía. Pero no puede pasarse por alto su sorprendente semejanza con ciertos comportamientos forzados humanos, basados en la superstición, por cuanto que se les considera necesarios para conjurar o ganarse el favor de poderes superiores.

Cuanto más complicado, tanto mejor.

Los recién descritos resultados de la no contingencia son, naturalmente, mucho más acusados en la esfera humana y pueden influir de forma persistente en nuestra concepción de la realidad. Así lo han demostrado varios  experimentos realizados en la Universidad de Stanford, bajo la dirección del profesor Bavelas.

En uno de estos experimentos dos personas, A y B, se sientan ante una pantalla para proyección de diapositivas. Entre los dos, una pared divisoria impide que puedan verse; se les ha recomendado, además, que no hablen entre sí. Cada uno de ellos tiene delante dos botones o teclas, con la inscripción «sano» y «enfermo» y dos bombillas de señales, con la leyenda «correcto» y «equivocado». El director de la prueba proyecta una serie de microdiapositivas de células histológicas. La misión de las personas sujetas a la prueba consiste en distinguir, mediante ensayo y error, las células sanas y las enfermas. Se les pide que, en cada diapositiva proyectada, opriman el botón correspondiente para dar a conocer su diagnóstico (individual). A continuación, se enciende una de las lamparillas que les dice si el diagnóstico fue «correcto» o «equivocado».

Este montaje del experimento, al parecer tan simple, tiene su truco. A recibe siempre la respuesta adecuada a su diagnóstico, es decir, cuando se enciende la lámpara se le comunica si efectivamente diagnosticó con acierto, o no, la correspondiente diapositiva. Así pues, para A el experimento se reduce a un aprendizaje, relativamente sencillo, para establecer distinciones hasta entonces desconocidas para él, mediante ensayo y error. En el decurso de la prueba, la mayoría de las personas A aprenden a distinguir, con rapidez, las células sanas de las enfermas, con un índice de fiabilidad del 80 %.

La situación de B es muy diferente. Las respuestas que recibe no se basan en sus propios diagnósticos, sino en los de A . Por tanto, es totalmente indiferente que su modo de evaluar una diapositiva concreta sea correcto o no lo sea. Recibe la respuesta de «correcto» cuando A ha emitido un diagnóstico acertado sobre el estado de salud de la célula correspondiente; pero cuando A se equivoca, B recibe la notificación de equivocado», con independencia del dictamen que emitió personalmente. Sólo que B no lo sabe; vive, pues, en un mundo del que supone que tiene un orden determinado, que él debe descubrir a base de emitir opiniones para experimentar luego, caso por caso, si dichas opiniones eran acertadas o no. Pero lo que no sabe es que las respuestas que la «esfinge» da a cada una de sus suposiciones no tienen nada que ver con éstas, porque la esfinge no habla con él, sino con A . Dicho de otra forma, B no tiene la más mínima posibilidad de descubrir que las respuestas que recibe son no contingentes (es decir, que no tienen relación alguna con sus estimaciones) y que, por tanto, no le transmiten información sobre la exactitud de sus diagnósticos. Busca, pues, un orden que realmente existe, pero al que no tiene acceso.

Se pide a continuación a A y B que hablen entre sí y se comuniquen los principios de que cada uno de ellos se ha servido para distinguir entre células sanas y enfermas. Las explicaciones de A son, en general, sencillas y concretas. Las de B, por el contrario, sutiles y complicadas ya que, en definitiva, llegaba a ellas basándose en razones muy poco convincentes y aun contradictorias.

Lo asombroso del caso es que A no sólo no rechaza las explicaciones de B como innecesariamente complicadas y hasta absurdas, sino que se siente impresionado por la brillantez de sus detalladas razones. Ninguno de los dos sabe que están hablando de dos realidades literalmente distintas; A llega por ello a la convicción de que la banal simplicidad de sus principios explicativos queda muy por debajo de la sutil penetración de los diagnósticos de B. Y esto significa, nada más y nada menos, que las ideas de B tienen tanta mayor capacidad de convicción para A cuanto más absurdas son. (Este efecto contagioso de las ilusiones y deformaciones de la realidad es sobradamente conocido también fuera del ámbito de los laboratorios de los investigadores de la comunicación).

Antes de someter a A y B a un segundo test, idéntico para los dos, se les preguntó quién de ellos, en su opinión, mejoraría más los resultados respecto del primer experimento. Todos los B y la mayor parte de los A pensaban que serían los B. Y así ocurrió, efectivamente, porque ahora A , que ha aceptado en parte al menos algunas de las abstrusas ideas de B, emite una serie de juicios más absurdos y, por tanto, más equivocados que la primera vez.

La lección a extraer del dilema de B en esta prueba tiene un vasto alcance, que desborda el ámbito de su significación psicológica experimental. Cuando, en virtud de ciertas explicaciones, aunque sean provisionales, se ha logrado mitigar la desazón creada por un estado de desinformación, una información adicional, contraria a la primera explicación, no da lugar a correcciones, uno a una ulterior reelaboración y refinamiento de la primera explicación. Y así, esta explicación se convierte en «auto-obturadora», esto es, pasa a ser una suposición que no admite refutaciones.

Ahora bien, como ha observado el ya mencionado filósofo Karl Popper, la refutabilidad (es decir, la posibilidad de demostrar la falsedad) es la conditio sine qua non de toda teoría científica. Por consiguiente, explicaciones del tipo de las que aquí estamos analizando son pseudocientíficas, supersticiosas y, en definitiva, psicóticas. Una ojeada a la historia universal demuestra que estas y otras similares «explicaciones» monstruosas e irrefutables fueron y siguen siendo las máximas responsables de las peores atrocidades (por ejemplo la inquisición, el racismo, las ideologías totalitarias).

 

Acerca de Asociación Emoción y Salud

Somos una Asociación sin ánimo de lucro que busca el aprendizaje y divulgación de los diversos métodos existentes relacionados con la integración emocional y su relación con la salud.
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